# Juan Marsé – NADA PARA MORIR

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- Published: 2020-07-31T10:47:55-03:00
- Author: Administrador

Apoyó la espalda en la pared, alzó los ojos a la noche y abrió la boca formando 
un arco irónico. La botella de ginebra resbaló de su mano y se hizo añicos sobre
la acera. El otro, soltando la navaja, escapó corriendo. «Ocurrirá dentro de poco–
se dijo–. Seguramente inclinaré la cabeza y sentiré vaciarse mis venas, vaciarme
todo…». Empezó a caminar, pegándose a las paredes, una mano apretada a su vientre
y la otra agarrando los hierros fríos de las ventanas bajas. Sonreía, pensaba vagamente
en la noche y el silencio de la calle, en la muerte que se le había sentado alegremente
sobre las espaldas y le apretaba las sienes con sus manos frías, como un niño. Pero
la descomunal borrachera no se le iba aún, ni con el dolor. «Yo buscaba una mujer,
pero no, yo buscaba unas manos de mujer. Uno se puede casar con una mujer sólo por
sus cabellos, o su perfil, o por su modo de estar cerca. Conozco a un tipo que se
casó con una mujer sólo por sus piernas. Por supuesto que él lo ignoraba, pero me
consta que fue por eso. Se fijó en ella por sus bonitas piernas, y trabó amistad
con ella y la invitó a salir sólo por sus piernas. Y acabó casándose con ella por
lo mismo. Incluso hoy, cuando vienen algunas noches al Bar Club, él siempre la hace
sentarse de frente y con las piernas cruzadas, para que todo el mundo se las vea:
yo sé que él hace esto para justificarse, a ese extremo ha llegado, está perdido.
Pero lo mío es distinto, yo no buscaba nada de eso para vivir, sino para morir. 
Buscaba unas manos que cerraran mis ojos después de muerto. Porque me aterra la 
posibilidad, al morir, de quedar con los ojos abiertos: podría ocurrir que se me
quedara algo de este absurdo mundo fijado en las pupilas, se me podría quedar el
rostro de él, con su expresión de enanito bonachón y listorro, o el de algún empleado
mío de las fábricas, o los titulares de un periódico…».
 Encorvado y cruzándose 
fuertemente el abrigo sobre la herida, el sombrero en la otra mano y sonriendo como
un idiota, penetró en el Bar Club y saludó a los amigos alzando el brazo, sin mirarles.
Sabía que estaban todos allí, tirados en muelles butacones y vaso en mano, aburridos
y sin deseos, con su equilibrada expresión de éxito grabada en el rostro, con gestos
y miradas amplias de hombres en vacaciones que han triunfado sobre la miseria y 
el tedio. En algunos, los menos maduros, aquel éxito estaba ingenuamente pintado,
les desbordaba el rostro como una coloraina de párvulo en el primer dibujo. El mismo
éxito estaba también en los dibujos de las paredes: corazones radiantes, labios 
rojos de mujer, ases de poker, dados con la cara del seis, una náusea abstracta 
de líneas y perspectivas lujosas. La luz se escondía tras las botellas y en los 
rincones, en los repujados del techo y de las columnas, con verdes y rojos sucios.
Se encaminó rectamente hacia la cabina telefónica procurando mantenerse erguido,
con pasos lentos, sintiendo la sangre deslizarse cálida y como un ungüento a lo 
largo de sus piernas. Su pálido rostro de fauno, poderoso y bello, mantenía un rictus
irónico bien conocido y temido en su estamento social. Cerró la cabina, descolgó
y marcó un número. Luego, debatiéndose entre el dolor y el alcohol, habló: – Estoy
en el Club, Isabel. Ven… «… las buscaba, y tenían que ser manos reposadas, lentas,
bellas y cansadas. No me importaba que fuesen ajadas: las quería con vida, que emergiesen
frente a mí con el gesto cargado de pasado y de misterio, como una subyugante áncora
cubierta de moho surgiendo de las profundidades del mar. Isabel tiene esas manos…».
Isabel se levantó de la cama y se cubrió con la bata. La habitación era amplia y
lujosa, la calefacción estaba a tope, la moqueta malva acariciaba sus pies descalzos.
Ajustó las solapas de la bata sobre su pecho y hundió los pies en las zapatillas.
