# Juan Forn – LA MELODÍA INFINITA

- Link: https://www.escribir.com.ar/2018/01/texto-clasico/juan-forn-la-melodia-infinita/
- Published: 2018-01-08T15:07:44-03:00
- Author: Administrador

Hace más de cien años, a un famoso luthier en Westfalia le pidieron una guitarra
en madera de cerezo, para que sonara más dulce que ninguna. El encargo era de una
cantante de ópera alemana; quería regalársela al hijo, que cantaba como los ángeles
y se acompañaba angelicalmente con aquel instrumento. Vino la Primera Guerra y el
joven fue convocado a filas y no volvió, pero antes de marchar al frente había dejado
un hijo, que recibió la guitarra y la pesada carga de cantar y tocar como su joven
padre muerto. El hijo descubrió al crecer que lo suyo era la medicina, pero igual
se llevó la guitarra a Berlín cuando partió a la universidad, porque le gustaba 
tocar y cantar. Vino la Segunda Guerra, lo llamaron a filas, lo mandaron al frente
ruso y nunca volvió. Su novia se quedó con la guitarra, juró que no habría ningún
otro hombre en su vida pero, con los años, en la Alemania reconstruida de Adenauer,
encontró un hombre bueno que la convenció de casarse con ella y que le dio un hijo,
y así es como llegó al mundo nuestro personaje y como llegó a sus manos la guitarra
de madera de cerezo.

Carl Fischer no sabía qué hacer con ella, a duras penas era capaz de rasguear alguna
canción de Cat Stevens o Pink Floyd, lo suyo era la máquina de escribir. Carl Fischer
era un joven periodista que quería ser escritor y que consiguió que una revista 
alemana lo mandara a Tokio, donde trabajó con un joven japonés que le pareció tan
centrado y sereno que un día se animó a preguntarle cuál era su secreto. El japonés
lo invitó a su departamento, que era una caja de zapatos de un ambiente con un equipo
de música de última generación y apenas una docena de vinilos en una repisa que 
parecía un pequeño altar. El japonés bajó las luces, sacó un vinilo de su funda 
blanca y puso una canción de menos de dos minutos: era João Gilberto cantando “Desafinado”,
él solito con su guitarra. Doce horas después, cuando Carl Fischer salió de aquella
caja de zapatos con la cabeza llena de música, tenía bien claro qué hacer con su
guitarra de madera de cerezo: entregársela en mano a João Gilberto, el único hombre
en el mundo que la merecía. Así que volvió a Berlín, buscó la guitarra en su departamento
y se tomó otro avión, esta vez a Brasil, a cumplir su destino como desafinado.

Los desafinados de este mundo son aquellos que, después de escuchar por primera 
vez João Gilberto, no pueden escuchar otra cosa. El problema es que a João no le
gustan ni los discos ni los conciertos, ni los micrófonos ni los focos de las cámaras.
El mito dice que João entró mal en Rio la primera vez que bajó desde Bahia: la experiencia
fue tan desgraciada que intentaron internarlo en un psiquiátrico (según la leyenda,
João pedía guitarras prestadas para tocar y nunca las devolvía, porque ya no servían
más para hacer lo que hacían antes de que él las tocara). João terminó refugiado
en las montañas de Diamantina, en casa de su hermana mayor, instalada allá para 
recuperarse de la tuberculosis. João se pasaba el día en pijama, practicando con
su guitarra horas y horas encerrado en el baño, porque era el lugar de la casa que
mejor acústica tenía. A la semana, la hermana creyó enloquecer y le consiguió otro
alojamiento, en el casco histórico pero a prudencial distancia de su casa (él sólo
aceptó después de probar la acústica del baño). Seis meses después, João se sacó
el pijama y volvió a Rio a cambiar la música brasilera para siempre, pero los desafinados
dicen que no ha salido ni saldrá nunca de ese baño, porque ese baño es como el tamarisco
bajo el cual se sentó un día Siddartha Gautama y devino Buda.

El problema de João con los micrófonos es que generaron un gigantesco malentendido:
la idea principal al inventarlos, según él, no era amplificar el sonido sino hacer
sentir a cada persona de la platea que le estaban cantando al oído. Eso era lo que
más le gustaba en el mundo a João: tocar bajito, toda la noche, sentado en un bar
o en un living, rodeado de un puñado de fieles, y al amanecer, café con leche y 
pan con miel para todos, pagado de su bolsillo, en algún barcito que mirara al mar
en Ipanema.

Dice la leyenda que después de aquellas noches ofrecía llevar a cada uno a casa 
en su auto y que manejaba ignorando todos los semáforos rojos en el camino, tal 
como ignoraba todas las reglas que regían la música brasileña hasta que él agarró
una guitarra por primera vez. Todos querían pasarse la noche entera escuchando a
João pero nadie quería irse en auto con él después, porque no frenaba en ningún 
semáforo. En esas vertiginosas travesías de madrugada por las avenidas de Rio, João
repetía a quien se atreviera a ir a su lado que todo iba demasiado rápido, que había
que serenar. “¿Por qué no manejas como tocas?”, le imploraban sus amigos. Sus enemigos,
en cambio, los que odiaban su intimismo tan poco brasilero, decían: “¿Por qué mierda
no tocará como maneja?”.

