# Ana María Shua – EL MIEDO Y EL AMOR

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- Published: 2018-02-04T15:00:27-03:00
- Author: Administrador

Se llevaban muy mal, incluso después de la separación. Vivir juntos había sido pura
desdicha. A ella la tintura le dejaba en el pelo un aroma intenso, vegetal, durante
varios días. El odiaba ese olor: tener que compartirlo en la cama se convirtió en
un resumen físico de sus agravios. Él usaba lentes de contacto. La repisa del botiquín
era solo para los estuches de sus lentes, el líquido en que los guardaba y el colirio.
Ella se había visto obligada a ceder ese espacio que consideraba imprescindible.
Él se enfurecía si encontraba en el estante un objeto de ella: suciedad, contaminación.
Ella lo acusaba de tacaño. Él usaba medicamentos vencidos. En uno de los peores 
momentos, hacia el final, ella echó unas gotas de limón en el colirio y se rió de
sus gritos de dolor, le echó la culpa: por miserable.

Él soñaba con caldos espesos y cálidos. Ella no reconocía vínculos entre la comida
y el amor. Tuvieron una hija. Al principo los sostuvo la pasión y después el recuerdo
de la pasión. Pero cuando Lucila fue adolescente, la relación ya era pura venganza.
Querían a su hija con locura, se peleaban también por ella. Aun después del divorcio,
una guerra pequeña, cotidiana, les transformaba la vida en vinagre.

Moira estaba en casa, disfrutando de su buen aire acondicionado, cuando entró el
llamado. ¿Con la señora de Noval? Ex, dijo Moira. Señora, habla el oficial Acosta,
desde el Hospital Fernández. La voz sonaba gruesa y clara, con autoridad. Tenemos
aquí una persona joven que acaba de ingresar, está inconsciente. Alcanzó a dar su
apellido y el teléfono. Hay que realizarle una intervención de urgencia, necesitamos
la autorización de algún familiar directo.

Una oscuridad espesa le nubló la vista por un momento. Consiguió contestar con la
lengua torpe. Mi hija, dijo. Qué pasó.

Entró una parejita, contestó el oficial Acosta. Pero la que está mal es ella. Un
robo de billetera. Por favor, antes que nada deme su teléfono, rogó Moira. En su
terror temía perder la comunicación, como si la voz del oficial Acosta fuera el 
débil hilo que le permitía sostener a su hija con vida. El hombre perdió la calma.
Señora, le gritó, su hija corre peligro de vida, no me haga perder tiempo. Furioso,
el oficial Acosta. Cortó con violencia.

Moira marcó el número de celular de su hija. Apagado o fuera del área de cobertura.

Noval estaba en un café cuando entró el llamado. Salgo para el hospital, dijo Moira.
Le temblaba la voz.

No sintió el golpe de calor, Moira. No sentía nada, no veía nada. Le dijo al taxiste
adónde iba y siguió hablando en voz alta, sin parar, repasando todas las posibilidades.
Lucila va a sobrevivir. Es luchadora. Practica karate. Le habrán querido robar la
billetera, se resistió, le pegaron. Eran varios. Quedó tirada en el suelo, lastimada.
O quizás un ladrón le robó la billetera: ella lo corrió. Lucila está entrenada, 
tiene aire. Cruzó sin mirar, la atropellaron. Tirada en el suelo. O le pegaron el
tirón a la cartera, un motochorro, la hicieron caer. En mitad de la calle. Tirada
en el suelo. Los autos. Es fuerte, mi hija: peleadora. Se va a salvar.

A Noval, en el café, se le aflojaron las tripas. La veía muerta. No le importaba
cómo ni por qué. Veía a su hija blanca, con ojeras de muerta, el pelo rubio lleno
de sangre, la boca abierta, los ojos de pescado. Llamó a Moira para pedirle detalles.
Lo alivió escuchar su voz firme. Voy para allá, le dijo.

En la puerta del hospital, Noval se tiró del auto con un movimiento convulsivo. 
Estaba curiosamente alerta, atento a todos los detalles. Vio las nervaduras de una
hoja color verde verano, vio que la sala de guardia se llamaba Emergentología, vio
a Moira subiendo las escaleras el paso elegante de siempre. Corrió hacia ella y 
la abrazó torpemente. Con la misma torpeza, ella le devolvió el apretón. Llegaron
a Terapia Intensiva agarrados de la mano, sosteniéndose el uno al otro, tratando
de traspasarse esperanza a través de la piel transpirada.