Era una mujer alta de ojos dorados, con esa belleza insondable que uno cree ingenuamente
poder descubrir después de poseída. El teléfono, en el pasillo, seguía sonando y
ella miraba el reloj: la una de la madrugada. A través del hilo, la voz llegó lejana
y extraña: –Estoy en el Club, Isabel. Ven enseguida a buscarme, toma el otro coche.
Me han clavado una navaja en el vientre. Ven, me estoy muriendo de veras, esta vez
sí, y necesitaré tus manos para que cierren mis ojos… Colgó en el momento en que
ella iba a replicar. Ella hizo lo mismo, se encogió de hombros y sonrió levemente,
del mismo modo que lo hacía al hacer frente a la soledad, a las mil noches de inútil
espera, a todo lo irremediable. Esta vez incluso sintió deseos de echarse a reír,
aunque sin mucha convicción, y juntó las manos sobre la boca abierta. Se quedó mirando
el vacío y pensando en Sigfrido. Era otra broma de las suyas, sin duda. Sigfrido
Vilar era un fabuloso embustero, un caso de excepción en materia de chanza, sorprendente,
infatigable y mortífero, todavía le recordaba cuando destrozó a patadas un aparato
de radio a las diez en punto de la noche, en casa de unos amigos y cuando, seguidamente,
se colgó en la solapa la recién concedida medalla del Trabajo. No obstante, esta
vez, el hombre más brillante e indispensable en ciertas reuniones, el caballero «
Hijodalguien» –como le llamaban despectivamente algunos estudiantes resentidos que
frecuentaban el Bar Club–, había ido demasiado lejos. A estas horas de la madrugada
ella no consentía bromas, por originales que fuesen, y menos si estaba borracho.
Tenía sueño. De modo que se encaminó a su dormitorio y se acostó. Pero a la media
hora, sin haber conseguido conciliar el sueño, se levantó de nuevo y se vistió. 
No le parecía del todo absurdo que algún desconocido, algún borracho amargado, como
él, le clavara una navaja en el vientre. Tomó el coche y se dirigió a toda prisa
al Club. Pero él ya no estaba allí. Preguntó a los amigos. –Estuvo aquí, en efecto–
dijo uno de rostro suave y rosado, su blanca mano sosteniendo un largo vaso. Los
otros le miraban las piernas, recordando escenas parecidas que luego comentarían,
cuando ella se hubiese ido–. Le vimos llamar por teléfono. Después habló un rato
con esos muchachos, los estudiantes, sobre todo con ése de la barba de cabrón, el
intelectual, ése que mendiga dinero para hacer una revista –los otros rieron suavemente,
perezosamente–. Luego se sentó con nosotros un buen rato, muy pálido, y, sinceramente,
Isabelita, borracho por completo. No hacía más que repetir que le gustaría ser camello.
Esta noche quisiera ser camello, decía. Ya sabes cómo es. Para qué contarte… –ahora
tenía una insoportable y repugnante expresión paternal–. Deben irle mal los negocios.
Hicimos por calmarle un poco, naturalmente, pero no quiso. Ella notaba las miradas
de los estudiantes, colgados en la barra y escuchando jazz en silencio. Sin duda
aún no eran hombres, esperaban todavía demasiadas cosas, demasiadas respuestas –
más adelante, sabrían que no hay respuesta ni soluciones para muchas cosas–, pero
si habían de convertirse irremediablemente en tipos como Sigfrido o sus amigos, 
pensó, ya estaban bien como estaban. Isabel intuía el desprecio que sentían por 
Sigfrido y los de su estilo, y que seguramente también la alcanzaba a ella debido
a su condición de amiguita, pero sentía la necesidad de hablar con ellos. –Ya sabes
cómo es, mujer –decía a su lado uno de los contertulios mayores–. Francamente, no
comprendo cómo le soportas tantas barbaridades. ¿Sabías que un abuelo suyo murió
en un manicomio? Hoy parecía realmente enfermo, ¿verdad, tú? –En efecto. Yo en tu
lugar no me preocuparía demasiado, Isabelita –se les llenaba la boca diciendo Isabelita,
se les llenaba de algo que no era suyo pero que saboreaban como si lo fuese porque
sabían que era patrimonio de una clase–. Es lo de siempre, ¿no? Anda, siéntate con
nosotros un rato. Sigfrido sabe apañárselas solo. –¿Ocurre algo malo? –dijo otro.
