# Edgar Allan Poe – LA CARTA ROBADA

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- Published: 2018-09-26T12:13:14-03:00
- Author: Administrador

Me hallaba en París en el otoño de 18… Una noche, después de una tarde ventosa, 
gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía
de mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del
n.° 33, rue Dunot, au troisième, Faubourg Saint–Germain. Llevábamos más de una hora
en profundo silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva
y profundamente dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la
atmósfera de la sala. Por mi parte, me había entregado a la discusión mental de 
ciertos tópicos sobre los cuales habíamos departido al comienzo de la velada; me
refiero al caso de la rue Morgue y al misterio del asesinato de Marie Rogêt. No 
dejé de pensar, pues, en una coincidencia, cuando vi abrirse la puerta para dejar
paso a nuestro viejo conocido G…, el prefecto de la policía de París.

Lo recibimos cordialmente, pues en aquel hombre había tanto de despreciable como
de divertido, y llevábamos varios años sin verlo. Como habíamos estado sentados 
en la oscuridad, Dupin se levantó para encender una lámpara, pero volvió a su asiento
sin hacerlo cuando G… nos hizo saber que venía a consultarnos, o, mejor dicho, a
pedir la opinión de mi amigo sobre cierto asunto oficial que lo preocupaba grandemente.

–Si se trata de algo que requiere reflexión –observó Dupin, absteniéndose de dar
fuego a la mecha– será mejor examinarlo en la oscuridad.

–He aquí una de sus ideas raras –dijo el prefecto, para quien todo lo que excedía
su comprensión era «raro», por lo cual vivía rodeado de una verdadera legión de «
rarezas».

–Muy cierto –repuso Dupin, entregando una pipa a nuestro visitante y ofreciéndole
un confortable asiento.

–¿Y cuál es la dificultad? –pregunté–. Espero que no sea otro asesinato.

–¡Oh, no, nada de eso! Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo de que
podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta; de todos modos pensé 
que a Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.

–Sencillo y raro –dijo Dupin.

–Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos bastante
confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.

–Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto –observó
mi amigo.

–¡Qué absurdos dice usted! –repuso el prefecto, riendo a carcajadas.

–Quizá el misterio es un poco demasiado sencillo –dijo Dupin.

–¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?

–Un poco demasiado evidente.

–¡Ja, ja! ¡Oh, oh! –reía el prefecto, divertido hasta más no poder–. Dupin, usted
acabará por hacerme morir de risa.

–Veamos, ¿de qué se trata? –pregunté.

–Pues bien, voy a decírselo –repuso el prefecto, aspirando profundamente una bocanada
de humo e instalándose en un sillón–. Puedo explicarlo en pocas palabras, pero antes
debo advertirles que el asunto exige el mayor secreto, pues si se supiera que lo
he confiado a otras personas podría costarme mi actual posición.

–Hable usted –dije.

–O no hable –dijo Dupin.

–Está bien. He sido informado personalmente, por alguien que ocupa un altísimo puesto,
de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado en las cámaras reales.
Se sabe quién es la persona que lo ha robado, pues fue vista cuando se apoderaba
de él. También se sabe que el documento continúa en su poder.

–¿Cómo se sabe eso? –preguntó Dupin.

–Se deduce claramente –repuso el prefecto– de la naturaleza del documento y de que
no se hayan producido ciertas consecuencias que tendrían lugar inmediatamente después
que aquél pasara a otras manos; vale decir, en caso de que fuera empleado en la 
forma en que el ladrón ha de pretender hacerlo al final.

–Sea un poco más explícito –dije.

–Pues bien, puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto
lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.

El prefecto estaba encantado de su jerga diplomática.

–Pues sigo sin entender nada –dijo Dupin.

–¿No? Veamos: la presentación del documento a una tercera persona que no nombraremos
pondría sobre el tapete el honor de un personaje de las más altas esferas y ello
da al poseedor del documento un dominio sobre el ilustre personaje cuyo honor y 
tranquilidad se ven de tal modo amenazados.

–Pero ese dominio –interrumpí– dependerá de que el ladrón supiera que dicho personaje
lo conoce como tal. ¿Y quién osaría…?

