# Mariana Enriquez – EL DESENTIERRO DE LA ANGELITA

- Link: https://www.escribir.com.ar/2018/09/texto-clasico/mariana-enriquez-el-desentierro-de-la-angelita/
- Published: 2018-09-25T14:43:55-03:00
- Author: Administrador

A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando
el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta
la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué 
no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita
en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía,
fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor
hasta tapar el ruido de las gotas y el viento –el techo de su casa era de chapa–,
y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera
sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.

Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara 
mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy 
chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera,
no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color
verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían 
cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa?
Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño
y color de una cucaracha pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro
unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi
papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las 
marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También 
encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos
de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían
sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos
bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para
al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una
cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse.
Nunca me gustaron los bichos.

Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra 
del fondo en una piscina de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar 
los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo
que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta
que debían haber enterrado hacía mucho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos
porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.

Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y 
empezó a arrancarse los pelos y a gritar; la angelita la angelita. Pero el escándalo
no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las “supersticiones” (así las llamaba)
de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación
y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió
que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la
causa de la penitencia.

Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número
diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba
tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre 
fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores,
envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón
para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores
rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile
y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi 
bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios,
y lo único que les cobró fue unas empanadas.

–¿Eso fue acá, abuela?

–No, en Salavina, en Santiago. ¡Hacía un calor!

–Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.

–Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba
todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que
iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse
en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela,
nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía 
el tonto.

–¿Y acá llora la nena?

–Cuando llueve, nomás.

Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él
dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía,
o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, 
la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos; mi papá se quedó 
con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.

Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando,
una noche de tormenta.

La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco.
Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté
de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real 
grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando
los oídos para no escucharla –porque en ese momento no sabía que era muda–. Pero
cuando salí de ahí abajo, unas cuantas horas después, la angelita seguía ahí con
los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba 
con el dedo hacia afuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta de que
era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería, pero como respuesta
siguió señalando como en una película de terror.

Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para
lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad
demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté.
No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado
y ser razonable al mismo tiempo. No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con
restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó 
la tráquea a la vista.

Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. 
Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba.
Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos
amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de
cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido,
pensé y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la
cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido
apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de
qué era posible y qué no.

Le pregunté si era mi tía abuela Angelita –como no habían hecho tiempo de anotarla
con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico–;
así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela
decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los
que desenterré cuando era chica.

Lo que quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa
o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía
señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba
atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando
yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y
se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.

Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se
trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en
el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado
de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise
atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí
a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando
como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó
mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto,
se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís.
Marina ni se dio cuenta.

Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de
pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le
debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi
la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo
imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos 
juntas –mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme
acompañar– lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar,
es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para 
la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora 
cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo
o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.

Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos(
y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré 
juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que
mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando
para el Sur –de eso me di cuenta, era siempre para el Sur– mañana, tarde y noche.
Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.

Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa
donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja
donde guardo las fotografías: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel
podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo,
bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la
casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido, y me dijo que sí otra vez.

La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda.
Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene
con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé 
sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda
o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no
es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.

Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano,
había un olor pesado a Riachuelo y nafta sobre la avenida Mitre, mezclado con tufos
de basura; en las esquinas, helados caídos de cucuruchos que dejaban el suelo pegoteado.
Hay muchas heladerías sobre la avenida y mucha gente torpe. Cruzamos la plaza caminando,
después pasamos por el Sanatorio Itoiz, donde se murió mi abuela, y finalmente rodeamos
la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del 
estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirles a los dueños 
nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente 
me estaba afectando la mente andar para todos lados con una niña muerta.

Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible
asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo.
Espiamos las dos, ella en mis brazos –la medianera era más bien baja, debía estar
mal hecha–. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación
de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado
toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción habían tirado los huesos de 
la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio 
lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; 
hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se 
vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella
le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja
o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita
dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se
iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta
no me cayó muy bien, salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a
corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando
asomar los huesitos blancos.

 

Tomado de: https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-186790-2012-02-03.html
