Chupetín bolita

Cuando la Estanciera celeste doblaba en la esquina y hacía sonar la bocina, era una fiesta. Eran pasadas las seis de la tarde y, como todos los días, las dos más chicas esperábamos sentaditas en la verja que papá llegara de trabajar. Mi hermana Lili tenía 8 y yo, 4. Ella, toda una señorita de cabello largo y lacio, todavía con el jumper del colegio y yo, un pequeño remolino de bucles despeinados que mi hermana me tiraba disimuladamente mientras me decía al oído: «Hoy me toca a mí, o le digo a la mami».

Papá bajaba de la chata y, con las manos cruzadas detrás, nos decía: «¡Adivinen qué les traje hoy a mis princesas!», mientras las dos saltábamos a su alrededor. Abríamos grandes los ojos y, entre cosquillas, le sacábamos las golosinas que nos traía cada tarde: mielcitas, chupetines paleta o chupetines bolita. Una de las dos se le colgaba del cuello y entraba a upa a la cocina, donde mamá estaba sentada en la máquina de coser o planchando algún trabajo por entregar. Si no tenía costuras, lo esperaba a mi viejo con la pava lista y él se sentaba a matear sin sacarse ni siquiera el mameluco del taller. Inmediatamente, una en cada pierna, nos trepábamos a su falda y no lo dejábamos en paz. 

Mi mamá todos los días lo retaba por no cambiarse antes de volver a casa, pero él se encogía de hombros: «Serán las ganas de volver rápido a mi casita». Mis dos hermanos varones, ya adolescentes, a esa hora estaban siempre en la calle, con su barrita de amigos.

Esa tarde, esperábamos a papá jugando a la rayuela en la vereda. Yo tiraba la piedrita para cualquier lado y Lili me retaba y aprovechaba para tirarme de los rulos, como siempre. Papá bajó de la chata y repitió el ritual de todos los días: «¡Adivinen qué les traje hoy a mis princesas!». Ese día nos trajo chupetines bolita con sabor a coca cola, mi favorito. Nos quedamos afuera, porque hacía calor, y estábamos entretenidas en llegar al cielo. Adentro, mamá planchaba un vestido de fiesta que tenía que entregar y mandó al viejo derechito a cambiarse esa mugre de mameluco.

Saltando de casilla en casilla, me tropecé y caí. Me raspé la rodilla y se me quebró el palito del chupetín. Seguimos jugando lo mismo, hasta que en un momento me tragué el caramelo y quedé sin aire.

Fue un segundo.

Y me vi tirada en el piso.

Y vi a mis hermanos llegar, a los gritos, corriendo desde la esquina.

Y vi salir a papá todavía con el mameluco puesto.

Y lo vi tomándome de los pies y zamarreándome como una muñeca de trapo, pidiendo al cielo con un llanto entrecortado que por favor reaccionara.

Y mamá quemó el vestido que estaba planchando.

Y Lili quedó paralizada, prendida de la pierna de mi hermano Diego.

Y mi vecino empujó a mi viejo a su Fiat 600 y nos llevó al hospital, que estaba a dos cuadras de casa.

Desde mis cuatro años, no podía entender lo que pasaba, pero juro que vi todo y con absoluta serenidad. No vi ningún túnel ni ninguna luz, pero yo estaba ahí como una lucecita tenue revoloteando alrededor de mi propio cuerpo, llevado en brazos por mi padre. Vi a mis hermanos correr detrás del auto y llegar antes que nosotros al hospital.

Podría indicar exactamente el camino que seguimos al entrar hasta llegar a la sala de guardia, donde, una vez que papá me apoyó en la camilla, volví a mi cuerpo.

Lili se echó la culpa por lo que había pasado y nunca más me tiró de los rulos. Mamá y papá se recriminaron mutuamente durante mucho tiempo por haberme descuidado. Mis hermanos varones se sensibilizaron tanto que salieron a hacer changas cortando el pasto para llenarme de juguetes y compensar el susto. Lo que sí, a partir de ese momento se acabó el ritual diario de las golosinas a la vuelta del trabajo, en especial de los chupetines bolita, que quedaron terminantemente prohibidos en esta familia desde entonces, hace ya más de 30 años.

Desde mi corta edad, intenté explicarles lo que había vivido. Nunca me creyeron.

Hasta que el periodista Víctor Sueiro pasó por algo parecido y fue bestseller con sus relatos de experiencias cercanas a la muerte.

4 Respuestas

  1. Karina Natalia Obaid dice:

    Excelente relato Andrea! me encantó, intrigante y emocionante hasta el final..

  2. Andres dice:

    ¡Muy lindo cuento! Está muy vívido el relato. Casi te hace sentir el calor de la vereda.

  3. Claudia dice:

    Que belleza hermana y que susto!!!!

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