–El ladrón –dijo G…– es el ministro D…, que se atreve a todo, tanto en lo que es
digno como lo que es indigno de un hombre. La forma en que cometió el robo es tan
ingeniosa como audaz. El documento en cuestión –una carta, para ser francos– fue
recibido por la persona robada mientras se hallaba a solas en el boudoir real. Mientras
la leía, se vio repentinamente interrumpida por la entrada de la otra eminente persona,
a la cual la primera deseaba ocultar especialmente la carta. Después de una apresurada
y vana tentativa de esconderla en un cajón, debió dejarla, abierta como estaba, 
sobre una mesa. Como el sobrescrito había quedado hacia arriba y no se veía el contenido,
la carta podía pasar sin ser vista. Pero en ese momento aparece el ministro D… Sus
ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconoce la escritura del sobrescrito,
observa la confusión de la persona en cuestión y adivina su secreto. Luego de tratar
algunos asuntos en la forma expeditiva que le es usual, extrae una carta parecida
a la que nos ocupa, la abre, finge leerla y la coloca luego exactamente al lado 
de la otra. Vuelve entonces a departir sobre las cuestiones públicas durante un 
cuarto de hora. Se levanta, finalmente, y, al despedirse, toma la carta que no le
pertenece. La persona robada ve la maniobra, pero no se atreve a llamarle la atención
en presencia de la tercera, que no se mueve de su lado. El ministro se marcha, dejando
sobre la mesa la otra carta sin importancia.

–Pues bien –dijo Dupin, dirigiéndose a mí–, ahí tiene usted lo que se requería para
que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce
como el ladrón.

–En efecto –dijo el prefecto–, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos
meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. La persona robada
está cada vez más convencida de la necesidad de recobrar su carta. Pero, claro está,
una cosa así no puede hacerse abiertamente. Por fin, arrastrada por la desesperación,
dicha persona me ha encargado de la tarea.

–Para la cual –dijo Dupin, envuelto en un perfecto torbellino de humo– no podía 
haberse deseado, o siquiera imaginado, agente más sagaz.

–Me halaga usted –repuso el prefecto–, pero no es imposible que, en efecto, se tenga
de mi tal opinión.

–Como hace usted notar –dije–, es evidente que la carta sigue en posesión del ministro,
pues lo que le confiere su poder es dicha posesión y no su empleo. Apenas empleada
la carta, el poder cesaría.

Muy cierto –convino G…–. Mis pesquisas se basan en esa convicción. Lo primero que
hice fue registrar cuidadosamente la mansión del ministro, aunque la mayor dificultad
residía en evitar que llegara a enterarse. Se me ha prevenido que, por sobre todo,
debo impedir que sospeche nuestras intenciones, lo cual sería muy peligroso.

–Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones –dije–.
No es la primera vez que la policía parisiense las practica.

–¡Oh, naturalmente! Por eso no me preocupé demasiado. Las costumbres del ministro
me daban, además, una gran ventaja. Con frecuencia pasa la noche fuera de su casa.
Los sirvientes no son muchos y duermen alejados de los aposentos de su amo; como
casi todos son napolitanos, es muy fácil inducirlos a beber copiosamente. Bien saben
ustedes que poseo llaves con las cuales puedo abrir cualquier habitación de París.
Durante estos tres meses no ha pasado una noche sin que me dedicara personalmente
a registrar la casa de D… Mi honor está en juego y, para confiarles un gran secreto,
la recompensa prometida es enorme. Por eso no abandoné la búsqueda hasta no tener
seguridad completa de que el ladrón es más astuto que yo. Estoy seguro de haber 
mirado en cada rincón posible de la casa donde la carta podría haber sido escondida.

–¿No sería posible –pregunté– que si bien la carta se halla en posesión del ministro,
como parece incuestionable, éste la haya escondido en otra parte que en su casa?

–Es muy poco probable –dijo Dupin–. El especial giro de los asuntos actuales en 
la corte, y especialmente de las intrigas en las cuales se halla envuelto D…, exigen
que el documento esté a mano y que pueda ser exhibido en cualquier momento; esto
último es tan importante como el hecho mismo de su posesión.

–¿Que el documento pueda ser exhibido? –pregunte.

–Si lo prefiere, que pueda ser destruido –dijo Dupin.

–Pues bien –convine–, el papel tiene entonces que estar en la casa. Supongo que 
podemos descartar toda idea de que el ministro lo lleve consigo.

–Por supuesto –dijo el prefecto–. He mandado detenerlo dos veces por falsos salteadores
de caminos y he visto personalmente cómo le registraban.

–Pudo usted ahorrarse esa molestia –dijo Dupin–. Supongo que D… no es completamente
loco y que ha debido prever esos falsos asaltos como una consecuencia lógica.

–No es completamente loco –dijo G…–, pero es un poeta, lo que en mi opinión viene
a ser más o menos lo mismo.

–Cierto –dijo Dupin, después de aspirar una profunda bocanada de su pipa de espuma
de mar–, aunque, por mi parte, me confieso culpable de algunas malas rimas.

