# Pablo de Santis – EL RELATO ESCONDIDO

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- Published: 2020-10-19T21:35:08-03:00
- Author: Administrador

En agosto de 1885 un hombre de traje negro, al que le faltaba la mano derecha, se
presentó en mi casa. En la izquierda llevaba un maletín de cuero. Dijo llamarse 
Virgil Spatia; era un representante del despacho de abogados Miller & Benson, de
Baltimore, y tenía el penoso deber de notificarme que mi tío, Joseph Moran, había
muerto. El hombre esperaba alguna muestra de congoja por mi parte, pero mi tío era
un extraño para mí, y la muerte, más que alejarlo, lo trajo bruscamente a la actualidad.
Pregunté, para disimular mi falta de zozobra, si aquel despacho siempre se había
ocupado de los asuntos de mi tío. Spatia dirigió su brazo derecho a una taza de 
té que acababa de servirle, como si de pronto hubiera olvidado la pérdida de su 
mano, y respondió que él no sabía nada de eso porque no era un empleado, solo ocasionalmente
hacía encargos para esos abogados. Y agregó:

-Trabajo para una agencia de malas noticias; por una suma módica, decimos lo que
nadie más quiere decir. Nos presentamos provistos de sales contra desmayos, frases
oportunas y pañuelos perfumados.

Yo no necesitaba ninguna de esas cosas. Antes de marcharse, Spatia sacó de su maletín
de cuero una carta en la que los abogados me notificaban que era el dueño de la 
casa de Moran, en Baltimore.

-Esa no es una mala noticia -dije.

-Es que usted todavía no ha visto la casa -dijo Spatia, a modo de despedida.

Nadie recuerda hoy el nombre de Joseph Moran, pero en la década de los cincuenta
tuvo cierta fama como retratista de sociedad; en las grandes mansiones de Baltimore
nunca faltaba un retrato de la señora de la casa, debidamente rejuvenecida y embellecida
por el pincel de Moran. A veces les hacía el favor a sus modelos de crear sobre 
la tela un efecto de neblina. Esa misma neblina se corresponde muy bien a los recuerdos
que tengo de mi tío: como siempre detestó a los niños, solo una vez se acercó a 
mí, y fue para preguntarme dónde estaba mi madre, que era su hermana. Señalé alguna
parte de la casa y eso fue todo.

Moran había heredado una pequeña fortuna de su esposa, muerta a la edad de treinta
años, pero la había gastado por su manía de coleccionista. En una época fueron las
estampas japonesas, en otra las espadas medievales, y por último los barcos en botellas.
Su casa, mientras tanto, había desarrollado su propia colección de caños rotos, 
paredes descascaradas y pisos devorados por insectos. Convertir esa casa en un lugar
decente podía costar una fortuna. Yo esperaba que la casa solucionara sola sus propios
problemas, y que las colecciones inútiles pagaran los caños rotos y la mampostería
deshecha. Pero esperaba algo más: quería encontrar, bajo las 324 cajas (las conté)
con papeles de mi tío, el original de _La carta robada_, de Edgar Allan Poe.

Mi tío era un hombre con fama de fabulador; empezó, como tantos mentirosos, a cometer
por interés algunas pequeñas faltas a la verdad, y terminó por ignorar desinteresadamente
la diferencia entre realidad y fantasía. Era muy difícil adivinar qué había de cierto
en el catálogo de sus hechos, pero algo estaba fuera de toda duda: en su juventud
había conocido a Edgar Poe. En 1844 el escritor se había mudado con su esposa a 
Nueva York. Mi tío vivía entonces en la ciudad y lo conoció a través de la familia
Brenan, que le había alquilado la casa al poeta. La gente que tiene la fortuna de
no ser artista procura que los artistas se conozcan entre sí, como si alguna vez,
en la larga historia de la literatura, de la pintura y de la música, algún artista
hubiera mostrado algún genuino interés por otro. Luego de algún recelo inicial, 
Poe y Moran comenzaron a reunirse por las tardes para conversar sobre su tema favorito:
ellos mismos. Moran aprovechaba estos momentos para trazar algunos bocetos de un
retrato al óleo de Poe. En ese momento estaba escribiendo _La carta robada_, y Moran
se había propuesto que el cuadro lo mostrase trabajando en la corrección final del
cuento. Cuando estaba por terminar el cuadro, que representaba a Poe sentado en 
un sillón de alto respaldo, sosteniendo las cuartillas con la mano izquierda, Moran
le prometió hacer una réplica para él; Poe, agradecido por anticipado, le regaló
el original del cuento. Mi tío siempre se jactó, en las pocas comidas familiares
a las que asistió, de la posesión de ese manuscrito.

