# Roberto Arlt – DIVERTIDA AVENTURA DE MÍSTER GIBSON

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- Published: 2021-01-31T03:26:08-03:00
- Author: Administrador

Míster Gibson había sido proveedor del colegio San Francisco Javier, en Calcuta;
pero ahora no lo era. Antes de haber sido proveedor del colegio San Francisco Javier(
legumbres y verduras), míster Gibson había desempeñado innumerables oficios y corrido
numerosísimas aventuras.

Pero, indudablemente, la más conmovedora e inofensiva de sus aventuras fue la de
estarse al pie de su verdulería recitando mentalmente un poema de Kipling, mientras
un cartero indígena, aproximándose, le entregaba una carta. Gibson (tenía entonces
cuarenta años) abrió la carta, y mediante este simple acto, se enteró de que su 
honorable tío acababa de reventar. En consecuencia, entraba en posesión de una razonable
suma de libras esterlinas.

Otro hombre que no hubiera sido míster Gibson hubiese echado a correr por las calles
de Calcuta, pero míster Gibson no echó a correr. Llamó a un coolie que arrastraba
un maltrecho cochecillo de mimbre y bambú y cuya única vestimenta era un andrajo
atado en torno de los riñones, y le dijo:

—Llévame al colegio San Javier.

Una vez en el colegio San Javier, míster Gibson, en vez de llamar respetuosamente
a la cancela, como acostumbraba, pasó frente a las narices del bedel asombrado, 
se metió en un corredor oscuro, abrió una anchurosa puerta, y deteniéndose ante 
el administrador del educativo establecimiento (un hombre con la cara larga como
un jamón y la nariz afilada como una navaja), le dijo:

—Tengo el gusto de notificar que os escupo en la cara. —Y, efectivamente, míster
Gibson así lo hizo en la cara del asombradísimo señor, y se marchó tranquilamente,
como si nada hubiera sucedido. Después de esto, es lógico admitir que míster Gibson
no podía continuar siendo el proveedor (legumbres y verduras) del colegio San Javier,
de Calcuta. Y no continuó. Se retiró a vivir de rentas a Titagarh. Titagarh es un
pueblo de verano que duerme su sabrosa siesta en la línea de ferrocarril que va 
de Calcuta a Darjeeling. Casi todos los funcionarios decentes que medran en Calcuta
tienen su finca en Titagarh.

Los dieciocho kilómetros que separan Calcuta de Titagarh son cubiertos en media 
hora por un convoy crujiente, sucio y rechinante, que recorre las vías lanzando 
numerosos silbatos. Desde las ventanillas del tren se ve, por momentos, correr las
aguas del río Hooghly, a cuyas orillas, precisamente, míster Gibson tenía sus propiedades
separadas entre sí por un kilómetro de distancia. Una de ellas alquilada a herr 
Steiner, un alemán farmacéutico de Calcuta, que aspiraba a enloquecer a la gente
de Titagarh con sus teorías rosacruces. La segunda casa la ocupaba míster Nebo, 
un mestizo comprador de serpientes vivas y que proveía a los diversos jardines zoológicos
del mundo. Míster Nebo, por razón de su comercio, estaba casi siempre ausente, aunque
era puntualísimo pagador. Míster Steiner, el rosacruz, no era tan puntualísimo pagador,
pero, en cambio, le ofrecía a míster Gibson unas interpretaciones fabulosas del 
Fausto, de Goethe, que, según él, tenían un sentido oculto y alquímico. Gibson se
divertía y bebía whisky. A veces, míster Gibson se encontraba por la calle con el
administrador del colegio San Javier, de Calcuta; pero el administrador, poniendo
una cara muy digna, hacía como si no lo viese, y Gibson se sentía feliz.

Fue justamente un viernes, a las dos de la tarde. Entró al consultorio del doctor
Beson y le dijo:

—Vengo a que me examine de la vista, porque acabo de ver moverse los muros de mi
casa.

Beson era un hombre tranquilo y reposado, con un pie suplementario de corcho, debido
a que tenía una pierna veinte centímetros más corta que otra. De esta renguera le
había nacido un espíritu sistemático y escrupuloso. Preguntó:

—Su casa ¿está construida de madera, ladrillo o piedra?

—Piedra, Beson.

—Entonces convendrá que le examine la vista.

Media hora después, Gibson salía del consultorio de Beson con unas rupias menos 
en el bolsillo, una receta y este consejo:

—Deje de beber, porque si no, pronto verá al Hooghly correr al revés.