Ella no respondió. Permanecía de pie frente a ellos, las manos hundidas en los bolsillos
de su abrigo de pieles, esbelta, deliciosamente indecisa, las piernas juntas y firmes
sobre sus zapatos de tacón de aguja. Sin añadir nada, se dirigió al grupo de estudiantes.
Eran cuatro muchachos y dos muchachas, silenciosos, de aspecto agradable y noble,
conscientemente despeinados y tristes. Resistiéndose a caminar por la única senda
señalada, abrumados de proyectos e ideas, sabían toda una verdad inconfesable aún,
y de sus miradas sin miedo, insolentes, colgaba una rotunda ansia de gritar unas
cuantas cosas, una fuerza reprimida, pero que iba hinchándose día tras día como 
una cámara de aire a punto de reventar y asomando por el desgarrón de un neumático.
Noches y noches allí, jugando a los dados y escuchando música, amasando la misma
impotencia que les fue entregada al nacer y maldiciendo los mismos nombres una y
otra vez, sin esperanza, sin solución inmediata, frente a un camino que no conducía
a ninguna parte, inhóspito, sin luz ni destino. El más abstraído fue el que habló.
La barba y los cabellos lacios sobre la frente parecían obedecer a un frustrado 
deseo de camuflaje. Pero dentro se hacía el hombre. Ahora endulzaba su desesperanza
con una atenta sonrisa, una gentil deferencia hacia ella: –Se ha ido, señorita. 
Y la verdad es que hoy lo hemos sentido un poco. Hoy parecía otro. Nos ha hecho 
el regalo de este sobre cerrado y nos ha obligado a prometerle que no lo abriríamos
hasta mañana. La esperó durante media hora, luego dijo adiós y se fue dejando eso
para usted. En serio: hoy era otro hombre. Entregó a Isabel un papel con una dirección
escrita a lápiz, y añadió: –Espero que no ocurra nada malo. –Espero que no –dijo
ella, y dándoles la espalda se encaminó hacia la calle. Aquella muchacha, oscura
de piel y encogida bajo la atmósfera enrarecida del techo muy bajo, se volvió lentamente
alzando unas manos mustias e increíblemente largas. Tenía una frente abombada, tirante
la piel sudorosa y blanca, como una enferma del pecho. Sus ojos eran redondos y 
mantenían las manos en alto y sonreía: –Regístreme, señora. Regístreme. Yo no lo
tengo. Se ha ido. Isabel volvió a leer la dirección escrita en el papel. Era allí.
Estaba cerca del muelle. Detrás de los cristales se veía la silueta de Montjuich
y las luces escalonadas en su falda. Dejó vagar la mirada por las paredes del local.
Aquello era algo parecido a una taberna. Olía mal, y ella, de pie y apretándose 
las solapas del abrigo sobre el pecho, sola entre aquella marea de hombres y mujeres
soltando su fuerte olor a jornada dura y vertiginosa, clavaba los ojos en la boca
inflada de la muchacha esperando sus palabras casi únicamente para justificar el
haber entrado allí. Dijo: –Sé que está aquí. O que ha estado. –Se ha ido, señora.
Y no me gusta jurar, pero lo juro que es la segunda vez que le veo. La segunda sólo.
La primera fue hace meses, estaba borracho como hoy y se pasó las horas durmiendo
con la cabeza en mi regazo, en aquella silla. Dijo que no me olvidaría nunca. Dijo
que era un poeta. ¿Es un poeta? –¿Le ha dado a usted algo? La otra se puso a dar
vueltas sobre sí misma, sonriendo y con una mirada oblicua, maliciosa y desconfiada:–
Un sobre cerrado –y añadió precipitadamente–: Pero no sé lo que contiene, no puedo
abrirlo hasta mañana. Qué divertido. ¡Seguro que es un poeta! Isabel se quedó mirándola
en silencio. Sí, esa chica, con su frente cadavérica, el mirar enfermo y simple 
como la línea de su vida, era realmente la compañera ideal para ciertas noches de
Sigfrido. Se podía jugar a engañarla incluso sin necesidad de mentir del todo, alegremente,
diciendo verdades como templos, sin el dolor de esperar inútilmente una confirmación.
