# Vladimir Nabokov – UNA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ A RUSIA

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- Published: 2018-09-10T12:08:51-03:00
- Author: Administrador

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en 
los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar
a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos
cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo,
en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa 
caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado!
Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas
y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski,
y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados,
que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo
helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio
de una calle de San Petersburgo.

Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado que no volvería a mencionar el 
pasado, especialmente las naderías de nuestro pasado en común, porque se supone 
que nosotros, los escritores exiliados, tenemos una especie de pudor altanero en
nuestra forma de expresarnos y sin embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera
línea de mi carta, el derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos
vanos el recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero
no es del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.

Es de noche. Por la noche se percibe con especial intensidad la inmovilidad de los
objetos: la lámpara, los muebles, las fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De
cuando en cuando, el agua borbotea y chasquea en sus tuberías ocultas como si una
serie de lamentos subiera por las paredes de la garganta de la casa. Por las noches
salgo a dar un paseo. Los reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes 
sobre el helado asfalto de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra
en cuyas arrugas se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate
brilla sobre alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida
luz amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón,
experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya 
tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al tomar
la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de asientos
marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha, un revisor 
solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose ligeramente, 
como si estuviera un poco borracho.

Mientras paseo por alguna calle silenciosa y oscura, me gusta oír cómo algún hombre
regresa a casa. El hombre no resulta visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano
qué puerta se abrirá a la vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido
de una llave, para después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso,
para acabar cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en
las profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se 
rezagará durante un minuto maravilloso.

Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es negro, con una raya amarilla bajo
las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina en los oídos de la noche y su sombra
cruza bajo mis pies. Ahora la calle está totalmente desierta, salvo por un gran 
danés cuyas patas rascan la acera mientras pasea con una bella joven distraída y
sin sombrero que lleva un paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (
a su izquierda, sobre la alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de
su paraguas se ilumina de húmedo rojo.

Y más allá de la curva, sobre la acera -¡y de qué forma tan inesperada!-, la fachada
de un cine se arruga con diamantes. Dentro, en su pantalla rectangular y pálida 
como la luna, se ve a unos mimos más o menos hábiles: la inmensa cara de una joven,
con trémulos ojos grises y labios negros cruzados verticalmente por grietas relucientes,
se acerca desde la pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando
la nada de la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza
por una de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso
la vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que asoma
por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque perceptiblemente.

Más lejos, en la esquina de una plaza, una prostituta corpulenta vestida con pieles
negras pasea despacio, deteniéndose de cuando en cuando delante de un escaparate
ferozmente iluminado, donde una mujer de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes
de la noche sus enaguas de papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color
de melocotón. Me gusta observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se
le acerca un hombre maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje
de negocios (primero pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces).
Ella le llevará sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, 
a la luz del día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios.
Un viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo
de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer igualmente
impasible, abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada y recibirá
su pago por ello.

¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el que el tren todo iluminado, y
riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente por encima de la calle! Probablemente
no vaya más allá de los suburbios, pero en ese preciso momento la oscuridad bajo
el vano negro del puente se llena con una música tan poderosamente metálica que 
no puedo sino imaginarme las tierras soleadas hacia las que partiré en cuanto me
haya procurado esos marcos extras que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.

Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a ver a la gente que baila en el
café de mi barrio. Muchos de mis compañeros exiliados denuncian con indignación (
una indignación no exenta de un punto de placer) las abominaciones de la moda, entre
las que incluyen los bailes actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad
humana, de un cierto nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla
significaría admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno
o un nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni qué decir
tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos modernos:
la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del Directorio, porque entonces
como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban pegados al cuerpo y los músicos
eran negros. La moda respira a través de los siglos: la crinolina en forma de bóveda,
de moda a mediados del XIX, no era sino la máxima inhalación del aliento de la moda,
seguida por una exhalación: faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes,
después de todo, son muy naturales y bastante inocentes y, a veces-en las salas 
de baile de Londres-, absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos 
lo que Pushkin escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar 
en lo mismo. En cuanto al deterioro de la moral… Esto es lo que leí en las memorias
de D’Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie 
se opone a que se baile en nuestras ciudades».

Y así me divierto observando, en los cafés damants de aquí, cómo las parejas «desaparecen
veloces ante mis ojos», por volver a citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas
divertidas brillan de pura satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones
negros se tocan y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado
y se vuelven hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi 
fiel noche, noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus
corrientes de viento enfebrecido.

En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo ruso que está a las afueras de la
ciudad, una anciana de setenta años se suicidó en la tumba de su marido recientemente
fallecido. Fui allí por puro azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano
mutilado de la campaña de Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo
movimiento de su cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la 
anciana, y los jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde
los cabos de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo 
más misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de medialuna
de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la tierra húmeda junto
a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por lo demás no ha estropeado
nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando aquellos jirones amarillos y 
aquellos lugares en que la tierra estaba un poco hundida, me di cuenta de repente
de que se puede distinguir una sonrisa inocente incluso en la muerte. Probablemente,
mi amor, la razón principal por la que te escribo esta carta es para contarte este
final tan fácil, tan dulce. La noche de Berlín quedó así resuelta.

Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi felicidad es una especie de 
desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas y por los caminos junto al canal,
sintiendo distraído los labios de la humedad a través de mis suelas gastadas, llevo
orgulloso sobre los hombros mi inefable felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro,
y los escolares bostezarán ante la historia de nuestras revoluciones y miserias;
todo pasará, pero mi felicidad, mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo
húmedo de una farola, en la curva precavida de los escalones de piedra que descienden
hasta las aguas negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo
aquello con lo que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.