–¿Por qué no nos da detalles de su requisición? –pregunté.

–Pues bien; como disponíamos del tiempo necesario, buscamos en todas partes. Tengo
una larga experiencia en estos casos. Revisé íntegramente la mansión, cuarto por
cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada aposento. Primero examiné
el moblaje. Abrimos todos los cajones; supongo que no ignoran ustedes que, para 
un agente de policía bien adiestrado, no hay cajón secreto que pueda escapársele.
En una búsqueda de esta especie, el hombre que deja sin ver un cajón secreto es 
un imbécil. ¡Son tan evidentes! En cada mueble hay una cierta masa, un cierto espacio
que debe ser explicado. Para eso tenemos reglas muy precisas. No se nos escaparía
ni la quincuagésima parte de una línea.

»Terminada la inspección de armarios pasamos a las sillas. Atravesamos los almohadones
con esas largas y finas agujas que me han visto ustedes emplear. Levantamos las 
tablas de las mesas.»

–¿Porqué?

–Con frecuencia, la persona que desea esconder algo levanta la tapa de una mesa 
o de un mueble similar, hace un orificio en cada una de las patas, esconde el objeto
en cuestión y vuelve a poner la tabla en su sitio. Lo mismo suele hacerse en las
cabeceras y postes de las camas.

–Pero, ¿no puede localizarse la cavidad por el sonido? –pregunté.

–De ninguna manera si, luego de haberse depositado el objeto, se lo rodea con una
capa de algodón. Además, en este caso estábamos forzados a proceder sin hacer ruido.

–Pero es imposible que hayan ustedes revisado y desarmado todos los muebles donde
pudo ser escondida la carta en la forma que menciona. Una carta puede ser reducida
a un delgadísimo rollo, casi igual en volumen al de una aguja larga de tejer, y 
en esa forma se la puede insertar, por ejemplo, en el travesaño de una silla. ¿Supongo
que no desarmaron todas las sillas?

–Por supuesto que no, pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de todas
las sillas de la casa y las junturas de todos los muebles con ayuda de un poderoso
microscopio. Si hubiera habido la menor señal de un reciente cambio, no habríamos
dejado de advertirlo instantáneamente. Un simple grano de polvo producido por un
barreno nos hubiera saltado a los ojos como si fuera una manzana. La menor diferencia
en la encoladura, la más mínima apertura en los ensamblajes, hubiera bastado para
orientarnos.

–Supongo que miraron en los espejos, entre los marcos y el cristal, y que examinaron
las camas y la ropa de la cama, así como los cortinados y alfombras.

–Naturalmente, y luego que hubimos revisado todo el moblaje en la misma forma minuciosa,
pasamos a la casa misma. Dividimos su superficie en compartimentos que numeramos,
a fin de que no se nos escapara ninguno; luego escrutamos cada pulgada cuadrada,
incluyendo las dos casas adyacentes, siempre ayudados por el microscopio.

–¿Las dos casas adyacentes? –exclamé–. ¡Habrán tenido toda clase de dificultades!

–Sí. Pero la recompensa ofrecida es enorme.

–¿Incluían ustedes el terreno contiguo a las casas?

–Dicho terreno está pavimentado con ladrillos. No nos dio demasiado trabajo comparativamente,
pues examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos intacto.

–¿Miraron entre los papeles de D…, naturalmente, y en los libros de la biblioteca?

–Claro está. Abrimos todos los paquetes, y no sólo examinamos cada libro, sino que
lo hojeamos cuidadosamente, sin conformarnos con una mera sacudida, como suelen 
hacerlo nuestros oficiales de policía. Medimos asimismo el espesor de cada encuadernación,
escrutándola luego de la manera más detallada con el microscopio. Si se hubiera 
insertado un papel en una de esas encuadernaciones, resultaría imposible que pasara
inadvertido. Cinco o seis volúmenes que salían de manos del encuadernador fueron
probados longitudinalmente con las agujas.

–¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?

–Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el microscopio.

–¿Y el papel de las paredes?

–Lo mismo.

–¿Miraron en los sótanos?

–Miramos.

–Pues entonces –declaré– se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está
en la casa del ministro.

–Me temo que tenga razón –dijo el prefecto–. Pues bien, Dupin, ¿qué me aconseja 
usted?

–Revisar de nuevo completamente la casa.

–¡Pero es inútil! –replicó G…–. Tan seguro estoy de que respiro como de que la carta
no está en la casa.

–No tengo mejor consejo que darle –dijo Dupin–. Supongo que posee usted una descripción
precisa de la carta.

–¡Oh, sí!