Durante meses recorrí cada centímetro de la casa buscando esos papeles. Yo había
escrito _La tragedia de Edgar Poe_, un pequeño tratado que había pasado inadvertido
incluso entre los especialistas en el autor. Las tesis del libro eran audaces, su
justificación, sólida: no encuentro otro motivo para este vacío que las maquinaciones
de Rufus Griswold, implacable albacea de Poe, a quien Baudelaire tuvo el buen tino
de calificar de vampiro. Yo contaba con que el hallazgo de un original me permitiera
cotejar las distintas versiones que existían del cuento. Confiaba en que un artículo
contundente rescataría mi libro de su injusto olvido.

La tarea de reconstruir la casa fue comiéndose las laboriosas colecciones de mi 
tío: un rematador diligente me liberó de estampas japonesas y de esas herrumbrosas
espadas que, mal fijadas en las paredes, a menudo se venían abajo y terminaban clavadas
en el piso. Dejé para el final la pintura de Poe, que pasó a integrar una exposición
de grandes retratos que se llamó _Hombres representativos_ y recorrió el país. Con
lo que saqué por la pintura me pagué un viaje a París y una larga estadía en el 
Hotel de Marte. El hotel no estaba mejor que mi casa, pero cuánto mejor es ver un
techo que gotea o que se cae sabiendo que no es deber nuestro pagar a los albañiles.
Lo bueno de viajar es que, fuera de casa, podemos contemplar todo derrumbe con el
corazón tranquilo.

La distancia es un instrumento de la verdad; al volver y estar de nuevo solo en 
la gran casa, cuyos trabajos parecían no avanzar nunca, comprendí la verdad de la
historia. Fue de noche: no podía dormir y, para distraerme, tomé el cuento y lo 
leí como si no lo hubiera leído nunca. A veces la literatura nos muestra cómo asuntos
que parecen lejanos son los nuestros. El cuento no hablaba de una carta perdida 
o de un investigador ocioso y sagaz: hablaba de mí, de la gran casa vacía, de mi
búsqueda insensata. El cuento había estado a la vista de todos todo el tiempo y 
solo yo, por milagro, había descubierto el secreto.

El cuadro se exhibía entonces en la alcaldía de Richmond; allí entré una noche. 
Solo, en la oscuridad, armado con una linterna, fui al encuentro del original perdido.
Había llegado a la conclusión de que la pintura ocultaba el cuento verdadero: lo
que se veía en la pintura, aprisionado en el barniz, era el papel real. Apenas llegué
a hacer un tajo en la superficie: de inmediato tres hombres cayeron sobre mí, como
si salieran de los grandes retratos. Pero no eran hombres representativos, sino 
guardias: olían a tabaco y brandy y me golpearon con la alegría que la gente baja
encuentra en la violencia inmotivada.

Hoy el retrato se exhibe en el museo Edgar Allan Poe de Richmond. He intentado acercarme
pero, a pesar de mis variados disfraces, siempre he sido descubierto. Además, nunca
dejan sola la pintura. Los visitantes que conocen la historia tratan de descubrir
si realmente hay un papel allí debajo, o si es solo un efecto de la luz. La pintura,
debo decir, ha envejecido, y Poe parece un muñeco de cera: los colores se han vuelto
opresivos y odiosos. El tajo, en cambio, es nítido, y al cabo de tantos años ha 
hecho suyo el secreto del arte: no cesa de prometer algo que nunca termina de mostrar.

 

_* Este cuento se publicó originalmente en LA NACION en agosto de 2008 y [publicado en versión corregida en 2020](https://www.lanacion.com.ar/cultura/el-relato-escondido-nid2479305)_

 
