Historia de Kerem

Kerem

Me dicen el Negro y estaba noviando con Chiara, la rubita de la esquina, cuando pasó todo. Mi nombre original, antes de que mi familia me abandonara, era Teo, aunque, después del éxito de Las Mil y una noches, la platea femenina comenzó a decirme Kerem. A mí no me molestó… que me llamaran como quisieran; aparte, ese Kerem era un morocho que se notaba que les gustaba mucho.

Lo que sí me jodía era ese «salí de acá, negro de mierda» que me gritaba con odio el viejo de la casa de rejas cada vez que me veía en su vereda; si me descubría en la basura, ni hablar. Y eso que yo no hacía desparramo, solo buscaba la bolsita de menudos que el hombre tiraba todas las noches. Me quedaba el consuelo de que no era nada personal porque muchas veces lo había visto tirarles agua o amenazarlos con alguna piedra al Willy, al Onur —otro renombrado por la novela turca— y hasta a la Chiara, mi muñequita de color amarillo, que, aunque tenía casa, a veces salía a dar una vuelta por la zona.

El viejo hijo de puta tenía un perro negro, robusto, con las orejas cortadas y la mandíbula cuadrada que dejaba salir de vez en cuando al jardín para meter miedo. Mil leyendas se escuchaban sobre él: mezcla de pitbull y dogo, una cruza asesina ideada para la pelea y la caza o, en su versión citadina, para matar gatos y espantar ladrones.

Para ser claro, desde que me quedé sin hogar, yo vivía en la calle y dormía donde me agarraba el sueño. Noviaba con Chiara y, aunque me la habían castrado, yo la seguía visitando porque era la luz de mis ojos: suave y delicada. Como «ya no había peligro», su familia me había dejado en el jardín un colchoncito para mí y yo solía dormir muchas veces ahí y esas veces amanecíamos enroscados. Sentir el calor del cuerpo de mi rubita junto al mío me hacía olvidar el desamparo que me invadía de a ratos.

En esa época, las chicas proteccionistas de la zona me sacaban muchas fotos. «El Negro más fachero», posteaban en el teléfono y me decían: «Mirá cuantos likes tenés, negrito». Como había socializado con humanos de pequeño, era mansito y para nada dañino, por eso la mayoría de la gente me quería. A lo sumo defendía con uñas y dientes el territorio de mi muñequita cuando mis hormonas entraban en ebullición. Me querían castrar y darme en adopción, era obvio. Yo las miraba y me dejaba acariciar, pero, hasta ahí nomás.

Estas chicas me traían latitas de atún y me daban leche. Con Chiara solíamos tomar en el mismo recipiente y quedábamos ambos salpicados hasta los bigotes. Entonces yo le lavaba la carita y ella a mí. Ese era uno de los momentos más felices de mi vida de callejero. Además, siempre me gustó la leche, desde que tomaba la teta amasando la panza de mi mamá hasta ahora, que sigo siendo el negro más famoso de las redes sociales, porque insisten con eso de buscarme hogar, pero ahora de manera urgente.

Les cuento: una noche estábamos con Onur hurgando un contenedor cuando escuchamos un bufido delante de la casa de rejas, la del viejo hijo de puta y su perro maldito. Era mi chica en peligro. Corrí por los techos lo más rápido que pude y traté de salvarla de las fauces de ese monstruo. Después no recuerdo mucho. Chillidos de dolor y una de las proteccionistas que me decía: «La sacaste barata, Kerem» y, como si entendiera la desesperación de mis ojos felinos, agregó: «En cambio, la gatita amarilla…». La frase quedó inconclusa porque yo caí en un estado de ensueño del que desperté en la veterinaria.

Dicen que la calle es peligrosa, que necesito un lugar tranquilo para recuperarme y que por eso me buscan un hogar. Ahora estoy en un provisorio, en una casa con galería y sin perros, porque, les confieso, desde esa noche les agarré terror. Sé que al viejo de la casa de rejas lo denunciaron por esa bestia que tenía en el jardín y que a veces dejaba salir para que saciara sus instintos.

Adonde estoy me miman un montón: me traen la vasijita de leche y yo intento sorber un par de tragos porque sé que estas chicas son buena gente y quieren verme bien, pero la leche sabe diferente, y no me refiero a las gotitas calmantes que sé que me ponen. Con eso me hago el otario. A estas alturas no tengo mucho ánimo para hacerme el rebelde. La verdad es que no sé si alguien querrá un gato viejo, maltrecho y triste.

La hago corta: el mejor momento del día es cuando me sacan a tomar sol, cierro los ojos y la siento a ella, a mi rubita, ronroneando al lado mío. El peor, cuando los abro y me doy cuenta de que no alcancé a salvarla. Entonces, maúllo para que me traigan más leche. La tomo sin chistar y espero que las gotitas calmantes hagan efecto de una buena vez.

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