Luego de extraer una libreta, el prefecto procedió a leernos una minuciosa descripción
del aspecto interior de la carta, y especialmente del exterior. Poco después de 
terminar su lectura se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto
antes.

Un mes más tarde nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi en la misma forma
que la primera vez. Tomó posesión de una pipa y un sillón y se puso a charlar de
cosas triviales. Al cabo de un rato le dije:

–Veamos, G…, ¿qué pasó con la carta robada? Supongo que, por lo menos, se habrá 
convencido de que no es cosa fácil sobrepujar en astucia al ministro.

–¡El diablo se lo lleve! Volví a revisar su casa, como me lo había aconsejado Dupin,
pero fue tiempo perdido. Ya lo sabía yo de antemano.

–¿A cuánto dijo usted que ascendía la recompensa ofrecida? –preguntó Dupin.

–Pues… a mucho dinero… muchísimo. No quiero decir exactamente cuánto, pero eso sí,
afirmo que estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera
que me consiguiese esa carta. El asunto va adquiriendo día a día más importancia,
y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero, aunque ofrecieran tres voces
esa suma, no podría hacer más de lo que he hecho.

–Pues… la verdad… –dijo Dupin, arrastrando las palabras entre bocanadas de humo–,
me parece a mí, G…, que usted no ha hecho… todo lo que podía hacerse. ¿No cree que…
aún podría hacer algo más, eh?

–¿Cómo? ¿En qué sentido?

–Pues… puf… podría usted… puf, puf… pedir consejo en este asunto… puf, puf, puf…¿
Se acuerda de la historia que cuentan de Abernethy?

–No. ¡Al diablo con Abernethy!

–De acuerdo. ¡Al diablo, pero bienvenido! Érase una vez cierto avaro que tuvo la
idea de obtener gratis el consejo médico de Abernethy. Aprovechó una reunión y una
conversación corrientes para explicar un caso personal como si se tratara del de
otra persona. «Supongamos que los síntomas del enfermo son tales y cuales –dijo–.
Ahora bien, doctor: ¿qué le aconsejaría usted hacer?» «Lo que yo le aconsejaría –
repuso Abernethy– es que consultara a un médico.»

–¡Vamos! –exclamó el prefecto, bastante desconcertado–. Estoy plenamente dispuesto
a pedir consejo y a pagar por él. De verdad, daría cincuenta mil francos a quienquiera
me ayudara en este asunto.

–En ese caso –replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques–,
bien puede usted llenarme un cheque por la suma mencionada. Cuando lo haya firmado
le entregaré la carta.

Me quedé estupefacto. En cuanto al prefecto, parecía fulminado. Durante algunos 
minutos fue incapaz de hablar y de moverse, mientras contemplaba a mi amigo con 
ojos que parecían salírsele de las órbitas y con la boca abierta. Recobrándose un
tanto, tomó una pluma y, después de varias pausas y abstraídas contemplaciones, 
llenó y firmó un cheque por cincuenta mil francos, extendiéndolo por encima de la
mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardo en su cartera; luego, abriendo
un escritorio, sacó una carta y la entregó al prefecto. Nuestro funcionario la tomó
en una convulsión de alegría, la abrió con manos trémulas, lanzó una ojeada a su
contenido y luego, lanzándose vacilante hacia la puerta, desapareció bruscamente
del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde el momento en que
Dupin le pidió que llenara el cheque.

Una vez que se hubo marchado, mi amigo consintió en darme algunas explicaciones.

–La policía parisiense es sumamente hábil a su manera –dijo–. Es perseverante, ingeniosa,
astuta y muy versada en los conocimientos que sus deberes exigen. Así, cuando G…
nos explicó su manera de registrar la mansión de D…, tuve plena confianza en que
había cumplido una investigación satisfactoria, hasta donde podía alcanzar.

–¿Hasta donde podía alcanzar? –repetí.

–Sí –dijo Dupin–. Las medidas adoptadas no solamente eran las mejores en su género,
sino que habían sido llevadas a la más absoluta perfección. Si la carta hubiera 
estado dentro del ámbito de su búsqueda, no cabe la menor duda de que los policías
la hubieran encontrado.

Me eché a reír, pero Dupin parecía hablar muy en serio.

