Serás lo que debas ser

Serás lo que debas ser

Por puro capricho les dijiste a tu novia y a tus viejos que los veías directamente en el Pabellón Argentina, en Ciudad Universitaria. Hoy te entregaban el título y todos se mostraban orgullosos de que hubieses continuado «la costumbre» de sacar la mención de honor, como mejor promedio de tu promoción. Te pusiste el traje que te dejó listo mamá y sonreíste cuando Cande y Leopoldo, tus hermanos, no se aguantaron y te mostraron su regalo de graduación: una placa con tu nombre para incorporar al staff del estudio familiar. Pero incluso a ellos les dijiste que se verían allá.

Dejaste tu auto lejos, en el ingreso de la avenida Los Nogales. Querías caminar y rememorar algunas cosas que ellos quizás no podrían entender. Estacionaste frente a un mural de grandes dimensiones que te trajo a la memoria las dudas que te perturbaban siete años atrás. Ese mural no estaba en aquellos días, pero cruzando la avenida estaba la Escuelita (de Ciencias de la Información) y, metiéndote por el entramado de facultades, bosquecitos y lagunas, podías llegar al Pabellón México, a la Facultad de Artes.

Recién egresado del colegio, esas habían sido tus opciones, pero el día que fuiste a inscribirte dudaste un segundo, dos, tres. De pronto, te habías encontrado en el mismo lugar en el que estabas ahora, con dos folletos en la mano. Los habías leído y releído mil veces. Los habías llevado en el bolsillo durante días. Ajados estaban de tanto manoseo.

Habías hecho el taller de orientación vocacional y tus intereses eran tan variados que podrías haber estudiado desde Ingeniería Naval hasta Letras Clásicas. La psicopedagoga del colegio te había dicho que la decisión era tuya, que te imaginaras haciendo lo que más querrías hacer en la vida, que blablablá. Los profes alababan tu capacidad de comunicación y tu creatividad. Tus compañeros, en cambio, solo te decían un poco charlándote: «Serás lo que debas ser o serás abogado», porque toda tu familia era del palo y a vos se te había puesto en la cabeza que ibas a estudiar otra cosa. Creías tener una sola certeza: «Derecho no». Tus viejos se mostraban comprensivos con vos —como no lo habían sido nunca con tus hermanos mayores—. Te alentaban a jugarte por tu propio «proyecto de vida».

De tu grupito más cercano, estaba Marilina, que había querido ser médica desde que la conocías. Siempre tuvo una vocación filantrópica que pronto la llevaría a incursionar en el ámbito de la salud comunitaria o en alguna misión de los Cascos Blancos de las Naciones Unidas. Jorgito, más despreocupado y de una familia con muy buena posición económica, pensaba en tomarse un año sabático para irse a yirar por el Viejo Mundo. Hoy, el muy guacho vive en Roma y estudia Arte en la tierra de Michelangelo. Claudio, feliz de seguir la tradición familiar —que vos querías obviar—, se metió en Ciencias Económicas con el sueño de administrar, en un futuro no muy lejano, la pyme creada por su abuelo. El tiempo diría que cada uno, a su modo, lo había logrado.

Vos eras el único que dudabas y no querías ni confesártelo a vos mismo, pero te morías de miedo de elegir. De elegir mal. Siete años atrás habías llegado hasta ahí: al ingreso a Ciudad Universitaria, por avenida Los Nogales, frente a un muro descolorido y cruzando la calle, la Escuelita. Respiraste hondo y no te viste periodista ni comunicador ni artista. Diste media vuelta y apuraste el paso por Irigoyen hasta llegar a Obispo Trejo, frente al edificio histórico pegado a la Compañía de Jesús.

«Serás lo que debas ser o serás abogado», te dijiste. Y acá estás, siete años después, sin querer hacerte demasiadas preguntas.

4 Respuestas

  1. Maira Pelinski dice:

    Qué hermosa forma de escribir, Andre. Lo leí de corrido, como debe ser con un cuento. Te felicito!

  2. Washington Arís dice:

    Gran final. Inteligentes indicios. Felicitaciones.

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