HASTA QUE SALGA EL SOL

En la ciudad Ragah, en la cada vez más estrecha Franja de Gaza, el cielo está oscuro, negro como el humo que la rodea. Huele a miedo.
La puerta de la habitación está cerrada. Ella los dejó adentro, sin explicarles el porqué.
Musa siente que, en ese sótano, las paredes se acercan. Siente que se achica a cada momento, que lo aprisiona. Está sentado sobre sus pies en una esquina. Sus ojos están entrecerrados y sus pupilas se mueven rápidamente de un lado a otro, buscando no sabe qué. El latido de su corazón es arrítmico. Caen lágrimas involuntarias que quiere disimular.
Yubrán camina de un lado al otro; intenta, con tres zancadas, alcanzar la pared de enfrente. Obviamente, no puede. Necesita por lo menos cinco o seis pasos extra. Mira a Musa de reojo y, con esa tenue luz, se da cuenta de que su compañero no está bien. Abre y cierra las manos con fuerza, símbolo de todo lo que le preocupa. Trata de encontrarle sentido al abandono.
Al dejarlos en ese sótano, ella les ordenó permanecer en silencio. Nada de hablar y gritar, nada de sollozar. Solo tienen que escuchar, estar atentos a que terminen las explosiones, para entonces salir. Ella les dijo que parecían fuegos artificiales y que ellos, gracias al Todopoderoso, no los habían visto aún. Ellos están tristes porque no pueden salir a verlos.
Ninguno conoce las reglas, si es que esto es un juego. Ninguno conoce qué hacer, si es que esto es de verdad. Ninguno es valiente. ¿Cómo van a ser valientes? Provoca risas el solo hecho de pensarlo. O provoca tristeza al mirarlos.
Al ser dejados escucharon, de boca de ella, lo irracional del bombardeo. Escucharon sobre el dolor producido a grandes y niños. Escucharon sobre la destrucción de la ciudad. Escucharon que muchos no tienen casa. Escucharon que muchos no tienen qué comer. No entendieron el porqué; en realidad, no podían entender qué querían decir todas esas palabras.
Al dejarlos, ella les prometió que esto iba a acabar y que el cielo volvería a ser azul. Les prometió que volvería el olor a pan y que ella volvería cuando saliera el sol. Pero no hay ventanas, no hay grietas, no hay por dónde ver si ya hay sol nuevamente. La puerta continúa cerrada.
Desde arriba llegan los ruidos de pasos rápidos, de gente que corre. Se escuchan gritos que los asustan y ellos están solos. Se escuchan explosiones de bombas y ráfagas de tiros. Suenan más fuerte que los fuegos artificiales. Yubrán se sienta al lado de Musa y lo abraza. Es más alto y lo cubre con su cuerpo. Siempre es más animoso y trasmite alegría. Pero hoy no. No sonríe. Yubrán siempre cuidó de Musa, a pesar de que este es más grande. Tiene dos años más, aunque el cuerpo no dice lo mismo. Musa es callado y siempre reafirma con su cabeza, que mueve de arriba abajo con vehemencia, todo lo que dice Yubrán.
Yubrán festejó los nueve años con el estruendo de una bomba que estalló al frente de su casa. Cayó justo sobre la casa de Musa. Todo se convirtió en escombros. Nada quedó en pie, ni siquiera los padres de su amigo. Desde el momento en que Musa dejó de llorar, se convirtieron en hermanos.
La mamá de Yubrán es ahora la mamá de Musa. Hace poco más de un año, ella se convirtió en la mamá de tres niños que no eran suyos. Solo Yubrán y Musa continúan con vida. Por eso, ella los escondió en ese sótano. Por eso, ella les dejó comida para muchos días y botellas con agua, porque ella quiere que, por lo menos, ellos dos se salven. Ella espera ser la distracción para los soldados. Ella espera, desesperada, la salida del sol.
Se abre la puerta. La luz los ciega. Musa aprieta fuerte la mano de Yubrán. Este se suelta, se pone de pie y, con su mano, intenta tapar la luz. Miran el contorno de una persona parada en lo alto, bajo el marco de la puerta. Sonríen, piensan que ha salido el sol. El que llegó baja los escalones y da dos pasos hacia adentro. Tiene un arma. Musa se esconde detrás de Yubrán, temblando. Yubrán también tiembla, pero hace frente al visitante. Él les devuelve la sonrisa y toca la cabeza de Yubrán. Los niños se tranquilizan. El recién llegado le grita a sus compañeros y bajan dos soldados más. Ponen a un niño al lado del otro. Cada soldado saca un billete y el último soldado los sostiene en su mano. El primer soldado dispara y acierta los dos tiros en el centro de los corazones. Gana la apuesta y se lleva los tres billetes. Sonríe y ordena que se apaguen los reflectores de los tanques, que alumbran tanto como el sol.

 

Cuento finalista en el Concurso Literario Jorge Ramallo, Homenaje, 2021. Río Cuarto, Córdoba, Argentina

2 Respuestas

  1. Andrea Sánchez dice:

    Muy buen cuento! Llega a las entrañas… Te felicito!

  2. Me conmovió muchísimo tu cuento, Marcela. Te felicito.

¡Dejanos un comentario!

ESCRIBIR.com.ar
Copia deshabilitada. Lo sentimos.