–Las medidas –continuó– eran excelentes en su género, y fueron bien ejecutadas; 
su defecto residía en que eran inaplicables al caso y al hombre en cuestión. Una
cierta cantidad de recursos altamente ingeniosos constituyen para el prefecto una
especie de lecho de Procusto, en el cual quiere meter a la fuerza sus designios.
Continuamente se equivoca por ser demasiado profundo o demasiado superficial para
el caso, y más de un colegial razonaría mejor que él. Conocí a uno que tenía ocho
años y cuyos triunfos en el juego de «par e impar» atraían la admiración general.
El juego es muy sencillo y se juega con bolitas. Uno de los contendientes oculta
en la mano cierta cantidad de bolitas y pregunta al otro: «¿Par o impar?» Si éste
adivina correctamente, gana una bolita; si se equivoca, pierde una. El niño de quien
hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Naturalmente, tenía un método de adivinación
que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia de sus adversarios.
Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la mano cerrada,
le pregunta: «¿Par o impar?» Nuestro colegial responde: «Impar», y pierde, pero 
a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo: «El tonto tenía pares 
la primera vez, y su astucia no va más allá de preparar impares para la segunda 
vez. Por lo tanto, diré impar.» Lo dice, y gana. Ahora bien, si le toca jugar con
un tonto ligeramente superior al anterior, razonará en la siguiente forma: «Este
muchacho sabe que la primera vez elegí impar, y en la segunda se le ocurrirá como
primer impulso pasar de par a impar, pero entonces un nuevo impulso le sugerirá 
que la variación es demasiado sencilla, y finalmente se decidirá a poner bolitas
pares como la primera vez. Por lo tanto, diré pares.» Así lo hace, y gana. Ahora
bien, esta manera de razonar del colegial, a quien sus camaradas llaman «afortunado»,¿
en qué consiste si se la analiza con cuidado?

–Consiste –repuse– en la identificación del intelecto del razonador con el de su
oponente.

–Exactamente –dijo Dupin–. Cuando pregunté al muchacho de qué manera lograba esa
total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: «Si quiero averiguar
si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos
en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y
luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi
corazón, coincidentes con la expresión de mi cara.» Esta respuesta del colegial 
está en la base de toda la falsa profundidad atribuida a La Rochefoucauld, La Bruyère,
Maquiavelo y Campanella.

–Si comprendo bien –dije– la identificación del intelecto del razonador con el de
su oponente depende de la precisión con que se mida la inteligencia de este último.

–Depende de ello para sus resultados prácticos –replicó Dupin–, y el prefecto y 
sus cohortes fracasan con tanta frecuencia, primero por no lograr dicha identificación
y segundo por medir mal –o, mejor dicho, por no medir– el intelecto con el cual 
se miden. Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna
cosa oculta, se fijan solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para 
ocultarla. Tienen mucha razón en la medida en que su propio ingenio es fiel representante
del de la masa; pero, cuando la astucia del malhechor posee un carácter distinto
de la suya, aquél los derrota, como es natural. Esto ocurre siempre cuando se trata
de una astucia superior a la suya y, muy frecuentemente, cuando está por debajo.
Los policías no admiten variación de principio en sus investigaciones; a lo sumo,
si se ven apurados por algún caso insólito, o movidos por una recompensa extraordinaria,
extienden o exageran sus viejas modalidades rutinarias, pero sin tocar los principios.
Por ejemplo, en este asunto de D…, ¿qué se ha hecho para modificar el principio 
de acción? ¿Qué son esas perforaciones, esos escrutinios con el microscopio, esa
división de la superficie del edificio en pulgadas cuadradas numeradas? ¿Qué representan
sino la aplicación exagerada del principio o la serie de principios que rigen una
búsqueda, y que se basan a su vez en una serie de nociones sobre el ingenio humano,
a las cuales se ha acostumbrado el prefecto en la prolongada rutina de su tarea?¿
No ha advertido que G… da por sentado que todo hombre esconde una carta, si no exactamente
en un agujero practicado en la pata de una silla, por lo menos en algún agujero 
o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que inspira la idea de esconderla
en un agujero hecho en la pata de una silla? Observe asimismo que esos escondrijos
rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias
igualmente ordinarias; vale decir que en todos los casos de ocultamiento cabe presumir,
en primer término, que se lo ha efectuado dentro de esas líneas; por lo tanto, su
descubrimiento no depende en absoluto de la perspicacia, sino del cuidado, la paciencia
y la obstinación de los buscadores; y si el caso es de importancia (o la recompensa
magnifica, lo cual equivale a la misma cosa a los ojos de los policías), las cualidades
aludidas no fracasan jamás. Comprenderá usted ahora lo que quiero decir cuando sostengo
que si la carta robada hubiese estado escondida en cualquier parte dentro de los
límites de la perquisición del prefecto (en otras palabras, si el principio rector
de su ocultamiento hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto)
hubiera sido descubierta sin la más mínima duda. Pero nuestro funcionario ha sido
mistificado por completo, y la remota fuente de su derrota yace en su suposición
de que el ministro es un loco porque ha logrado renombre como poeta. Todos los locos
son poetas en el pensamiento del prefecto, de donde cabe considerarlo culpable de
un non distributio medii por inferir de lo anterior que todos los poetas son locos.