Allí, entre aquellos hombres que hablaban alto y fuerte de cosas pequeñas, no existía
ni un sí ni un no rotundos. Isabel podía ver a Sigfrido soltando sus enormidades
a pleno pulmón entre aquella gente, con su amplio abrigo abierto, el vaso en la 
mano y el sombrero echado hacia atrás. Podía verle sentado frente aquellos cristales
sucios que daban a la calle, dejando pasar la tarde en completo silencio, dejándola
pasar como si fuera un dolor de muelas o un entierro muy largo, esperando desesperadamente
que llegara la noche sólo para ver surgir su imagen en el cristal, acaso para ver
si era distinta su hermosa cabeza gris, de hombre importante y mimado, o quizá para
comprobar si estaba realmente solo. Entonces lo más probable es que se levantara,
aprovechando un optimismo que iba a morir pronto, y empezara de nuevo a beber. Y
podía verle bebiendo y gritando aquellas cosas que no soportaba en la voz baja, 
quejumbrosa y miedosa de los estudiantes. Y podía verle finalmente durmiendo en 
el regazo de esta muchacha. – Es muy alegre, su amigo –decía ahora. Pero se puso
repentinamente seria al descubrir la seriedad de Isabel–. Bueno, a ratos. Porque,
la verdad, un poco más y hoy me asusta. ¡Cómo entró! Bebe demasiado, tiene usted
razón. –¿Ha dejado algún recado para mí? ¿Sabe dónde está? –Debe de estar en casa
de Anselmo. Sé el número, pero la calle no tiene nombre. Anselmo es un peón de albañil
que viene aquí todos las noches. Y también los días que llueve, aprovechando que
no trabaja. ¿Va usted en coche? Le diré cómo puede llegar en un periquete… Detuvo
el coche detrás del de Sigfrido. Era una calle de las afueras de la ciudad. Amplia,
sin asfaltar, muy inclinada, recibía la luz verdosa y enmarañada de una bombilla
con pantalla plana que colgaba muy alto en el centro de la calle. El número correspondía
a una pequeña puerta de madera por debajo de la cual se filtraba luz, e Isabel llamó
con la mano. Apareció una mujer bajita, con un jersey rosa y escaso hasta el cuello,
y apenas Isabel había abierto la boca, ella ya decía que sí con imperceptibles movimientos
de cabeza. La hizo pasar hasta el comedor, donde la luz de una lámpara con flequillos
rojos y aceitosos caía sin vigor sobre una mesa en la que tres hombres jugaban a
las cartas. Isabel olía a gato y a verduras. –Anselmo –dijo simplemente la mujer.
Isabel les miró. Eran hombres sosegados, crujientes, de mansas manos sin forma quemadas
por el sol. En toda su vida ella no olvidaría aquella manera de incorporarse a medias
y saludar, aquel olor a ladrillo mojado que desprendían sus ropas, la manera de 
sonreír, de quedarse de pie, de dejar los brazos colgando, como los monos. –No quisiera
molestar –empezó ella. La mujer entró en la cocina y a partir de entonces sólo salió
a ratos, asomándose con un niño cogido de la mano–. Me han dicho… –Ha venido Sigfrido–
exclamó vivazmente el niño–. Me ha despertado, y salió por aquí. Yo lo he visto –
y señalaba la puerta de cristales que daba a la parte trasera de la casa. Isabel
veía a su través las luces del descampado y un terraplén de escombros en primer 
término, donde los niños debían deslizarse durante el día. Anselmo dijo: –Habló 
de usted, pero… no le entendí bien. No se le entendía nada, ¿verdad, Paco? –Se volvió
a su amigo–. A veces cuesta entender a su marido… Se fue enseguida, hace las cosas
así, de repente… La verdad es que sólo estuvimos bebiendo una noche. Le aseguro 
a usted que fue solamente una noche. Ha venido muchas veces, eso sí, a ver al chico…
Ella soltó un suspiro de cansancio. –¿Pero a dónde habrá ido ahora? –Estaba realmente
harta. Observó el sobre cerrado encima del aparador. La mujer lo miraba también,
pero al descubrir que Isabel hacía lo propio, bajó los ojos. Luego, a intervalos,
la mujer fue alzando una mirada que no se atrevía a llegar hasta ella, ni siquiera
a rozar su abrigo de pieles o sus cabellos dorados. El blanco de sus ojos estaba
