Amores prohibidos

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Carlos Masa hacía ya varios meses que no se hablaba con Sebastián Amadori, el esposo de su hermana, Cecilia Masa. Algo raro, silencioso y oscuro había instalado distancia entre ellos… hasta ese día.
Carlos pasó ante la puerta del salón con unas rosas amarillas en su mano, mirando desafiante a Sebastián. Este dudó por un instante si había sido una alucinación y se preguntó: «¿Qué está haciendo acá este infeliz? ¿¡Y con mis flores!?» A trancos desprolijos, cruzó por entre la gente y traspasó la puerta. Aun con la duda en la mirada, vio a Carlos alejarse con sus flores amarillas por el pasillo de salida.
Los trancos entonces se desfiguraron en movimientos desacompasados. Sebastián intentó imprimir, en un mismo paso, decisión, firmeza, agilidad, dureza. En fin, que parecía un milico saliéndose del desfile para ir al baño. Así de obnubilado, trató de seguir a Carlos, y en su intento se llevó puesto el atril en el que estaban antes sus flores, el mismo que ahora lucía unas rosas de un rojo profundo y de un aroma penetrante, como si fueran de sangre. En esa confusión, sus manos se desparramaron por el aire para mantenerse en equilibrio, sostener el atril y, a la vez, agarrar las rosas con un odio tan intenso como su color. El fuego de las rosas pareció penetrar en sus venas, sintió que algo le quemaba por dentro. Esa sensación resultó desconocida para él, que siempre había sido un hijo tan manso, tan tranquilo, tan compasivo y religioso. En ese desconcierto de calor, miró las rosas rojas como si fueran una aparición satánica, como si un volcán repleto de odio estallara en su cuerpo. Agarró tan fuerte las flores que sus yemas sintieron las espinas escondidas. La ira se tornó desorbitante y entonces se precipitó por el pasillo, mientras golpeaba el ramo contra las paredes y los pétalos rojos iban cayendo y dejando un rastro, cual alfombra de novia.
Los pensamientos se agolparon en la mente de Sebastián Amadori con la misma furia con que la vehemencia incendió su cuerpo: «La puta que te parió a vos y a mi mujer. ¿Qué te creés, caradura? Te voy a meter las rosas por el culo. ¿Quién te pensás que sos?». Su cuerpo, ya a merced de tales ideas, se lanzó por las escaleras hasta llegar a la planta baja y con un grito gutural, interpeló a Carlos: «¿Cómo podés ser tan infeliz de traerle rosas rojas a mi viejo?». Las manos, las rosas y los pétalos se volvieron un solo contorno. Gritos rojos y amarillos se desparramaron en el recibidor de la sala velatoria con dolor, con despecho, con resentimiento.
¿Al final de su vida, a don Alberto Amadori se le había cumplido su último sueño, el que tuvo con su joven amante: hacerle saber a todos de la amorosa pasión que los unía? Porque se puede interpretar con optimismo el hecho de que su velorio se hiciera público en todos los noticieros, aunque fuera en los policiales, y concluir que tal vez ése fue el mejor réquiem que don Alberto y su reservado novio, Carlos Masa, se pudieron inventar.

7 Respuestas

  1. Rina dice:

    Buenísimo!!!!Me atrapó, no imaginé ese final. Cariños.
    Rina A.Corral

  2. Fredy Bustos dice:

    es genial de punta a punta. lo que más me gustó la imagen del milico. Le queda justo. El final sorprendente!

  3. Noe dice:

    Majo!!! que bueno eso de las rosas rojas!! y el final!!, pero lo mejor es haber leído otro cuento tuyo!! Te escuchaba mientras lo repasaba y sentía que estaba ahí, en la biblioteca con todo el grupo….

  4. Mauricio Gálvez Rollán dice:

    Me encanto cuando lo leiste y me sigue atrapando ahora, genial!!!

  5. Marcela dice:

    Me atrapó!! y realmente no esperaba ese final!!! Muuuyy bueno!!

  6. Karina dice:

    Me sorprendiste Majo!!!!! no me lo esperaba. Además siento que no se parece a lo que había leído de vos. La descripción de la caminata con las flores y las sensaciones, es como una película, buenísima!

  7. Mabel Luchetti dice:

    Muy bueno, Majo!!!! un ABRAZO!

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