Como a João no le gustaba discutir, se fue a vivir a Nueva York después de inventar
la bossa nova. Lo curioso es que no le gustaba nada el jazz (“Eso que tocas no samba”,
le dijo una vez a Miles Davis, que lo persiguió durante años para tocar juntos).
Glauber Rocha, que adoraba a João (y soñó toda su vida filmar una versión de Las
palmeras salvajes de Faulkner ambientada en Bahia, con su amigo haciendo de cantor
y guitarrista ciego), decía que João Gilberto introdujo el budismo en la música 
brasilera: el movimiento perpetuo siempre en el mismo lugar hasta alcanzar, a través
de la repetición siempre diferente, la forma perfecta.

Cuando se inauguró el Canecão en Rio, en 1967, y convencieron a João para que fuese
a tocar, él viajó solo con su guitarrita y fue directo del aeropuerto a la prueba
de sonido, pero cuando vio que el Canecão era un galpón de techo de chapa con acústica
imposible decidió, sin decirle nada a nadie, volverse al aeropuerto y subirse al
primer avión que partiera a Nueva York. Como la casa de sus amigos Os Novos Bahianos
estaba cerca del Canecão, en Botafogo, fue caminando hasta allá para pedir un taxi.
Le abrió la puerta Tim Maia, que estaba de visita en casa de Os Novos Bahianos y
que, de todos los hijos musicales de João, era el más deforme (su famosa exigencia
a los técnicos de sonido era: “Mais graves! Mais agudos! Mais eco! Mais retorno!
MAIS TUDO!!!”) y el que más lo quería también, porque nunca lo había visto en persona.

Tim Maia estaba ahí tratando de convencer a Os Novos Bahianos de las virtudes de
la electrificación. Tim Maia era el James Brown brasileño, O Rei do Fanki: sus bandas
tenían poderosas secciones de vientos, de percusión y muchas coristas. Tim no aceptaba
limusinas; pedía un bondi para llegar a sus conciertos, un bondi lleno de chicas,
maconha y cerveza (y el cachet debía pagársele en estricto efectivo, en bolsas de
papel, que acumulaba debajo de su cama). Regalaba dosis de LSD en sus conciertos.
También decía: “No fumo, no bebo, no cojo, no me drogo. Sólo miento un poquito”.
Cuando Tim abrió la puerta y se topó con su ídolo, de traje y corbata y perfectamente
engominado, gritó para adentro, a Os Novos Bahianos: “¿Llamaron a la policía musical
porque tenían miedo de que los convenciera?”. Dice la leyenda que Tim Maia se quedó
todo un día y una noche escuchando a João cantar y tocar su guitarra, y después 
de desayunar juntos café con leche y pan con miel en un barcito de Botafogo, lo 
vio partir hacia el aeropuerto en el auto de Os Novos Bahianos, con lágrimas en 
los ojos, porque no había lugar en el auto para él.

Unos años después, cuando João grabó su mítico álbum blanco en Nueva York, en 1973,
puso como única condición que se reprodujera en estudio la acústica “de un baño 
de antes” (en realidad puso otra condición más: el productor que quería para hacer
el disco era un compatriota, o mejor dicho una compatriota suya, Wendy Carlos, que
venía de hacerse la operación de cambio de sexo que le permitió dejar de ser Walter
Carlos, y que quedó tan desquiciada por trabajar con João en aquel disco, que hizo
sacar su nombre de los créditos y niega hasta el día de hoy haber participado en
él). Ese era el disco que escuchó Carl Fischer en Japón, muchos años después, y 
que lo lanzó a su cruzada desafinada.

Para entonces João ya vivía de vuelta en Brasil y hacia allá se dirigió Carl Fischer
con su guitarra de cerezo. Estuvo casi un año en Rio intentando llegar hasta él.
Habló con todos los que lo conocían, recogió un millón de anécdotas jugosas pero
no logró que João lo atendiese por teléfono siquiera (y es leyenda que João puede
llamarte en medio de la noche y pasarse horas enteras tocando y cantándote canciones
por teléfono, desde su baño). Al final se volvió a Alemania, escribió un libro sobre
su peregrinaje titulado O-ba-la-lá, como la primera canción que compuso João, y 
le puso una frase de Wagner como epígrafe: “La grandeza de un poeta se mide sobre
todo por aquello que silencia, y la forma inaudible de ese silencio es la melodía
infinita”. Cuatro días antes de que el libro llegara a las librerías (y cuando ya
se estaba traduciendo al portugués para publicarse en Brasil), Carl Fischer se tiró
por la ventana de su séptimo piso en Berlín. No dejó nota suicida, ninguno de sus
amigos lo había visto deprimido en los días previos. Sólo encontraron las ventanas
abiertas de su departamento, la guitarra de madera de cerezo en un rincón y la nieve
berlinesa posándose de a poco sobre los muebles.