–¿Pero se trata realmente del poeta? –pregunté–. Sé que D… tiene un hermano, y que
ambos han logrado reputación en el campo de las letras. Creo que el ministro ha 
escrito una obra notable sobre el cálculo diferencial. Es un matemático y no un 
poeta.

–Se equivoca usted. Lo conozco bien, y sé que es ambas cosas. Como poeta y matemático
es capaz de razonar bien, en tanto que como mero matemático hubiera sido capaz de
hacerlo y habría quedado a merced del prefecto.

–Me sorprenden esas opiniones –dije–, que el consenso universal contradice. Supongo
que no pretende usted aniquilar nociones que tienen siglos de existencia sancionada.
La razón matemática fue considerada siempre como la razón por excelencia.

–Il y a à parier –replicó Dupin, citando a Chamfort– que toute idée publique, toute
convention reçue est une sottise, car elle a convenu au plus grand nombre. Le aseguro
que los matemáticos han sido los primeros en difundir el error popular al cual alude
usted, y que no por difundido deja de ser un error. Con arte digno de mejor causa
han introducido, por ejemplo, el término «análisis» en las operaciones algebraicas.
Los franceses son los causantes de este engaño, pero si un término tiene alguna 
importancia, si las palabras derivan su valor de su aplicación, entonces concedo
que «análisis» abarca «álgebra», tanto como en latín ambitus implica «ambición»;
religio, «religión», u homines honesti, la clase de las gentes honorables.

–Me temo que se malquiste usted con algunos de los algebristas de París. Pero continúe.

–Niego la validez y, por tanto, los resultados de una razón cultivada por cualquier
procedimiento especial que no sea el lógico abstracto. Niego, en particular, la 
razón extraída del estudio matemático. Las matemáticas constituyen la ciencia de
la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada
a la observación de la forma y la cantidad. El gran error está en suponer que incluso
las verdades de lo que se denomina álgebra pura constituyen verdades abstractas 
o generales. Y este error es tan enorme que me asombra se lo haya aceptado universalmente.
Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es cierto de la
relación (de la forma y la cantidad) resulta con frecuencia erróneo aplicado, por
ejemplo, a la moral. En esta última ciencia suele no ser cierto que el todo sea 
igual a la suma de las partes. También en química este axioma no se cumple. En la
consideración de los móviles falla igualmente, pues dos móviles de un valor dado
no alcanzan necesariamente al sumarse un valor equivalente a la suma de sus valores.
Hay muchas otras verdades matemáticas que sólo son tales dentro de los límites de
la relación. Pero el matemático, llevado por el hábito, arguye, basándose en sus
verdades finitas, como si tuvieran una aplicación general, cosa que por lo demás
la gente acepta y cree. En su erudita Mitología, Bryant alude a una análoga fuente
de error cuando señala que, «aunque no se cree en las fábulas paganas, solemos olvidarnos
de ello y extraemos consecuencias como si fueran realidades existentes». Pero, para
los algebristas, que son realmente paganos, las «fábulas paganas» constituyen materia
de credulidad, y las inferencias que de ellas extraen no nacen de un descuido de
la memoria sino de un inexplicable reblandecimiento mental. Para resumir: jamás 
he encontrado a un matemático en quien se pudiera confiar fuera de sus raíces y 
sus ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe que x2+px es absoluta e incondicionalmente
igual a q. Por vía de experimento, diga a uno de esos caballeros que, en su opinión,
podrían darse casos en que x2+px no fuera absolutamente igual a q; pero, una vez
que le haya hecho comprender lo que quiere decir, sálgase de su camino lo antes 
posible, porque es seguro que tratará de golpearlo.

