# Gabriel García Márquez – UN DÍA DE ESTOS

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- Published: 2018-10-20T15:11:57-03:00
- Author: Administrador

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y
buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura
postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos
que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas,
sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con 
cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía
a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de 
resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía,
pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía
de ella.
 Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana 
y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa
vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover.
La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción. -Papá -Qué-
Dice el alcalde que si le sacas una muela. -Dile que no estoy aquí. Estaba puliendo
un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a
medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo. -Dice que sí estás
porque te está oyendo. El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso
en la mesa con los trabajos terminados, dijo: -Mejor. Volvió a operar la fresa. 
De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias
piezas y empezó a pulir el oro. -Papá. -Qué. Aún no había cambiado de expresión.-
Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro. Sin apresurarse, con un movimiento
extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió
por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver. -Bueno -dijo-.
Dile que venga a pegármelo. Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta,
la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había
afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba
de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación.
Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente: -Siéntese. -Buenos 
días -dijo el alcalde. -Buenos -dijo el dentista. Mientras hervían los instrumentales,
el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba
un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal
y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de
tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el
alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don Aurelio Escovar le movió la cara
hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa
presión de los dedos. -Tiene que ser sin anestesia – dijo. -¿Por qué? -Porque tiene
un absceso. El alcalde lo miró en los ojos. -Está bien -dijo, y trató de sonreír.
El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos
hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después
rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil.
Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista. Era un cordal
inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente.
El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies
y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo
movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo: -Aquí nos paga
veinte muertos, teniente. El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula
y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la
muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor,
que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre 
la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el
pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio. -Séquese
las lágrimas -dijo. El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se
lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos
de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese-
dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con 
un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin
abotonarse la guerrera. -Me pasa la cuenta -dijo. -¿A usted o al municipio? El alcalde
no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica: -Es la misma vaina.