Gibson, que ya había tenido tiempo de sobreponerse, se fue directamente al club.
En un sillón de esterilla, allí en la misma vereda, mirando plácidamente a un cebú
que arrastraba un primitivo carro con eje de madera, estaba François, un plantador
de caucho. Jimmy, el camarero, se detuvo frente a Gibson, y Gibson, arrojando la
receta hecha una pelota hasta los morros del cebú, ordenó:

—Trae un whisky.

Mientras el camarero corría adentro, Gibson le dijo muy serio al plantador:

—Esta mañana, cuando pasaba un bote frente a la finca que tengo alquilada a míster
Nebo, he visto moverse las paredes de mi casa como si fueran a caerse.

François se incorporó. Pero como Beson, el doctor, François estaba también impregnado
de un espíritu metódico, e interrogó:

—Tu finca ¿es de madera, ladrillo o piedra?

Gibson se irritó:

—¡Has estado treinta veces en mi casa y aún me preguntas si es de piedra, madera
o ladrillo! ¡Vete al diablo!

François se echó a reír; luego dijo:

—¿Hablas en serio?

—He visto moverse todo el muro de piedra; ondular de arriba a abajo.

François examinó a Gibson con aire jovial. Luego, agradeciendo que el otro viniera
a distraerlo, extremó su curiosidad:

—¿Cómo se movía la pared de tu casa: horizontal o transversalmente?

—Una vez se movió transversalmente y otra horizontalmente.

—¿Y la balconada de hierro?

—La balconada seguía los mismos movimientos del muro.

En aquel momento un vigilante musulmán, con la cabeza envuelta en un turbante, se
acercó y pegó al muro de madera un cartel. Los hombres leyeron:

«Se entregarán cinco mil rupias al que descubra o facilite datos para detener a 
los ladrones de elefantes.»

François leyó el letrero y dijo:

—Anoche han robado al elefante amaestrado del circo de Calcuta.

El dueño del elefante ha intentado quitarse la vida por la desesperación.

—Y no es cosa fácil robar un elefante —rezongó Gibson.

—¡Es el cuarto elefante que roban en tres meses!

Los dos hombres quedaron silenciosos. Era evidente que el ladrón o los ladrones 
trababan amistad con los elefantes durante las horas de su descanso. Burlando la
vigilancia de los guardianes.

No era trabajo difícil conquistar la simpatía de un elefante. Bastaba regalarle 
leche condensada, chocolate, azúcar. La conquista se terminaba con fruta de tamarindo.
Progresivamente el animal deponía su desconfianza y acababa por entregarse mansamente
al ladrón.

—El ladrón debe venir de afuera —rezongó Gibson.

—Pero ¿dónde ocultan a los elefantes? —saltó François—. Aquí no tenemos selva virgen
en la que esconder a los animales. Partidas de caballería y policía recorren todos
los caminos.

—¿Los llevarán por el Hooghly?

—Imposible. El río no tiene hondura donde pueda navegar un buque en cuyo interior
se oculte un elefante, y si fuera chata o balsa, el elefante habría sido visto por
todos.

Gibson se puso de pie, le hizo una señal a un coolie que pasaba arrastrando un cochecillo
de bambú y le dijo a François:

—Tengo sueño. —Luego, dirigiéndose al coolie, le ordenó—: Llévame a casa.

Gibson gritó:

—¡Ha Hek, Ha Hek!

El muchacho malayo, que desde la cocina estaba espiándolo de mal talante, corrió
hacia él. Siempre le sucedía el mismo fenómeno a Ha Hek.

En cuanto veía ceñudo al amo, Ha Hek se ponía sombrío y deseaba que la boca de los
enemigos de míster Gibson se llenara de hormigas.

—Ha Hek —prosiguió míster Gibson—, toma el fusil y sígueme.

Ha Hek entró corriendo al dormitorio de míster Gibson y tomó un pesado fusil.

—Ponte el sombrero —ordenó Gibson.

En pocos minutos Ha Hek se presentó enfundado en un enorme saco andrajoso del hombre
blanco, y el ex proveedor del colegio de San Javier, de Calcuta, tomando un revólver,
se lo amarró a la cintura. La luna asomaba su cuerno plateado sobre la torrecilla
del palacio de Sidi Hacmet cuando los dos hombres salieron.

Marcharon silenciosos a lo largo de los cercos, entraron en un camino que ondulaba
entre plantaciones de maíz; cada vez eran más frecuentes los encuentros con los 
cargadores de agua, que semidesnudos, con un odre colgando al costado, marchaban
hacia el río.

Gibson habló súbitamente:

—Oye, Ha Hek; ¿has visto tú moverse alguna vez las paredes de una casa de piedra?

—No, amo.

—Pues yo he visto moverse el muro trasero de la casa que he alquilado a Nebo.

—Míster Nebo ha embrujado entonces la casa —repuso simplemente Ha Hek.

