# Arthur Koestler – EL VERDUGO

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- Published: 2022-03-10T17:42:37-03:00
- Author: Administrador

Durante el reinado del segundo emperador de la dinastía Ming vivía un verdugo llamado
Wang Lun. Era un maestro en su arte y su fama se extendía por todas las provincias
del imperio. En aquellos días las ejecuciones eran frecuentes y a veces había que
decapitar a quince o veinte personas en una sola sesión. Wang Lung tenía la costumbre
de esperar al pie del patíbulo con una sonrisa amable, silbando alguna melodía agradable,
mientras ocultaba tras la espalda su espada curva para decapitar al condenado con
un rápido movimiento cuando este subía al patíbulo.

Este Wang Lung tenía una sola ambición en su vida, pero su realización le costó 
cincuenta años de intensos esfuerzos. Su ambición era decapitar a una condenado 
con un mandoble tan rápido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza
de la víctima quedara plantada sobre el tronco, así como queda un plato sobre la
mesa cuando se retira repentinamente el mantel.

El gran día de Wang Lung llegó por fin cuando ya tenía setenta y ocho años. Ese 
día memorable tuvo que despachar de este mundo a dieciséis personas para que se 
reunieran con las sombras de sus antepasados. Como de costumbre se encontraba al
pie del patíbulo y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas
por su inimitable mandoble de maestro. Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado.
Cuando el hombre comenzó a subir los escalones del patíbulo, la espada de Wang Lung
relampagueó con una velocidad tan increíble, que la cabeza del decapitado siguió
en su lugar, mientras subía los escalones restantes sin advertir lo que le había
ocurrido. Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:

–¡Oh, cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando despachaste
a todos los demás con tan piadosa y amable rapidez?

Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida se había 
realizado. Una sonrisa serena se extendió por su rostro; luego, con exquisita cortesía,
le dijo al condenado:

–Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.
