Gatúbela(tiempo de lectura: 4 minutos)

Caty. Caty. Caty. Otra vez esa gata gorda ocupando la mitad de la cama. Otra vez, caminando por tu cabeza a las 4 de la mañana. Otra vez, maullándote finito y mirándote fijo con esos ojazos verdes desde arriba del ropero. Esta secuencia repetida cada noche es lo único que recordás. Casi un año desde que Javi, tu novio de entonces, la había encontrado en la calle y te la había traído hasta encontrarle una casa. Javier era un lindo pibe, progre y con mucho humor. Ya ni te acordás por qué cortaron: tenían buena química, pero lo cierto es que él se fue y la gata se quedó con vos.

A él la micha lo amaba; a vos nunca te quiso demasiado. Así y todo, siempre tuviste una convivencia diplomática con ella: Catalina, Caty, Cata, Caraculis, según la cara de tujes de la susodicha. Como si extrañarlo a veces a Javi las hubiese mantenido unidas.

Ahora estás hecha un bollito en la cama, sin poder todavía abrir los ojos. Bostezás y sentís que la boca te llega casi a las orejas. Te estirás y te sorprendés de lo elástica que estás: «Seguro por las clases de pilates», pensás. En esos divagues estás cuando te das cuenta de que acabás de tocar una pierna. ¿Estás de resaca? ¿Dormiste con alguien y no te acordás? Abrís los ojos. Todo se ve muy grande, desproporcionado. Te querés incorporar y no podés. Del susto, te caés al suelo, pero apoyada sobre tus cuatro extremidades, que sentís de peluche. El maullido que sale de tu garganta se escucha entonces en todo el edificio.

La dueña de la pierna se mueve y vos te metés debajo de la cama. ¿Esa sos vos? ¿Qué pasó? Confundida, no podés evitar lamerte la pata gorda y restregarte los ojos. Sentir esa lengua rasposa te hace erizar y aseás cada suave rincón de tu nuevo cuerpo, hasta ronronear de puro placer.

—¡Ey, gata loca!, ¿dónde estás? —es tu voz llamándote, ¿o deberías decir tu antigua voz?

En este momento, te percatás de que como mamá gatuna no has sido nunca muy cariñosa. Tu exmano te saca de un tirón de tu escondite. «Humana torpe», pensás. Ahí caés en la cuenta de que Catalina, esa gata malvada, se apropió de tu cuerpo. Ella, «la impostora», te mira a los ojos:

—Hoy salgo, Caraculis —te cuenta y te toca la cabeza en un gesto que podría ser tierno, pero que le devolvés con un mordisco—. ¡Mirá que te encierro en el lavadero! —te amenaza, cambiando de inmediato el tono.

A pesar de que te resistís con uñas y dientes, la turra te encierra nomás en el lavadero con un recipiente de agua, el balanceado y las piedritas sanitarias. Así que intuís que la salida durará bastante. Desde la ventana del cuartito, podés ver cómo se maquilla y se prueba ropa, y cada movimiento suyo está tan lleno de sensualidad que no puede ocultar su naturaleza felina, esa que vos nunca vas a tener. Una vez lista, la ves que se toma de un trago un vaso de leche, dejando chorrear unas gotas por las comisuras de los labios.

—Si vos también te morís de ganas de verlo… —te dice, como si te leyera la mente, antes de irse—. Solo esta vez y lo traigo de vuelta —remata, guiñándote un ojo.

Ella se va y vos te quedás inmóvil sobre el lavarropas. Va a verlo a Javi. Querés salir y detenerla. No podés. Lo pensás, a lo mejor no es tan mala idea; entonces el sueño te vence y, como toda gata que se precie, caés dormida sin remedio.

Te despertás en tu cama, enroscada entre las sábanas. Catalina, Caty, Cata, Caraculis, la gata loca, te mira fijo desde arriba del ropero, maullándote finito. Como siempre. «Un sueño extraño», pensás.

Te levantás y vas a la cocina con la micha por detrás. Le servís la leche en su recipiente y, mientras te preparás un café, te entran varios mensajes de WhatsApp. Es Javi:

«Tengo toda la espalda arañada». 10:05.

«El cuello con chupones». 10:06.

«Pero me gustó». 10:07.

«Cuando quieras jugar otra vez a ser Gatúbela». 10:08.

«Acá está tu Batman jaja». 10:09.

Incrédula, estás tentada de contestarle «no sé de qué hablás», pero sí sabés. La mirás a Caty, que está terminando su leche, relamiéndose. Le mandás a Javi el emoticón del gatito sonriente y la carita con la lengua afuera. Le respondés:

«Cuando quieras». 10:13.

Y, por primera vez en mucho tiempo, le hacés un cariño a tu gata.

4 Respuestas

  1. Andrea Sánzchez dice:

    Pauli! Sos muy amable con tus comentarios y muy ricas tus observaciones!! Gracias! Abrazo!

  2. Carla Simbrón dice:

    Caty, una gata que hace y consigue lo que quiere. Una perfecta figura de la personalidad felina puesta en esta tierna historia de reconciliación, con las palabras tan amables de Andrea, siempre tan lúcida y orgánica en su escritura. ¡Este cuento me hace feliz! ¡Gracias! Y espero leerte mucho por estos lados.

    • Andrea Sánzchez dice:

      Gracias, Carla! Qué pasaría si un día despertamos convertidas en esta Caty? Hay que animarse a jugar y reír con la escritura… Eso intento! Y más con mis incorregibles contertulios siempre alentando!!! Abrazo!!!

  3. Paula Avila dice:

    ¡Andre, genial que sigas subiendo tus cuentos! Es un placer leerlos.
    Felicitaciones!

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