—¿No tendrás miedo de los demonios de míster Nebo?

—No —repuso Ha Hek—. El amo ¿tiene demonios amigos más poderosos?

Habían llegado a la orilla del río. Las plateadas aguas del Hooghly corrían rumorosas
bajo las arcadas de los sauces. Míster Gibson subió a un bote; Ha Hek tomó los remos
y rápidamente se dirigieron aguas abajo hacia la finca del comprador de serpientes.

A veces se cruzaban con una chalana o una barca larga ocupada por marineros hindúes
o cargadores de piedra. La luna rielaba en las aguas, en algún remanso; el río parecía
chapado de extensas bandejas de plata centelleante, y entonces Ha Hek remaba con
más sólido vigor, mientras que míster Gibson chupaba su pipa.

De pronto llegó el aullido quejumbroso de un chacal.

—Dobla —ordenó Gibson.

Estaban frente a la finca de míster Nebo.

Ha Hek encalló el bote en la arena y los dos hombres saltaron a tierra.

Allí, entre un montón de árboles, se veía el cuadrado edificio alquilado al comprador
de serpientes. Un edificio de piedra rojiza, con vasta balconada de hierro. Sin 
embargo, este muro pesado daba una tal sensación de levedad, que míster Gibson, 
repentinamente irritado, exclamó:

—¡El maldito mulato ha embrujado mi casa! Te juro, Ha Hek, que si mi propiedad ha
sufrido algún desperfecto a causa de sus brujerías, le romperé los huesos a míster
Nebo.

Ha Hek no respondió palabra. Ha Hek tenía miedo, aunque estaba seguro de que los
demonios del hombre blanco eran mucho más poderosos que los demonios del comprador
de serpientes.

Un camino enarenado conducía de la orilla del río al edificio, y la luna brillaba
tanto, que míster Gibson murmuró:

—Nos arrastraremos a lo largo del seto.

Los hombres comenzaron a deslizarse, y mientras se arrastraban, no apartaban la 
vista del muro trasero de la finca, y de pronto, Ha Hek, con gesto medroso, dijo:

—Se mueve.

No cabía duda. La muralla, de piedra rojiza, había ondulado de arriba abajo y Gibson
la había visto. ¿O es que estaban sugestionándose ambos?

—¡Cállate! —ordenó Gibson.

Sudando copiosamente, con el fusil levantado frente a sus narices, Ha Hek continuó
gateando hacia el caserón, seguido de Gibson. Y cuanto más cerca estaban del muro
de piedra, más visible era su temblor. Y, sin embargo, la tierra no temblaba.

—Mira al suelo —dijo el ex proveedor del colegio de San Javier, de Calcuta.

Ha Hek obedeció. Esperaba ver abrirse de un momento a otro el muro de la casa y 
vomitar cien legiones de diablos putrefactos. Hay muchas y muy diferentes calidades
de demonios en el aire, en las aguas y en las tierras, eso lo saben todos los malayos,
y únicamente los demonios del hombre blanco podrían intentar una lucha con éxito
contra los demonios del mulato mercader de serpientes.

Habían llegado. Protegido por una roca, Gibson se quedó mirando el muro de su casa.
Era un muro de piedra, el muro de su casa; pero algo raro sucedía en ese muro. Miró
el barandal de hierro. Y vio que el barandal ondulaba, y entonces, temiendo volverse
loco, dio un salto hacia el muro, y en vez de sentir el choque de la piedra, ablandada
totalmente, cedía bajo su peso. El muro de piedra se había convertido en un muro
de lona pintada. Y el balcón de hierro era un balcón pintado en la lona.

Míster Gibson lanzó la injuria más atroz que había escuchado el malayo en su vida,
y sacando una navaja, cortó la lona, y cuando la hendidura fue suficientemente amplia,
introdujo el brazo armado de una linterna eléctrica. Y el foco de la linterna eléctrica
iluminó las nalgas de cuatro grandes elefantes que se alimentaban pacíficamente,
comiendo plátanos de cuatro grandes cestos.

—Mira —dijo señalando los elefantes al malayo.

—¡Míster Nebo es el ladrón de elefantes!…

—¿Has visto, Ha Hek? Y el maldito hijo de un leproso ha tumbado el hermoso muro 
de piedra de mi casa para poder introducir los elefantes en ella.

»¡Y para que no se notara la desaparición del muro lo sustituyó con un lienzo de
lona pintado! ¡Hombre astuto!

De pronto se golpeó la frente:

—Menos mal que la policía ha prometido cinco mil rupias… Ve a buscar a los vigilantes,
Ha Hek.

Ha Hek salió corriendo. Estaba contento. Los demonios de su amo blanco habían vencido
a los demonios del amo mulato.