Prohibido pasar, decía un cartel, y Moira se detuvo mirando desconcertada alrededor.
De un tirón Noval la hizo cruzar las puertas de vaivén. Moira lo admiró, a ella 
era tan fácil detenerla con palabras escritas. Un médico se estaba quitando los 
guantes de látex. No ven que estoy trabajando, no entiendo una palabra de lo que
están diciendo, fuera de aquí, dijo el médico.

A Moira se le llenaron los ojos de lágrimas. Retrocedieron. Noval respiraba agitado.
Una enfermera se les acercó compasiva, los escuchó, de la confusión desesperada 
dedujo el sentido de sus palabras. No, les aseguró. Aquí nada. Ninguna chica. Ni
accidentes. Ni oficial Acosta.

Vamos a la guardia, dijo Moira. Por qué no me quiso dar su teléfono, el oficial.
Y si no era el Fernández, si entendí mal, si se equivocó. Ahora se llama Emergentología,
dijo él, yo sé dónde queda, vamos. Y no se soltaban, eran dos, eran más fuertes 
así.

Corrieron por pasillos eternos. Moira sacó su teléfono. Lucila, dijo. Lucila, Lucila,
Lucila. Marcá, querés, dijo Noval. Lo irritaba la manía de Moira de utilizar todas
las posibilidades de la tecnología. Le resultaba intolerable la voz de Moira repitiendo
el nombre de su hija. Dejate de gritar y marcá. Pero en ese momento el celular ya
obedecía a la voz de su dueña y atendía Lucila del otro lado. ¿Estás bien? Sí, apagué
porque estaba en una clase. Moira la insultó con violencia mientras la voz se le
deshilachaba en sollozos convulsos. Noval le sacó el teléfono y le explicó a Lucila,
estaba mareado.Se sentaron en un banco del hospital. Estás blanco, bajá la cabeza,
así, hacé fuerza para arriba, le decía Moira, mientras le empujaba la nuca hacia
abajo sin brusquedad, precisa y efectiva.

El mundo, desencajado, había vuelto a su lugar, los colores brillaban. Pero no se
sentían felices, sino débiles y vacíos.

Caminaron por la calle. El mundo, desencajado, había vuelto a su lugar, los colores
brillaban. Pero no se sentían felices, sino débiles y vacíos. Él le apoyaba el brazo
en el hombro, en parte la abrazaba, en parte se sostenía. El hospital era amenazador,
ahora. Se alejaron varias cuadras antes de entrar en un café. Ella pidió un cognac,
él pidió una coca. Trataron de entender por qué, para qué. Qué beneficio podían 
obtener, se preguntaba él, por qué a nosotros, se preguntaba ella, quién nos odia
tanto.

Entendieron de a poco, Moira y Noval. Lo habían escuchado, lo habían leído en los
diarios, y sin embargo no habían podido reconocerlo cuando les sucedió. Un secuestro
virtual. La historia del hospital debía ser sólo para sacarles datos. Sin quererlo,
por puro terror, Moira había desbaratado el plan al pedir el teléfono. Fueron a 
hacer la denuncia.

La comisaría era una casa vieja, con un patio grande, donde esperaron sentados en
un banco. Una hora y media después el aburrimiento había atemperado la bronca. Los
recibió el oficial de guardia, los escuchó atentamente. Qué barbaridad, les dijo.
Pasa todos los días, los ablandan con la historia del hospital para sacarles información.
Después les hubieran dicho que a la piba la tienen ellos y ahí les pedían la plata.¡
Claro que pueden y deben hacer la denuncia! Pero en este momento se nos cayó el 
sistema. Lo estamos arreglando, calculen unas cuatro horas .

La bronca se había convertido en un charquito sucio en el patio de la comisaría.
Ya no los sostenía, no los llenaba. No los unía. Salieron sin tocarse, sin mirarse.
Se despidieron con un beso social. La tregua había terminado.
