# Cinco condiciones necesarias para escribir (y terminar) una novela

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- Published: 2018-05-28T14:07:28-03:00
- Author: Germán Maretto

Si valiera usar las estadísticas, puedo decir que, de todos los que quieren escribir
una novela, solo logrará terminarla una minoría cercana al 10%. Al 90 que queda 
en el camino le ha faltado al menos uno de estos cinco pilares necesarios que sustentan
la construcción de tamaño artilugio narrativo: tiempo, conocimiento, práctica, disciplina
y actitud. Como cada uno de ellos está cargado de mitos, trataré aquí de conservar
la mayor objetividad que sea posible, a fines de derribarlos.

El tiempo que se le dedica a una novela es absolutamente variable, tanto el total
como el diario y depende de la subjetividad de cada autor. Hay escritores que llegan
a dedicarle doce horas diarias a su producción, como llegó a hacerlo Ricardo Piglia,
mientras que otros no se pasan de las dos horas, como César Aira. Así, son capaces
de terminar su novela en seis horas, como Alejandro Dumas en _El caballero de la
casa roja_ o las tres noches que le tomó a Stephen King escribir _El fugitivo_. 
Pero ante tan abrumadora velocidad creativa, hay un contrapunto de autores que, 
con igual renombre, les tomó bastante más llegar a destino: dieciocho meses a Gabriel
García Marquez con su _Cien años de soledad_, seis años a J.K. Rowling para su famoso
_Harry Potter y la Piedra Filosofal_ y, más recientemente, cerca de siete años a
Paul Auster completar su última novela, _4, 3, 2, 1_. Lo único que une a todos ellos(
y a los miles de consagrados que no han sido parte del ejemplo), es que dispusieron
de tiempo, ya sea poco o mucho. Quien no pueda hacerse un espacio temporal, que 
no ambicione escribir una novela.

El conocimiento, como segundo componente, alberga la falsa creencia de que una novela
requiere de una licenciatura en Letras, cuando no un doctorado, y no es así. Puestos
a ver, son escasos los escritores de novelas, al menos los latinoamericanos, que
ostentan tales títulos. La razón es muy sencilla: estas carreras están más orientadas
a la crítica que a la creación y se encargan, al menos en Córdoba, de dejárselo 
bien claro a los aspirantes a ingresar a la facultad. La mayoría de sus egresados,
de hecho, reconoce abiertamente que no serían capaces de escribir una novela. Por
otra parte, hay gente que tiene un sexto sentido o también una habilidad innata 
para la escritura, un conocimiento silvestre, diría, que no ha sido adquirido de
manera formal, pero sí a través de mucha lectura y consumo de contenido que han 
sabido internalizar, como muchísimos escritores han hecho; mientras que otros escritores
reconocen haber asistido a [talleres de escritura creativa](https://www.escribir.com.ar/talleres/)
o carreras específicas de creación literaria (más en el exterior que en Argentina)
que les proveyeron de un punto de partida conceptual para encarar la escritura de
una novela: construcción de los personajes, estructuras narrativas, manejo de narradores,
entre tantos otros puntos teóricos. Sin un mínimo conocimiento al respecto, no me
cabe duda, la escritura de una novela será más una misión rayana en lo suicida que
un objetivo cumplido.

Y si en el punto anterior dijimos que hay maneras de obtener el conocimiento necesario,
el tercer pilar es el de la práctica: sin esta, todo conocimiento –incluso toda 
genialidad–, corren riesgo de inutilidad. No vale de nada saber de punta a punta
cada aspecto de la narrativa si no se escribe. Suena a verdad de perogrullo, pero
está lleno de gente ansiando escribir una novela, estudiando cada aspecto de la 
materia, pero con una cantidad de palabras escritas cercana a cero… y sin páginas
completadas ni historia contada, ¿cómo puede haber novela?

Disciplina, el cuarto pilar, es casi el más robusto para sostener la construcción
de una novela. La gente tiende a creer que los escritores son entes geniales que
conciben sus novelas en horas y les basta un par de sentadas frente al papel o a
la pantalla para concebir la novela más espléndida que se haya leído jamás. También
que son ricos (o sino que se sustentan con energía solar) y que una horda de siervos
les atiende todas y cada una de sus necesidades, tanto a ellos como a quienes los
rodean. Y claro que hemos dado ejemplos de novelas escritas en horas, pero son excepcionales
las que han sobrevivido a un mínimo control de calidad por parte de un buen editor.
La mayoría de los escritores se han pasado horas, días, meses y años escribiendo,
corrigiendo y volviendo a escribir. Y cuando no estaban haciéndolo, estaban buscándose
el tiempo para hacerlo o lo defendían a capa y espada de las otras ocupaciones que
llevaban a cabo para, por ejemplo, tener un plato de comida y pagar el alquiler 
y la luz, como cualquier otro peatón de este planeta. Porque, claro que hay escritores
que viven en mansiones en la colina y tienen un chófer que los pasea en limusina,
pero son los menos. La mayoría vive de otros trabajos, tiene familia a la que atender
y es solo gracias a su disciplina (él único punto en común que tienen todos los 
escritores) que logran avanzar, a veces de a capítulos completos, a veces de a puñados
de palabras. Pero avanzan y así llegan a poner «FIN» en la última línea de la última
página de su última novela.

El quinto y último ingrediente es el más importante de todos: la actitud, es decir
la disposición interna para conseguir el objetivo de escribir una novela, ya sea
para tener el tiempo, para establecer una disciplina de trabajo, para obtener los
conocimientos necesarios y/o para ponerlos en práctica página a página.  Si alguien
no está verdaderamente dispuesto a escribir una novela, con todas las implicancias
que conlleva, mejor que ni lo intente, porque va a ser parte del 90% que se quedará
con el auto humeando en la autopista de la literatura.

 
