Don Diego y unos caramelos de goma

Don Diego y unos caramelos de goma

La primera vez que lo viste, te cayó simpático de entrada. Parecía un actor maduro, de esos de las películas de los domingos a la tarde. Estabas en la casa jugando a las escondidas con tu hermano Lucas y entraste a la cocina de sopetón. La abuela estaba con el delantal puesto, lavando algo en la pileta, y don Diego, como lo habías bautizado de inmediato, estaba sentado a la mesa mirándola arrebolado. Te hizo un guiño cómplice y eso te gustó.

Sin dudarlo, te mandaste debajo de su silla y quedaste arrullada por un delicioso perfume a tabaco: un aroma que, a pesar de tus años, podías asociar con puertos, con bosques; quizá, con un abuelo contando historias en una cabaña en la montaña. Mientras la abuela seguía en la pileta y tosía de a ratos, la mano de don Diego se había estirado hasta tu escondite y te había ofrecido un pequeño tesoro de caramelos de goma.

Después apareció Lucas, que se había reído de vos: «¡Mirá qué tonta que sos! Esconderte debajo de una silla vacía», te había dicho. don Diego se había evaporado, sí, pero la habías mirado a la abuela y te habías mirado las manos llenas de azúcar. La abuela se hizo la tonta cuando le preguntaste si ella había visto al señor ese que estaba sentado ahí, pero a vos te quedó claro que sí, porque justo venía tu mamá y la nona puso cara de «disimulemos». Pensaste que era lindo que ella tuviera alguien como don Diego que la visitase y, de paso, te regalara a vos caramelos de goma.

No hablaste del asunto con nadie más y casi que te olvidaste, porque pasaron varias semanas hasta que volviste a verlo. Tu abuela te había ido a buscar a la escuela y habías hecho un berrinche para quedarte un rato en la plaza, tan linda en esas tardes de otoño. Mientras vos subías y bajabas del tobogán, la nona tejía al sol y, de vez en cuando, largaba esa tosecita que últimamente no la dejaba en paz. Pero esa tarde la abuela estaba más linda que nunca. Ahí te acordaste de don Diego. A lo mejor, él venía a la plaza y la abuela ya lo sabía, por eso las mejillas encendidas y los ojos con ese brillo especial. Ahí te acordaste de los caramelos de goma y te empezó a hacer ruido la panza. Estabas colgada cabeza abajo en el pasamanos cuando lo viste llegar desde la esquina del colegio, levantando a cada paso una nube de hojas secas.

Por seguirlo con la mirada, te caíste sobre el arenero. Pero ni te preocupaste por el rasguño en el brazo ni por el reto de mamá cuando volvieran a casa. Querías bajar rápido para correr a saludarlo. Cuando te estabas sacudiendo la arena del guardapolvo, viste a la abuela sentada en la hamaca, impulsada suavemente por los brazos de su novio. Porque a esta altura ya no dudabas de que don Diego era el novio secreto de tu nona.

Al verte, él te tiró un beso y volvió a pedirte silencio con el dedo índice sobre sus labios. La abuela se sonrojó cuando te vio paradita frente a las hamacas. Pero esa imagen duró apenas: miraste para otro lado y, otra vez, don Diego ya se había ido.

—Hora de irnos —dijo la abuela.

Mientras caminaban ella te dijo algo de un abuelo que vos no habías conocido, con quien salía a caminar a la tardecita. Mientras te contaba, sacó del bolsillo de su saco unos cuantos caramelos de goma que tu mamá interceptó al vuelo en la puerta antes de llevarte de una oreja directo al baño para curarte la lastimadura y lavarte de arriba abajo. No alcanzaste a escuchar cuando la abuela dijo: «Estos son los que le gustaban a él».

Anoche fue la última vez que lo viste. Tuviste que levantarte a la noche para hacer pis porque ya no aguantabas. Te animaste porque viste la luz encendida de la pieza de la abuela. Cuando saliste del baño, sentiste que ella tosía y asomaste apenas la cabeza por la puerta. Ahí lo viste. Estaba sentado en la cama y le sostenía la mano. Te cuidaste de no hacer ruido y, en puntas de pie, volviste a tu habitación y te dormiste rápido, pensando en la abuela y en don Diego. Soñaste que él la buscaba envuelto en aroma a tabaco y se la llevaba en brazos a una cabaña en la montaña. En el sueño, los dos se volvían y te tiraban un par de besos. Pero te despertaste sobresaltada y mamá tuvo que venir a ver qué te pasaba porque no podías parar de llorar. Ella te abrazó fuerte y te pareció que también estaba llorando. Por sobre su hombro, tu hermano Lucas te miraba raro desde la puerta de tu habitación.

Tu mamá te alzó y te llevó al baño para que te lavaras la cara y te sonaras la nariz. Desde el pasillo pudiste ver que el cuarto de la abuela estaba cerrado. Te escapaste de sus brazos y corriste hacia allá. La abuela estaba dormida y quisiste despertarla, pero no pudiste. Alguien te sacó a rastras de la habitación.

Con los ojos llenos de lágrimas, alcanzaste a ver sobre la mesa de luz una foto suya que nunca antes habías visto. En ella, la abuela sonreía junto a un señor que reconociste rápido. Sobre la imagen, un puñadito de caramelos de goma que sabías que eran para vos.

4 Respuestas

  1. Muy bonito cuento! Emocionante.

  2. Manu dice:

    ups , se me escapáron un par de lagrimones , hermosísima historia , tierna , dulce y tan sencilla como el amor

  3. Andre Sánchez dice:

    Qué bueno que te haya generado eso! Saludos!

  4. María dice:

    El cuento me transportó a lugares de ternura y colores. Me conectó con la certeza del cariño que no muere con la muerte. Gracias.

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