# Clarice Lispector – FELICIDAD CLANDESTINA

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- Published: 2020-04-02T10:36:51-03:00
- Author: Administrador

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. 
Tenía un busto
enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si
no fuese suficiente, porencima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos
de la blusa. Pero poseía lo que acualquier niña devoradora de historietas le habría
gustado tener: un padre dueño de una librería.No lo aprovechaba mucho. Y nosotras
todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de unlibrito barato por lo menos,
nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre eraun paisaje de
Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.Detrás escribía
con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.Pero qué talento
tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ellaera
pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablementemonas,
altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En
miansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía
pidiéndoleprestados los libros que a ella no le interesaban.Hasta que le llegó el
día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, meinformó que
tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.Era un libro gordo, válgame
Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormircon él. 
Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba
por lacasa de ella me lo prestaría.Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve
transformada en la misma esperanza: no vivía, flotabalentamente en un mar suave,
las olas me transportaban de un lado a otro.Literalmente corriendo, al día siguiente
fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sinoen una casa. No me hizo 
pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro aotra
niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio,
pero al pocorato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya 
caminaba por la calle asaltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles
de Recife. Esa vez no me caí: meguiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente,
los siguientes serían después mi vida entera,me esperaba el amor por el mundo, y
no me caí una sola vez.Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de
la hija del dueño de la librería era serenoy diabólico. Al día siguiente allí estaba
yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazónpalpitante. Todo para oír
la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese
al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el
drama del“día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces 
como aquélla.Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin
faltar ni uno. A veces elladecía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde,
pero como tú no has venido hasta estamañana se lo presté a otra niña. Y yo, que 
era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras seahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa,
humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda
y cotidianade esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos.
Hubo una confusiónsilenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora
le resultaba cada vez másextraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena,
entendió al fin. Se volvió hacia la hija ycon enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si 
ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera queríasleerlo!Y lo peor para
la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizadodescubrimiento
de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su 
hijadesconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las
calles de Recife. Fueentonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó
a su hija:—Vas a prestar ahora mismo ese libro.Y a mí:—Y tú te quedas con el libro
todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?Eso era más valioso que si me hubiesen regalado
el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo queuna persona, grande o pequeña, puede
tener la osadía de querer.¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así
como recibí el libro en la mano. Creo queno dije nada. Cogí el libro. No, no partí
saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio.Sé que sostenía el grueso libro
con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importatambién cuánto tardé
en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.Al llegar a casa
no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después elsobresalto
de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo,
me fuia pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla,
fingí no saberdónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes.
Creaba los obstáculosmás falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. 
Para mí la felicidad siempre habría de serclandestina. Era como si yo lo presintiera.¡
Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en míorgullo y pudor. Yo era una reina
delicada.A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en
el regazo, sin tocarlo,en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro:
era una mujer con su amante.