»Lo que busco indicar –agregó Dupin, mientras yo reía de sus últimas observaciones–
es que, si el ministro hubiera sido sólo un matemático, el prefecto no se habría
visto en la necesidad de extenderme este cheque. Pero sé que es tanto matemático
como poeta, y mis medidas se han adaptado a sus capacidades, teniendo en cuenta 
las circunstancias que lo rodeaban. Sabía que es un cortesano y un audaz intrigant.
Pensé que un hombre semejante no dejaría de estar al tanto de los métodos policiales
ordinarios. Imposible que no anticipara (y los hechos lo han probado así) los falsos
asaltos a que fue sometido. Reflexioné que igualmente habría previsto las pesquisiciones
secretas en su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que el prefecto consideraba
una excelente ayuda para su triunfo, me parecieron simplemente astucias destinadas
a brindar oportunidades a la perquisición y convencer lo antes posible a la policía
de que la carta no se hallaba en la casa, como G… terminó finalmente por creer. 
Me pareció asimismo que toda la serie de pensamientos que con algún trabajo acabo
de exponerle y que se refieren al principio invariable de la acción policial en 
sus búsquedas de objetos ocultos, no podía dejar de ocurrírsele al ministro. Ello
debía conducirlo inflexiblemente a desdeñar todos los escondrijos vulgares. Reflexioné
que ese hombre no podía ser tan simple como para no comprender que el rincón más
remoto e inaccesible de su morada estaría tan abierto como el más vulgar de los 
armarios a los ojos, las sondas, los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi,
por último, que D… terminaría necesariamente en la simplicidad, si es que no la 
adoptaba por una cuestión de gusto personal. Quizá recuerde usted con qué ganas 
rió el prefecto cuando, en nuestra primera entrevista, sugerí que acaso el misterio
lo perturbaba por su absoluta evidencia.

–Me acuerdo muy bien –respondí–. Por un momento pensé que iban a darle convulsiones.

–El mundo material –continuó Dupin– abunda en estrictas analogías con el inmaterial,
y ello tiñe de verdad el dogma retórico según el cual la metáfora o el símil sirven
tanto para reforzar un argumento como para embellecer una descripción. El principio
de la vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en la física y en la metafísica.
Si en la primera es cierto que resulta más difícil poner en movimiento un cuerpo
grande que uno pequeño, y que el impulso o cantidad de movimiento subsecuente se
hallará en relación con la dificultad, no menos cierto es en metafísica que los 
intelectos de máxima capacidad, aunque más vigorosos, constantes y eficaces en sus
avances que los de grado inferior, son más lentos en iniciar dicho avance y se muestran
más embarazados y vacilantes en los primeros pasos. Otra cosa: ¿Ha observado usted
alguna vez, entre las muestras de las tiendas, cuáles atraen la atención en mayor
grado?

–Jamás se me ocurrió pensarlo –dije.

–Hay un juego de adivinación –continuó Dupin– que se juega con un mapa. Uno de los
participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad,
un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada
y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir
a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños,
mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras
de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles
excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto
la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar
en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes. De todos modos, es
éste un asunto que se halla por encima o por debajo del entendimiento del prefecto.
Jamás se le ocurrió como probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta
delante de las narices del mundo entero, a fin de impedir mejor que una parte de
ese mundo pudiera verla.

»Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D…, en que
el documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus 
fines, y en la absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento
no se hallaba oculto dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho 
funcionario, más seguro me sentía de que, para esconder la carta, el ministro había
acudido al más amplio y sagaz de los expedientes: el no ocultarla.

»Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes, y una hermosa mañana
acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D… en casa, bostezando,
paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del ennui. Probablemente
se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes, pero eso tan sólo cuando
nadie lo ve.

»Para no ser menos, me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar
anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento,
mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huésped.

»Dediqué especial cuidado a una gran mesa–escritorio junto a la cual se sentaba 
D…, y en la que aparecían mezcladas algunas cartas y papeles, juntamente con un 
par de instrumentos musicales y unos pocos libros. Pero, después de un prolongado
y atento escrutinio, no vi nada que procurara mis sospechas.

»Dando la vuelta al aposento, mis ojos cayeron por fin sobre un insignificante tarjetero
de cartón recortado que colgaba, sujeto por una sucia cinta azul, de una pequeña
perilla de bronce en mitad de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que estaba
dividido en tres o cuatro compartimentos, vi cinco o seis tarjetas de visitantes
y una sola carta. Esta última parecía muy arrugada y manchada. Estaba rota casi 
por la mitad, como si a una primera intención de destruirla por inútil hubiera sucedido
otra. Ostentaba un gran sello negro, con el monograma de D… muy visible, y el sobrescrito,
dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y femenina. La carta había 
sido arrojada con descuido, casi se diría que desdeñosamente, en uno de los compartimentos
superiores del tarjetero.

