# Isaac Asimov – CUÁNTO SE DIVERTÍAN

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- Published: 2019-06-17T10:41:35-03:00
- Author: Administrador

Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió:«¡
Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!».

Era un libro muy viejo. El abuelo de Margie contó una vez que, cuando él era pequeño,
su abuelo le había contado que hubo una época en que los cuentos siempre estaban
impresos en papel.
 Uno pasaba las páginas, que eran amarillas y se arrugaban, y
era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse
por la pantalla. Y, cuando volvías a la página anterior, contenía las mismas palabras
que cuando la leías por primera vez. –Caray –dijo Tommy–, qué desperdicio. Supongo
que cuando terminas el libro lo tiras. Nuestra pantalla de televisión habrá mostrado
un millón de libros y sirve para muchos más. Yo nunca la tiraría. –Lo mismo digo–
contestó Margie. Tenía once años y no había visto tantos telelibros como Tommy. 
Él tenía trece–. ¿En dónde lo encontraste? –En mi casa –Tommy señaló sin mirar, 
porque estaba ocupado leyendo–. En el ático. –¿De qué trata? –De la escuela. –¿De
la escuela? ¿Qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela. Margie siempre
había odiado la escuela, pero ahora más que nunca. El maestro automático le había
hecho un examen de geografía tras otro y los resultados eran cada vez peores. La
madre de Margie había sacudido tristemente la cabeza y había llamado al inspector
del condado. Era un hombrecillo regordete y de rostro rubicundo, que llevaba una
caja de herramientas con perillas y cables. Le sonrió a Margie y le dio una manzana;
luego, desmanteló al maestro. Margie esperaba que no supiera ensamblarlo de nuevo,
pero sí sabía y, al cabo de una hora, allí estaba de nuevo, grande, negro y feo,
con una enorme pantalla en donde se mostraban las lecciones y aparecían las preguntas.
Eso no era tan malo. Lo que más odiaba Margie era la ranura por donde debía insertar
las tareas y las pruebas. Siempre tenía que redactarlas en un código que le hicieron
aprender a los seis años, y el maestro automático calculaba la calificación en un
santiamén. El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie. –No es
culpa de la niña, señora Jones –le dijo a la madre–. Creo que el sector de geografía
estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado
para los diez años de edad. Pero el patrón general de progresos es muy satisfactorio.–
Y acarició de nuevo la cabeza de Margie. Margie estaba desilusionada. Había abrigado
la esperanza de que se llevaran al maestro. Una vez, se llevaron el maestro de Tommy
durante todo un mes porque el sector de historia se había borrado por completo. 
Así que le dijo a Tommy: –¿Quién querría escribir sobre la escuela? Tommy la miró
con aire de superioridad. –Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es
una escuela como la de hace cientos de años –y añadió altivo, pronunciando la palabra
muy lentamente–: siglos. Margie se sintió dolida. –Bueno, yo no sé qué escuela tenían
hace tanto tiempo –Leyó el libro por encima del hombro de Tommy y añadió–: De cualquier
modo, tenían maestro. –Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. 
Era un hombre. –¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro? –Él les explicaba
las cosas a los chicos, les daba tareas y les hacía preguntas. –Un hombre no es 
lo bastante listo. –Claro que sí. Mi padre sabe tanto como mi maestro. –No es posible.
Un hombre no puede saber tanto como un maestro. –Te apuesto a que sabe casi lo mismo.
Margie no estaba dispuesta a discutir sobre eso. –Yo no querría que un hombre extraño
viniera a casa a enseñarme. Tommy soltó una carcajada. –Qué ignorante eres, Margie.
Los maestros no vivían en la casa. Tenían un edificio especial y todos los chicos
iban allí. –¿Y todos aprendían lo mismo? –Claro, siempre que tuvieran la misma edad.–
Pero mi madre dice que a un maestro hay que sintonizarlo para adaptarlo a la edad
de cada niño al que enseña y que cada chico debe recibir una enseñanza distinta.–
Pues antes no era así. Si no te gusta, no tienes por qué leer el libro. –No he dicho
que no me gustara –se apresuró a decir Margie. Quería leer todo eso de las extrañas
escuelas. Aún no habían terminado cuando la madre de Margie llamó: –¡Margie! ¡Escuela!
Margie alzó la vista. –Todavía no, mamá. –iAhora! –chilló la señora Jones–. Y también
debe de ser la hora de Tommy. –¿Puedo seguir leyendo el libro contigo después de
la escuela? –le preguntó Margie a Tommy. –Tal vez –dijo él con petulancia, y se 
alejó silbando, con el libro viejo y polvoriento debajo del brazo. Margie entró 
en el aula. Estaba al lado del dormitorio, y el maestro automático se hallaba encendido
ya y esperando. Siempre se encendía a la misma hora todos los días, excepto sábados
y domingos, porque su madre decía que las niñas aprendían mejor si estudiaban con
un horario regular. La pantalla estaba iluminada. –La lección de aritmética de hoy–
habló el maestro– se refiere a la suma de quebrados propios. Por favor, inserta 
la tarea de ayer en la ranura adecuada. Margie obedeció, con un suspiro. Estaba 
pensando en las viejas escuelas que había cuando el abuelo del abuelo era un chiquillo.
Asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban
juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas
cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros
eran personas… La pantalla del maestro automático centelleó. –Cuando sumamos las
fracciones ½ y ¼… Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los
viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían.
