# Lucia Berlin – Mi jockey

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- Published: 2018-03-08T15:42:29-03:00
- Author: Administrador

Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de 
verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las
radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero
se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen
brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.

Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer 
jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto,
apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca
en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado
ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres 
páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones
a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones
estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol
y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él
dormía, un príncipe encantado.

Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la
mano, como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozando «¡
Mamacita, mamacita!». La única forma de que consintiera que el doctor Johnson lo
examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño,
pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé 
de ensueño?

El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía.
La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente
una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente.
Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla,
lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado;
sus lágrimas me mojaron el pecho.

Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría
hecho con un caballo. «Cálmate, lindo, cálmate. Despacio… despacio». Se aquietó 
en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció,
lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso.
