29 F

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Era un día apacible en el oxidado invierno madrileño. Las nubes bajas tornaban el paisaje cotidiano más brillante y ceniciento, despojado de todo lo que pudiese existir a partir de los dos metros del suelo.

A las 07:59 la agitada tranquilidad de costumbre, fue interrumpida por un rayo que pareció rasgar el cielo y fue a dar justo en el centro de la Plaza Mayor. Era muy extraño, casi que diría imposible, que hubiera tormenta en Madrid en esa época del año, y más extraño aún, que cayera un rayo y eso fuera todo.

La bruma comenzó a disiparse y los transeúntes, entre los cuales me incluyo, empezamos a culpar al cambio climático y a referirnos a ese fenómeno que nos encandiló por un instante, como el raro caso del 29F. Porque era 29 de Febrero de 2016, el día en que el Rey Felipe III, o mejor dicho su estatua, bajó de su marmóreo pedestal para iniciar su camino errante imitando a su contemporáneo, el Hidalgo manchego.

A decir verdad, pasó un buen rato hasta que la gente se percató de que el monumento ecuestre ya no estaba en su lugar. Para entonces, ya se habían viralizado las selfies de turistas con un nuevo personaje que deambulaba por la plaza. Flaco pero macizo, verdoso con algunas vetas en negro, que hablaba castellano antiguo y con cierta actitud desorientada pero que accedía gentilmente a posar para las cámaras.

A las horas pudimos reconstruir la marcha errática del monarca, gracias al análisis de cuantiosas filmaciones. Supimos que había caminado doscientos metros hasta detenerse frente al Corte Inglés, a partir de allí no se sabía más nada.

– Suponemos que las palabras CORTE e INGLÉS pudieron resultarle familiar– explicaban los panelistas de un prestigioso programa de chimentos de la tarde, mientras toda Madrid estaba sumida en la desesperación.

Es que, al parecer, una mujer que salía de la tienda, vestida con calzas negras y botas de montar, un tapado de armiño con solapas amplias y un enorme sombrero, había desaparecido junto con este extraño personaje alrededor de las 08:15 de la mañana, momento en el cual, alguien gritó en la plaza «¡Se robaron a Felipe!» y todos los hechos aislados, comenzaron a ordenarse como en un rompecabezas.

De pronto, todos lo habían visto pasar y contaban su experiencia. Pero cuando empezamos a buscarlo, nadie lo podía localizar. Como ocurre en esos casos, los testimonios de los presentes no coincidían en nada. Fueron horas terribles, doce en total, porque a las 19:59 y ante la vista de todos, incluyendo curiosos, cámaras de televisión, policías de a pie y en helicóptero, vimos caer un segundo rayo y luego, al Rey otra vez en su pedestal.

Los medios entrevistaban a prestigiosos psicoanalistas que pretendían atribuir el hecho a la conmoción postraumática colectiva provocada por el rayo. Pero… ¿Y las selfies? Entonces, aparecieron los que decían que las fotos estaban trucadas. Cosa que en algunos casos era cierta. “Todos queríamos una foto con el rey”. En consecuencia, se empezó a dudar de todas.

Días más tarde, nos sorprendió a todos la aparición en los medios de doña Conchita López, la señora del tapado de armiño, que se convirtió en la persona más popular de España. La prensa, primero la buscó y luego comenzó a atacarla. No podía ser que narrara las horas de convivencia con el monarca como las más lujuriosas que haya tenido en su vida. Y menos, cuando el Rey Felipe III había pasado a la historia como “el piadoso”. «Es el Síndrome de Estocolmo» aclaraban los legos.

– Yo salía del Corte Inglés con la bolsa de la compra en el brazo – comenzó diciendo Conchita en su primera entrevista televisiva. La agitación cardíaca adquirida desde el 29F aún podía apreciarse en sus manos temblorosas – De pronto, se paró frente a mí un hombre verdoso – continuó.

– ¿¡Y no gritó!? – interrumpió el periodista.

 – Yo pensé que era uno de esos artistas estatua, como el del skate, ¿me entiende? Su Majestad me dijo:…

 – ¡Quiere dejar de decirle Su Majestad!– replicó el periodista exacerbado.

– Usted también está verde, pero de envidia – contestó Conchita que, desde ese momento, no sufrió más interrupciones. Y continuó: – Su Majestad, me dijo: «Oh, princesa, dueña de este cautivo corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece». Ahí sí, trate de zafarme “es un loco”, pensé. Pero él sujetó con su mano metálica mi muñeca, yo recién ahí me di cuenta que era un hombre de metal, y en medio del forcejeo continuó diciendo: «No fuya la vuestra merced, ni tema desaguisado alguno, que no atañe facerle a ninguno, cuánto más a tan alta doncella». Logró calmarme, ningún hombre me había tratado tan elegantemente. El Rey – continuó Conchita, cada vez más extasiada por el recuerdo – buscaba un castillo, pero terminamos conformándonos con un cuarto de hotel. Allí, a poco de entrar y ver el lecho, Felipe dejó asomar, brillante, dorado y libre de oxido, un enorme león de bronce de entre sus piernas…

– ¡Corten! ¡corten! – Fue lo último que se oyó al aire.

Cuando se cumplió el primer aniversario, Conchita López publicó un libro “Los cincuenta rugidos del Rey”

Se dijeron muchas cosas sobre estos acontecimientos. Volvieron a hablar los psicoanalistas que atribuían la elección del monarca a las similitudes de la ropa de Conchita López con la vestimenta del Siglo XVII. Aunque así se vestían los varones.

Lo cierto es que cada cuatro años, cada 29 de Febrero a las 07:59, centenares de mujeres, entre las cuales me incluyo, se congregan en la Plaza Mayor vestidas con calzas negras, botas altas y tapados de armiño esperando que caiga un rayo.

12 Respuestas

  1. Gracias a todos por su generosidad en los comentarios

  2. elva dice:

    Muy bueno Cecilia , y tu estilo me gusta cada vez mas . Que sigan esas audaces historias

  3. Paola dice:

    Muy bueno

  4. Brillante, jajaja. Corto pero no tiene pérdida.
    Y sabia que había un guiño al Quijote por ahí! 😉

  5. Muy buena la mezcla del idioma arcaico con el moderno. Me gustó el humorismo constante y ese final erótico. Mucha creatividad.

  6. Angela Peláez dice:

    Me encantó el cuento. Sobre todo cómo está trabajada la mezcla de un futuro casi presente y un pasado remoto. Tiene un humor condescendiente y cierta ironía que destaca la tendencia narcisista propia de estos días. Vamos por más género fantástico. Gracias.

  7. Carlos dice:

    ¡Muy bueno!

  8. Pedro dice:

    GENIAL!!!! así de simple. que buena historia!!! tiene humor, un poquito de historia antigua, picardía, ironía, y muchas mas cosas que terminan con “ía”. Te felicito

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