Joystick

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NIVEL 1

Está sentado, cómodo. Este nivel, al principio, le costaba un montón. Se chocaba con todo. Estuvo varias horas de varios días para tomarle la mano. Ahora es raro que se choque con algo quieto. Lo mismo es un nivel de precalentamiento.

Mano en la palanca —joystick, que le dicen—. La mueve para adelante y el autito rojo avanza. Cruza el portal de hierro.

Su hijo está atrás. Mira pero no puede jugar.

 

NIVEL 2

Aquí los obstáculos se mueven. El juego se complica, pero no tanto como en el nivel de la viga de metal. Los muñecos son pocos y se desplazan en patrones esperables. Nada que requiera de movimientos bruscos ni decisiones repentinas.

Su hijo está aburrido, contesta un Whatsapp. Él juega y también está aburrido. No está bueno tener cuarenta y darle a la palanquita —joystick, que le dicen—. Siente olor a frito.

 

NIVEL 3

Mitad de camino. Su autito viene indemne. En esta escena suelen aparecer niños, que son muy impredecibles. Vienen boludeando con un globo, con un perro, escapando de la madre. Salen de la nada y pueden chocarlo antes de que atine siquiera a parpadear. Si eso ocurre, pierde puntos a lo loco. Y también tiempo.

Ahora que lo piensa, él no está aburrido. La que está aburrida es su esposa. Lo sabe. Desde que empezó a jugar aprendió a leerle la cara, algo que antes era incapaz de hacer. Al final no era tan inútil el jueguito. Lo que todavía no sabe es desde cuándo ella está así.

Su hijo sigue aburrido, detrás de él. No quiere saber nada con estar a su lado. Pendejo malcriado. Bien que antes de que él empezara a jugar su hijo le pedía por favor, con ojitos de perro abandonado,  que le comprara la Play; los mismos que ahora tiene todo el día. No necesita darse vuelta y mirar para confirmarlo. Agarra la palanquita —joystick, que le dicen—, y la aprieta como si así la pudiera desmenuzar.

La viga. Piensa en el nivel de la viga y a la vez no quiere pensarlo. Ni pensarse. No pasa nunca ese nivel, el nivel 0.

Y lo descubre una vez más: él no está aburrido, está decepcionado.  El olor de la fritura le hace arrugar la nariz.

 

NIVEL 4

El nivel es más rápido y peligroso, con muñequitos que se amontonan en el camino. Su autito rojo avanza, se hace espacio, se mete por recovecos y pasillos en movimiento que dejan los muñecos. En las subidas pierde velocidad.

¿Decepcionado? Esa es una palabra muy maricona. Él está ¿desencantado? Si la otra era maricona, ésta… Él está podrido, pero podrido en serio, no «harto». Podrido y asqueado de su podredumbre y de cómo es que llegó a terminar atrapado por este juego y perdió su laburo. Bah, perder el laburo vino antes, en el NIVEL 0, el nivel de la viga.

Su hijo va detrás. No sabe jugar y a él, que maneja de puta madre el autito rojo, no lo considera un héroe para nada. Pendejo del orto. ¿Querés jugar al fútbol en el parque con él, escalar montañas? ¿Eso te pondría contento? Volvé con tu madre y dejalo jugar en paz. A él tampoco le gusta el juego, pero es el único que puede jugar con la palanquita —joystick, que le dicen.

Mira al cielo. Está negro. En cualquier momento se larga. Pasan por un kiosco y le pregunta:

—¿Querés una coca?

Su hijo baja la vista. Dice que no.

Entonces se siente más derrotado aún que con el juego en el nivel de la viga. Seguro que la yegua le dijo, antes de salir, que no lo haga gastar en nada. ¿Tanto se pueden ir a la mierda con la plata por una coca? ¿Por qué ella no se busca un laburo mejor y listo?

Derrotado. Así está.  El olor a frito es asqueroso.

