# Fernanda García Lao – MI PEQUEÑA MOLOTOV

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- Published: 2018-09-15T15:32:44-03:00
- Author: Administrador

Voy apretada contra el cuerpo de Evaristo en visita nocturna. Su pelo huele a kerosén.
O seré yo. El polo petroquímico está cerca, pero el camino se corta varias veces
como una espalda rota. La posición en la moto lo tiene confundido, si lo abrazo 
es por seguridad. Siento poco por él. Cada vez menos. El amor es un tobogán ingrato.

Aparecemos por error frente a un castillo que fue usina eléctrica y hoy no es nada.
Una construcción que oculta el vacío, una lápida brillante,  justo atrás de los 
burdeles. El guarda nos señala el camino y no duda cuando le pregunto si está sano.
Y no, acá pasan cosas. Qué, insisto. Sombras que se alejan, sonido de hienas en 
la oscuridad. No era la respuesta que esperaba.

Nos subimos a la moto en dirección a esas luces de feria contaminada que insisten
en brillar como una navaja sobre un corazón. Por fin, encontramos un cartel que 
advierte. Hay peligro.

Un camino finito une la visión de viejas turbinas soviéticas, los fósforos inquietantes,
eliminaciones de etano y el amargo celo de Evaristo, que me mira por el espejo retrovisor
desde el reflejo oblicuo de sus anteojos. Dijo que quiere besarme en coincidencia
con el estallido. Necesita ese fogueo externo. Es delgada y transparente nuestra
escasez de amor.

Mis motivos son otros.

Los camiones estacionados al costado me asustan. El vacío me da pavor. Solos él 
y yo en este polo sin nieve. Una ciudad deshabitada pero estridente. Tenebrosa. 
El progreso se alimenta de pánico. Sin miedo no hay avance. Quiero volver hacia 
atrás. Pero ya es tarde.

Dejamos la moto junto a un poste y Evaristo saca de su mochila una pinza. Ahí nomás
están las chimeneas más activas. Cuerpos de gas noctámbulo emiten llamaradas furiosas
como eructos sin estómago. Cortamos el alambre y caminamos en silencio.

Una rata sobrealimentada nos mira con rabia, hemos interrumpido su cena. Clava sus
pupilas rojas en las mías y después sale corriendo hacia la negrura.

Frente al sector C, Evaristo no puede más. Lo beso con la botella en la mano y me
entretengo en la visión del polo reflejada en sus anteojos. Veo el mundo en su pantalla
diminuta mientras él introduce su lengua en mi boca con insistencia. Parece una 
anguila plástica que se ha enredado en mi paladar. Se baja los pantalones sin dejar
de besarme, como un contorsionista inoperante y después me gira, súbitamente enérgico.
Mientras su turbina se esconde entre mis piernas, yo le robo el encendedor. Su gimnasia
erótica y mi muñeca coinciden en el tiempo. Enciendo y lanzo en cuatro patas mi 
pequeña molotov contra un objetivo cercano. Pero es como tirar un fósforo en una
hoguera. Cae a pocos metros y la nafta no llega al trapo. Evaristo no se da cuenta,
entregado como está a las bondades de su propio orgasmo. Una explosión fosforescente
que no tiene que ver con nosotros, eclosiona y vuelve naranja la noche. Entonces,
me suelta excitado por ese otro fuego que nos hace visibles. Bajo esa luz inmunda,
descubro que un coro de ratas deformes nos ha estado observando con aire reprobatorio.

El demonio permanente de la producción ha licuado mi inútil gesto revolucionario.
Evaristo se sube los pantalones con optimismo. Decido no volver a tocarlo. Es torpe
y sabe a cloro.

Una rata sin cola, vestida de operario, nos acompaña hasta la salida.
