# Pedro Mairal – HOY TEMPRANO

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- Published: 2021-01-08T11:33:30-03:00
- Author: Administrador

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo 
a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra
el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el 
fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana,
lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz
que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias
por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que
estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega 
hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos
autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar
insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al 
sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta.
Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía
de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen
caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes
y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos
prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no
viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya 
no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si 
es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además ya el Peugeot está medio
roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas
de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. 
Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En
la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras
de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no 
dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y
estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana
medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para 
juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos 
acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona
militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos
y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas,
incluso la autografiada por Martín Karadagian.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora
del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente
papá sube el volumen y dice “escuchen esto, escuchen esto” y hay que hacer una pausa
silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de 
un adagio. Después, cuando llegan los pasacasetes para autos, el viaje a la quinta
se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino 
prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los
quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky
lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni
con nuestro cántico filial favorito que dice “Queremos comer, queremos comer, sangre
coagulada revuelta en ensalada…”. Pero después Vicky empieza a traer libros para
el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada,
porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana
en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces
Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras
mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando
en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar;
cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, 
improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana.
Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la
parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece
mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos
viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad
perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que
Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para
el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo 
tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa.
Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los
amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes,
porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las
que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca
vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza
mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene.
En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo
garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando
se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento
de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador,
que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora
hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas,
biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos
piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra
de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace 
poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque
le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los
puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos
más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con
un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro,
la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los casetes
que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo
cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta 
porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último
lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración.
Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el 
hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza
a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos
cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la 
marihuana no pierda densidad. Escuchamos “Wild Horses” y hay momentos casi espirituales
en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el
paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por 
suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier
día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación
pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos
vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos
con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los 
cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me
apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está 
allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de 
integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano.
Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan
pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más
autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación
de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga.
Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el
asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que
no importa, que podemos parar en el McDonald’s. Discutimos. Gabriela me desprecia.
Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar 
demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta 
poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta
a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano
de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4×4 no hace ruido. La
autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente.
Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por
pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen.
Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo “
acá”, y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto
donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran
arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de 
los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring,
paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor
húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta
para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos
vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en 
el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre
los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima
del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto.
Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera
vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no
sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace
mucho, acostado en la luneta de atrás.
