# Odette Alonso – POSCONCEPTUAL

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- Published: 2018-01-20T15:45:29-03:00
- Author: Administrador

A Cristina la sacaron de Cuba siendo una niña. Cuando volvió, traía esa fascinación,
tan extranjera, por el deporte, la salud pública, la educación y todo lo que allá
afuera se dice que pasa aquí. Venía como parte de una brigada de estudiantes de 
posgrado a los que anduvieron paseando por los lugares permitidos para turistas 
y enseñándoles los logros de la Revolución.

La cultura, uno de esos logros, nos hizo conocernos una tarde. A mí no es que me
gusten las mujeres; a ella se le notaba que sí, por la mirada que me echó cuando
entró en el patiecito colonial donde sería la peña de poesía y trova que organizo
todos los jueves y que es una de las joyas que presume el director municipal a cuanto
visitante distinguido llega a la ciudad.

Cristina era una de las poetas invitadas. No conocía nada de su obra, pero su nombre
nos fue orientado desde la dirección junto con otros. Ordenamos las sillas, las 
rondas de lectura y de trova, los discursos de bienvenida, el brindis, la mesa de
venta de libros, y todo estaba listo cuando llegaron, sudorosos y alegres, como 
buenos extranjeros.

Todos eran bastante malos, especialmente Cristina, que leyó unos textos rarísimos,
sin pies ni cabeza, a los que llamó poemas posconceptuales. Yo dije “Qué pena”, 
porque esa muchacha me cayó bien. Y es que Cristina tiene un no sé qué que arrastra,
que convence. Es simpática y bonita. Bueno, bonita no, pero atractiva. Un poco masculina.
Tal vez eso la hace enigmática. Como sus poemas.

El ron no se hizo esperar. Primero el brindis que pagó el municipio y luego pasaron
de mano en mano, con poca discreción, las botellas que los muchachos del taller 
llevaban en las mochilas. Todos los tonos fueron subiendo y la trova se volvió guaguancó.
La poesía era cosa pasada. Gritamos, bailamos, coreamos canciones. En eso nos dio
la madrugada. Yo estaba mareada y feliz cuando me preguntó si me interesaba ir a
un congreso de nuevas literaturas y no sé qué más en Puerto Rico.

¡Qué pregunta! ¿A quién en este país no le interesaría ir a cualquier cosa en cualquier
lugar más allá del mar? Le respondí que claro, tratando de que la lengua, hinchada
de alcohol, no se me trabara demasiado.

Después, los americanitos se fueron yendo poco a poco a las casas donde los albergaban.
Nos dimos los correos electrónicos, los números telefónicos, las direcciones postales,
y Cristina se despidió con la promesa de escribirme y de volver.

Y escribió, una semana después, al email de la oficina. Dando gracias por las atenciones,
recordando anécdotas y hablando del congreso en Puerto Rico. Con un tono que me 
recordaba la mirada de aquella tarde. Pero quién va a fijarse tanto en un tono o
una mirada, si hay una promesa de salir del país. Le seguí la corriente. Al fin 
y al cabo, siempre halaga gustarle a alguien, así sea una mujer.

Los correos se hicieron frecuentes, varios al día. Yo le explicaba los requisitos
que nos piden aquí para darnos una visa y que hay que pagarnos todo porque nuestros
salarios son en otra moneda y no alcanzan para lo que cuestan esos trámites ni los
pasajes ni las estancias. Le dije que tengo familia en Miami, primos lejanos con
los que casi no me comunico. Mentí, mis primos ya sabían de la posibilidad de viajar
y planeábamos el encuentro.

“En Puerto Rico ya estás en Estados Unidos y cualquier movimiento será más fácil;
te mando la invitación”, prometió.

Y cumplió. El día que la vi en mi correo no podía creerlo. Una carta con el escudo
de la universidad y la firma del rector. Cosa seria. Decía que pagaban todos mis
gastos a cambio de una ponencia y un par de talleres. Sabía que el camino sería 
largo y tortuoso, pero este era el anhelado primer paso.

Ese fue el día que me llamaron a la dirección. Allí estaba el teniente Vázquez, 
el compañero que nos atiende por la Seguridad del Estado. El director dijo algo 
que ni recuerdo y nos dejó solos. Entonces el teniente Vázquez me preguntó:

—¿Qué tipo de relación tienes con Cristina Rosas?

—¿Quién es Cristina Rosas? —pregunté, tratando de ganar tiempo y organizar mis ideas.

—Tú sabes muy bien quién es Cristina Rosas —respondió.

—Ah, la muchacha de Puerto Rico, la poeta posconceptual, sí.

Él asintió con una sonrisa indescifrable:

—Esa misma, la posconceptual. ¿Qué tipo de relación tienes con ella? ¿Es tu novia,
tu amiga, tu amante?

Sentí que se me revolvía el estómago.

—Vázquez, a mí no me gustan las mujeres —protesté.

—Se han mandado demasiados mensajitos para no gustarse, ¿no te parece? —soltó una
carcajada—. Ven, acompáñame —ordenó, y lo seguí a través de los pasillos que conducían
hasta la oficina de sistemas de cómputo. Romualdo, el jefe de la unidad, me miró
con unos ojos que daban miedo.

—Abre ahí —volvió a ordenar Vázquez y Romualdo dio unos cuantos clics en su computadora,
que era la mejor de toda la dirección. Giró la pantalla y ante mis ojos quedó una
carpeta que decía mi nombre completo. El doble clic siguiente la abrió y dejó ver
una serie ordenada de carpetas que decían mi nombre y al lado el de cada una de 
las personas con las cuales tenía correspondencia. Una de ellas decía Cristina Rosas.
Otro doble clic desplegó todos los mensajes que habíamos intercambiado en esos días,
hasta el que traía la carta de invitación.

—Ni te imagines que vas a ir a Puerto Rico, mucho menos a Miami —dijo el teniente
Vázquez—, a nosotros nadie nos engaña. —Y me guiñó un ojo, casi cariñosamente, antes
de salir de la oficina.
