# Eduardo Sacheri – Me van a tener que disculpar

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- Published: 2020-11-27T15:05:13-03:00
- Author: Administrador

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de
bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su
modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos.
 Seamos más explícitos.
Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes,
siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario
bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo. Uno no puede
andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo
hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse
a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos
en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando
no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios
no le trastroquen irremediablemente la lógica. Pero me van a tener que disculpar,
señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede
haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía
mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo
varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No,
nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente,
mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense,
señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio
ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando
una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable.
Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome. No
obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud.
Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los
seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene
muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, 
o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome
incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa. No es 
un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me
permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento
que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta
sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla
sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche. Él no lo sabe,
cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que 
con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos
que yo hago una vez y otra por pagarle. Por suerte o por desgracia, la oportunidad
de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos,
es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera,
o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos,
al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme
serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando
me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno 
en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en 
el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos
y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo,
he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros
aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen
absolutamente detestables, por cierto. Por eso yo me quedo callado, o cambio de 
tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala
con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, 
tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de “y, no sé, habría
que pensarlo”; o tal vez arriesgo un “vaya uno a saber, son tantas cosas para tener
en cuenta”. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí
lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar 
mis argumentos y mis justificaciones. Por empezar les tendría que decir que la culpa
de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña
en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace
la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos.
Porque si el tiempo se quedara ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en 
su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas
traiciones tan propias de nosotros los mortales. Y en realidad es por ese carácter
tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar,
en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En 
cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan
al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente
profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales,
me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto
que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), 
a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada
la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las
potenciales sanciones. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el
tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio
en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para
mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes
después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha
cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo 
cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía
también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós
tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los
puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un 
partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho
dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son
emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho
más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de
acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio,
porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la 
cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a 
desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos.
Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable.
Vamos a tener que quedamos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das
cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”.