inyectado en sangre de tanto llorar u odiar, y cogía al niño de la mano con un gesto
impersonal y ausente, como si aquel niño no fuese suyo o como si de pronto fuese
a colgárselo a la espalda como un trapo. –Fue en el bar de Mario –seguía diciendo
el hombre–. Por casualidad, ¿sabe usted? Estaba muy… Bueno, llevaba lo suyo. Claro
que en él eso es distinto. No molesta a nadie. Me pidió un cigarrillo de picadura
y se empeñó en liarlo para mí. Estuvo porfiando en ello durante media hora; me gastó
un librillo entero de papel –rió suavemente–. Pero lo consiguió, y cuando lo tuvo
liado, en vez de dármelo –volvió a reír, moviendo la cabeza como si hiciera chanzas
a un niño– ¿sabe usted lo que hizo? Lo rompió en mil pedazos y seguidamente me ofreció
un puro que apareció en su mano de pronto, como hacen esos prestiditi… digi… Bueno,
esos. Soltó una risa tabacosa. Isabel caminó hasta los cristales, cansadamente, 
y miró en derredor buscando una pausa o un olvido. En la casa, a primera vista, 
todo parecía limpio y en orden, pero yacía una suciedad agazapada en los rincones,
en la madera de las sillas y de la mesa, alrededor de los interruptores de la luz,
de los pomos de las puertas y las asas de los cajones. Eran viejas sombras borrosas
y débiles, ignoradas, alimentadas inconscientemente con los gestos y roces de todos
los días. Al caminar Isabel, su fino taconeo arrojaba bruscamente allí en medio 
otro mundo, y todos lo percibían en su lejana armonía y sus luces. –Es un loco –
masculló Isabel como para sí misma–. Un pobre loco. –Puede que no ande lejos –dijo
el hombre–. Tenga paciencia… –Sí –añadió Isabel, pensando en el coche parado en 
la esquina–. Voy a ver. La mujer la acompañó hasta la calle. Cuando le dejaba paso,
parada junto a la puerta, murmuró con los ojos bajos: –No podemos abrirlo hasta 
mañana… El sobre. –Lo sé –dijo ella–. Adiós, señora. Su coche estaba donde lo había
dejado, pero el de Sigfrido había desaparecido. En medio del descampado, apretándose
con ambas manos el vientre acuchillado, Sigfrido Vilar doblaba la cabeza y se tendía
en tierra. El alcohol y el dolor pretendían aún jugar con él. «Pronto llegará la
muerte, seguramente con la pretensión de sorprenderme. La conozco. Muchas veces 
la he visto pasar y la he llamado, a mi muerte. Nunca me ha obedecido. Es olvidadiza
y coqueta y pelma y atrabiliaria… Si viene vestida, vendrá de negro. Es idiota. 
Nunca me ha obedecido…». Isabel miró a su izquierda, más allá de las casas todas
pintadas todas de blanco y rosa. El descampado parecía más profundo y desolado que
antes. Las vías del tren, a unos cien metros, relucían a trechos reflejando duramente
la luz de los faros de los automóviles rodando en la carretera que ceñía la montaña.
Descubrió el coche de Sigfrido a lo lejos, parado y con la puerta abierta, junto
a la verja derrumbada de un huerto. Dejó la esquina mellada que formaban las casas
y bajó por el terraplén de escombros, cruzó las vías del tren y luego siguió por
un terreno desigual y encharcado. Sin dejar de correr, volvió los ojos a una casita
de tablones carcomidos y techo cubierto de piedras y hierbas secándose, un poco 
más allá del coche parado, y entonces lo vio. Estaba debajo de un ventanuco que 
rezumaba agua, tumbado boca abajo, con el abrigo abierto como las alas de un pajarraco
caído. Isabel se arrodilló a su lado y con esfuerzo lo volvió cara al cielo y luego
cogió sus manos y se las llevó al cuello. Empezó a llorar silenciosamente. El tenía
los ojos abiertos con una luz tan viva y serena que hacía pensar si realmente miraba
algo en la noche, en aquel cielo estrellado de sus delirios personales y sus ansias
incurables. En su mano izquierda, estrujándolo con los dedos crispados, estaba el
talonario de cheques. Ella no lo tocó. Posó dulcemente sus temblorosos dedos sobre
los ojos de él y cerró sus párpados.
