# Samanta Schweblin – PERDIENDO VELOCIDAD

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- Published: 2017-09-12T19:33:41-03:00
- Author: Administrador

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y 
miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Tardó en sacar la vista de los huevos.

—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.

Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que
a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.

—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.

—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un
vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.

Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el
cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al
público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego
aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. 
Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él
trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían
silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los
paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos.
Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan
brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba
un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las
miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga.
El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales
hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la 
mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía
disparado a toda velocidad.

Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo,
y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba 
no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la 
mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces
simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina,
y se detuvo.

—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.

Miró los huevos.

—Creo que me estoy por morir.

Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.

—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso 
estuve pensando, que uno se muere.

Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, 
después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.

Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo
una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el
casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica 
queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que
yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso,
y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.

—¿Café? —pregunto.

—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo
un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada
sucede.