»Tan pronto hube visto dicha carta, me di cuenta de que era la que buscaba. Por 
cierto que su apariencia difería completamente de la minuciosa descripción que nos
había leído el prefecto. En este caso el sello era grande y negro, con el monograma
de D…; en el otro, era pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S… El
sobrescrito de la presente carta mostraba una letra menuda y femenina, mientras 
que el otro, dirigido a cierta persona real, había sido trazado con caracteres firmes
y decididos. Sólo el tamaño mostraba analogía. Pero, en cambio, lo radical de unas
diferencias que resultaban excesivas; la suciedad, el papel arrugado y roto en parte,
tan inconciliables con los verdaderos hábitos metódicos de D…, y tan sugestivos 
de la intención de engañar sobre el verdadero valor del documento, todo ello, digo
sumado a la ubicación de la carta, insolentemente colocada bajo los ojos de cualquier
visitante, y coincidente, por tanto, con las conclusiones a las que ya había arribado,
corroboraron decididamente las sospechas de alguien que había ido allá con intenciones
de sospechar.

»Prolongué lo más posible mi visita y, mientras discutía animadamente con el ministro
acerca de un tema que jamás ha dejado de interesarle y apasionarlo, mantuve mi atención
clavada en la carta. Confiaba así a mi memoria los detalles de su apariencia exterior
y de su colocación en el tarjetero; pero terminé además por descubrir algo que disipó
las últimas dudas que podía haber abrigado. Al mirar atentamente los bordes del 
papel, noté que estaban más ajados de lo necesario. Presentaban el aspecto típico
de todo papel grueso que ha sido doblado y aplastado con una plegadera, y que luego
es vuelto en sentido contrario, usando los mismos pliegues formados la primera vez.
Este descubrimiento me bastó. Era evidente que la carta había sido dada vuelta como
un guante, a fin de ponerle un nuevo sobrescrito y un nuevo sello. Me despedí del
ministro y me marché en seguida, dejando sobre la mesa una tabaquera de oro.

»A la mañana siguiente volví en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente
la conversación del día anterior. Pero, mientras departíamos, oyóse justo debajo
de las ventanas un disparo como de pistola, seguido por una serie de gritos espantosos
y las voces de una multitud aterrorizada. D… corrió a una ventana, la abrió de par
en par y miró hacia afuera. Por mi parte, me acerqué al tarjetero, saqué la carta,
guardándola en el bolsillo, y la reemplacé por un facsímil (por lo menos en el aspecto
exterior) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D…
con ayuda de un sello de miga de pan.

»La causa del alboroto callejero había sido la extravagante conducta de un hombre
armado de un fusil, quien acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres
y niños. Comprobóse, sin embargo, que el arma no estaba cargada, y los presentes
dejaron en libertad al individuo considerándolo borracho o loco. Apenas se hubo 
alejado, D… se apartó de la ventana, donde me le había reunido inmediatamente después
de apoderarme de la carta. Momentos después me despedí de él. Por cierto que el 
pretendido lunático había sido pagado por mí.»

–¿Pero qué intención tenía usted –pregunté– al reemplazar la carta por un facsímil?¿
No hubiera sido preferible apoderarse abiertamente de ella en su primera visita,
y abandonar la casa?

–D… es un hombre resuelto a todo y lleno de coraje –repuso Dupin–. En su casa no
faltan servidores devotos a su causa. Si me hubiera atrevido a lo que usted sugiere,
jamás habría salido de allí con vida. El buen pueblo de París no hubiese oído hablar
nunca más de mí. Pero, además, llevaba una segunda intención. Bien conoce usted 
mis preferencias políticas. En este asunto he actuado como partidario de la dama
en cuestión. Durante dieciocho meses, el ministro la tuvo a su merced. Ahora es 
ella quien lo tiene a él, pues, ignorante de que la carta no se halla ya en su posesión,
D… continuará presionando como si la tuviera. Esto lo llevará inevitablemente a 
la ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula. Está muy
bien hablar del facilis descensus Averni; pero, en materia de ascensiones, cabe 
decir lo que la Catalani decía del canto, o sea, que es mucho más fácil subir que
bajar. En el presente caso no tengo simpatía –o, por lo menos, compasión– hacia 
el que baja. D… es el monstrum horrendum, el hombre de genio carente de principios.
Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando, al recibir
el desafío de aquélla a quien el prefecto llama «cierta persona», se vea forzado
a abrir la carta que le dejé en el tarjetero.

–¿Cómo? ¿Escribió usted algo en ella?

–¡Vamos, no me pareció bien dejar el interior en blanco!

Hubiera sido insultante. Cierta vez, en Viena, D… me jugó una mala pasada, y sin
perder el buen humor le dije que no la olvidaría. De modo que, como no dudo de que
sentirá cierta curiosidad por saber quién se ha mostrado más ingenioso que él, pensé
que era una lástima no dejarle un indicio. Como conoce muy bien mi letra, me limité
a copiar en mitad de la página estas palabras:

…Un dessein si funeste, S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste.

»Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.»
