Chiquita de mierda

 

Marzo. Comenzabas las clases en el colegio nuevo. Una vez aprobado el examen de ingreso, de nada había servido que patalearas por continuar en el cole del barrio y la idea de ir a esa escuela que tenía pileta de natación ya no te disgustaba.

Por ser el primer día, tu mamá te acompañaría y se emocionaría cuando izaran la bandera y todo ese acting. Aunque el estatus se le había caído temprano, porque a tu viejo no le arrancaba el auto, no alcanzaba para el taxi y tuvieron que salir corriendo a tomar el 83.

—Toda una aventura —había dicho irónica la susodicha mientras te llevaba a rastras a la parada y por lo bajo puteaba a tu papá.

Es que tu mamá rara vez tomaba colectivos y tenía cero sentido de la orientación.

Habían tenido que correr para alcanzar el ómnibus y, en la carrera por las veredas más rotas del barrio, se le había quebrado un taco. Te reíste. Vos se lo habías advertido: «¡Mirate esos zapatos, mamá! ¡No vamos al baile, che!». No te había cacheteado —ni antes ni después— porque estaban en la calle. Subiste al bondi y ella por detrás. Encima tuvieron que viajar paradas y como sardinas. Ni hablar del humor de tu madre, con el taco en la mano.

En un momento te tomó del brazo y te dijo al oído —te amenazó, más bien—:

—No te despegues del lado mío, ¿eh?

Cualquiera hubiera pensado que te estaba cuidando en tu primer día de clases en el colegio nuevo. Error. Ella estaba entrando en pánico. Era de desorientarse fácil, lo sabías.

Entonces, cuando el colectivo dobló en la avenida y sabías que ya estaban cerca, empujaste literalmente a tu madre a un asiento vacío.

—Falta, falta —le dijiste.

Por un par de cuadras, no te moviste del lado suyo, pero con disimulo, aprovechando una frenada, te fuiste hacia el fondo.

—¿La próxima es la del Belgrano? —preguntó alguien.

Varias cabezas asintieron. Estabas casi segura de que tu mamá estaría mirando por la ventanilla, tratando de ubicarse. Cuando el colectivo se detuvo un par de cuadras más adelante, te bajaste con el tropel. Te quedaste parada en la vereda unos segundos por las dudas ella también lo hiciera. Pero el vehículo arrancó y de tu madre, ni rastros.

Tenías 11 años y era tu primer día de clases en el colegio nuevo. Vos, nena de barrio, la menor de 6 hermanos, la mimada de papá. Y estabas ahí, premeditadamente sola, en plena avenida. Luego de un tiempo prudencial, te brillaron los ojos y cruzaste corriendo la Colón. No era cuestión de llegar tarde el primer día, ¿no?

Al camino ya lo conocías por el cursillo de ingreso. Caminaste lo más rápido que pudiste las dos cuadras que te separaban del colegio. Llegaste al edificio gigantesco.

Te abriste paso entre la gente, buscaste tu curso y formaste con una sonrisa. No querías entrar al colegio con tu madre y lo habías logrado: la habías imaginado exageradamente emocionada y, de solo pensarlo, se te ponía la piel de gallina.

Cantabas el Aurora cuando tu mamá apareció en la punta de la rampa, pálida, despeinada y con el taco del zapato en la mano —supusiste porque solo le veías la cabeza asomada entre los otros padres—. Desde ahí, te lanzó una mirada asesina.

El reto y la penitencia vendrían después:

—¡Chiquita de mierda! Otra de estas y te mando a la nocturna.

6 Respuestas

  1. Bettina dice:

    Muy ocurrente y realmente lo que le sucede en la cabecita de esta niña .

  2. Graciela Giachero dice:

    Muy linda historia.Nos lleva a momentos vividos a empatizar con la chiquita de mierda.A recordar esas miradas fulgurantes lanzadas por algunas madres.Muchas gracias

  3. marcos.saraniti dice:

    Qué hermosa historia, Andrea!! La volví a leer con la misma sonrisa. Gracias!

  4. Victoria Karamazov dice:

    Andrea.. una historia sin dudas movilizadora, por momentos me vi espantosamente reflejada en esa madre y por momentos volví a ser la «chiquita de mierda»… creo que eso le sucederá a tus lectores, BRAVO!!!

    • Andrea Sánchez dice:

      La dualidad del ser humano, jaja… Todos tenemos algo de esa madre y de esa «nena»…. Qué cada lector empatice con el personaje que más le guste! Nos leemos, Vicky!

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