 

NIVEL 5

Es el mismo que el 1, pero en sentido inverso. Atraviesa el portal de hierro del edificio. Llegan al ascensor. Su hijo lo pasa en dos zancadas, como si nada y les abre la puerta para que entren él y su autito rojo. Al primer intento él se golpea la rodilla contra la puerta automática que se cerraba. La pierna le había quedado medio salida de la silla. Le encantaría insultar, descargarse, pero no siente dolor, ni siquiera un cosquilleo. De la cintura para abajo está su mitad cadavérica. La mitad que no contenta a nadie y que todos velan de la mañana a la noche, en el ritual del baño, del dormir, del sentarlo en esa silla de ruedas eléctrica y que ande por la vida como mejor pueda.

No, no es una silla de ruedas eléctrica, es una puta silla eléctrica con ruedas. Una que lo fríe sin voltaje. En su propia bilis negra. En su propia niebla roja. Lo fríe y el olor a fritura de sí mismo no le revuelve las entrañas. Le abre las heridas.

Su hijo aprieta el 12. Él no alcanza. Bah, con un palito podría. Se conforma con mirarse los zapatos: ahora el lustre le dura más. Las suelas también.

Llegan. Ella espera con la puerta abierta. Tuerce la boca para arriba, algo parecido a una sonrisa. Pero él, desde que tiene la palanquita, aprendió que ella es uno de los tantos muñequitos que esquiva por las veredas de baldosas flojas.

Cuando le ve la cara, llena de muecas optimistas, se da cuenta de cómo lo ve a él: sin querer estar… más. Un día se va a animar. Es horrible haber aprendido a leerle la cara a su mujer, acaba de darse cuenta. Se acerca a la ventana del living. Mira al vacío. Luego al frente.

 

NIVEL 0

Hace más de un año volvía de la oficina y una viga le partió la columna. Lo convirtió en un medio muerto y desde entonces junta fuerzas para completar la otra mitad. Todavía siente el ruido de las vértebras quebrándose.

Los de la obra se pusieron con un paquete de guita, pero ni cerca de lo que correspondía. Agarró porque el cuervo le dijo que si no iban para años. Peritajes comprados, cambios de razón social. Es más, si la constructora presentaba la quiebra, le iban a ir a cobrar a Magoya. En señal de paz, los dueños le regalaron la silla eléctrica a ruedas.

El edificio ya está terminado. Lo mira por la ventana. Algunos departamentos ya están ocupados. En los balcones hay plantas, bicicletas y tendederos.

Se larga a llover. La chica del tercero sale rápido y descuelga la ropa «como si se le fuera a mojar», piensa, mientras mira el balcón del cuarto, que hace de techo. Allí hay una señora que acerca las macetas lo más que puede hacia afuera.

«La lluvia lava», piensa y se descubre sonriendo. Las gotas rebalsan el cuenco de su mano. Mañana el cielo va a estar limpio y la palanquita —joystick, que le dicen—, lo va a sacar a dar una vuelta.

Se seca la mano en el pantalón y va al dormitorio a buscar pomada y cepillo. «Los zapatos son el reflejo de la persona», se dice y se asombra: todavía sigue sonriendo.

El olor a fritura se ha ido con la lluvia.

Germán Maretto

Creo creando

6 Respuestas

  1. Angie dice:

    Me gustó mucho y me sorprendió. Tiene una trama sólida y un muy buen ritmo. Me pegó el proceso de duelo y aceptación del protagonista. Ese olor a fritura…y finalmente la sonrisa y la lluvia. ¡Muy bueno!

  2. Liliana dice:

    Es como ver la película… nos vamos dejando llevar por el pensamiento del personaje hasta el quinto nivel, momento en el que ya percibimos que ‘el malo’ de siempre tiene su otra cara. Está muy bueno, Germán :))

  3. Espectacular! Buenísimo! Atrapante y sorprendente. Con un ritmo que no decae en ningún momento. Digno de Cortazar. Felicitaciones Germán.

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