Adivinando al otro

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Vengo por el puente Tablada. Los autos en fila, impacientes, esperan la luz verde. A esta hora el fastidio no se disimula. Y allí está él, uno de los personajes urbanos incorporados a la rutina cotidiana de la calle. La piel bronceada, curtida por tantos soles y heladas, que tal vez transparenten otras intemperies que dejaron huellas. Su aspecto limpio disimula la pobreza. Zigzaguea entre los autos parados —el movimiento es rápido—. Con una sonrisa ofrece cubanitos y alfajores de maicena ¡Qué habilidad! No se le escapa ningún vehículo: todos son clientes potenciales.

 Al verme, entre respetuoso y canchero, me dice:

—¡Hola!, ¿viene de atender sus locos?

Hace tiempo le compré un cubanito, y le pregunté si vendía toda lo que llevaba: «Sí, señora, vivo de esto, ¿y usted qué hace? Pasa los martes y jueves a la misma hora. A mí las caras y los autos se me graban». Le conté que soy psicóloga y desde ese momento estableció el ritual del saludo.

Su figura pequeña y ágil desaparece cuando la luz verde da paso; una pausa para él, un descanso para su sonrisa.

Imagino que, antes de venir a su parada, se toma unos mates que le ceba la compañera; la yerba está cara, pero es mejor que el alcohol. Se soporta mejor el frío y el calor con unos buenos verdes. Cuenta la mercadería que llevará para la venta, y no hay que descuidarse porque se la pueden robar. La acomoda prolijamente en el bolso que le compró a Aurelia en la calle San Martín. Los cubanitos y alfajores se ofrecen dentro de una caja. Deben de verse tentadores envueltos en papel transparente. Cede ante la tentación y prueba ambos, hay que controlar la calidad. Siguen siendo los más ricos.

Se lava la cara, no necesita peinarse el cabello cortado como cepillito. ¡Ah!, y la ropa tiene que estar sana y sin manchas. Abre el ropero, magro en su contenido, y elige la remera que combina con el jean, y la campera, por si refresca. La pilcha también hace a la venta: a los clientes no les gustan los sucios, y, si ven agujeros, los productos pierden valor.

Se observa en el vidrio de la minúscula ventana de la cocina luego de calcular la distancia óptima para verse la mayor parte de su cuerpo. «Mmm, las zapatillas tan gastadas delatan demasiado la escasez, pero con una parte de lo que gane durante la semana podría comprar las que tiene Mari en el puesto del parque Las Heras». Hay que invertir para ganar… «Aunque mi mujer trabaje en casas de familia, el proyecto del bebé tendrá que esperar».

Ya está, sale casi corriendo, es la mejor hora para vender. Unos cubanitos apaciguan el hambre antes de llegar a la casa.

Antes de que el semáforo cambie, lo escucho. En un último intento por captar la atención de los conductores, con voz clara nos oferta:

«¿Alfajores, señora?, ¿cubanitos, señor?».

Mientras lo saludo con la mano, el bocinazo del auto de atrás me apura para que avance. Alcanzo a escuchar que me responde: «La próxima me compra, ¿no señora?».

Sonrío, e imagino la menuda figura que se desdibuja para reaparecer entre los autos, con la próxima luz roja.

8 Respuestas

  1. Zulma Chiappero dice:

    Muy bueno Ada, felicitaciones. Muy bien descripta la figura del vendedor y lo que piensa, cómo se prepara para su trabajo que no considera una changa, sino aquello que le permite vivir y hasta soñar con un bebé.

  2. Ángela Peláez dice:

    Me pareció un relato fresco y a la vez profundo. Un acierto que la narradora sea una mujer, por el tono y detalles elegidos. Felicitaciones..

    • Ada Salmasi dice:

      Ángela, ¡muchas gracias por tu apreciación!, Me gusta el acento puesto en las características femeninas de la escritura.

  3. Ya deje comentario en la página. Me encantó

  4. mariela dice:

    Muy lindo. La forma en la que está narrado es hermosa.

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