# Jorge Luis Borges – LA MUERTE Y LA BRÚJULA

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- Published: 2017-06-27T14:58:47-03:00
- Author: Administrador

_A Mandie Molina Vedia_

De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno
tan extraño – tan rigurosamente extraño, diremos – como la periódica serie de hechos
de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor
de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen,
pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino
de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación
de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos)
había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar.
Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había
en él y hasta de tahur.

El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que domina el estuario
cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne
la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel 
y la apariencia general de una casa mala) arribó el día tres de diciembre el delegado
de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba
gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con 
la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los
Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el
piso R, frente a la _suite_ que no sin esplendor ocupaba el Tetrarca de Galilea.
Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad,
ordenó en un _placard_ sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de medianoche
apagó la luz. (Así lo declaró el _chauffeur_ del Tetrarca, que dormía en la pieza
contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó por teléfono un redactor
de la _Yidische Zaitung_; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su 
pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. 
Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había
partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas,
fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad
el problema.

-No hay que buscarle tres pies al gato-decía Treviranus, blandiendo un imperioso
cigarro-.Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del 
mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha
levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece?

-Posible, pero no interesante-respondió Lönnrot-. Usted replicará que la realidad
no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad
puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado
interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación
puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.

Treviranus repuso con mal humor:

-No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre 
que apuñaló a este desconocido.

-No tan desconocido-corrigió Lönnrot -. Aquí están sus obras completas-. Indicó 
en el _placard_ una fila de altos volúmenes; una _Vindicación de la cábala_; un 
_Examen de la filosofía de Robert Fludd_; una traducción literal del _Sepher Yezirah_;
una _Biografía del Baal Shem_; una _Historia de la secta de los Hasidim_; una monografía(
en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco.
El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego, se echó a reír.

-Soy un pobre cristiano -repuso-. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo
tiempo que perder en supersticiones judías.

-Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías-murmuró
Lönnrot.

-Como el cristianismo -se atrevió a completar el redactor de la _Yidische Zaitung_.
Era miope, ateo y muy tímido.

Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de 
escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa.

La primera letra del Nombre
 ha sido articulada.

Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le
hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente
a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le
reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos;
otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios;
otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (
como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia),
su noveno atributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las
cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa
y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico
temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo
nombre. El Nombre Absoluto.

De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la 
_Yidische Zaitung_. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de
los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador
Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre
del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó.
Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar
cualquier libro, publicó una edición popular de la _Historia de la secta de los 
Hasidim._

El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el más desamparado y vacío
de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los
gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pintorería
un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre;
una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos
y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó… Esa tarde, Treviranus
y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y derecha del
automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco 
las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino:
un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada
puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simó Azevedo, hombre
de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero
a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular
estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de
una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.)
Las palabras en tiza eran las siguientes:

La segunda letra del Nombre
 ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el 
teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló 
un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba
dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios
de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del
delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma(
al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el _Liverpool
House_, taberna de la Rue de Toulon -esa calle salobre en la que conviven el cosmorama
y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón.
Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la 
decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa
era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus
fue enseguida al _Liverpool House_. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho
días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos 
afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba
esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda
excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; 
cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche,
bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna.
El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara
de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo 
no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en
el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero 
que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish -él en voz baja,
gutural, ellos con las voces falsas, agudas- y subieron a la pieza del fondo. Al
cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan
borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines
enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos 
y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la 
dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron.
Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una
sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre
 ha sido articulada.

Examinó, después, la piecita de Gryphius-Ginzberg. Había en el suelo una brusca 
estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marca húngara; en un
armario, un libro en latín -el _Philologus hebraeograecus_(1739), de Leusden- con
varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot.
Este, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba
a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En 
la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus
dijo:

-¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?

Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado)
de la disertación trigésima tercera del _Philologus: Dies Judaeorum incipit a solis
occasu usque ad solis occasum diei sequentis_. Esto quiere decir -agregó-, _El día
hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer_.

El otro ensayó una ironía.

-¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?

-No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.

Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. _La Cruz 
de la Espada_ las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso
Eremítico; Erns Palast, en _El Mártir_, reprobó “las demoras intolerables de un 
pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos”;
la _Yidische Zaitung_ rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, “
aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio”;
el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito
nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario
Franz Treviranus.

Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió:
el sobre contenía una carta firmada _Baruj Spinoza_ y un minucioso plano de la ciudad,
arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el tres de marzo
no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de
Toulon y el Hôtel du Nord eran “los vértices perfectos de un triángulo equilátero
y místico”; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus
leyó con resignación ese argumento _more geometrico_ y mandó la carta y el plano
a casa de Lönnrot, indiscutible merecedor de tales locuras.

Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría
en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio 
también… Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una
brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra _Tetragrámaton_(
de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:

-Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido
resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos
estar muy tranquilos.

-Entonces, ¿no planean un cuarto crimen?

-Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.

-Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles
Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de
mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y 
de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, al amparo de un caudillo barcelonés,
medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado -Red Scharlach-
hubiera dado cualquier cosa por conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero
de Scharlach; Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera
Scharlach. Después, la desechó… Virtualmente, había descifrado el problema; las 
meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales
y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres
meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes
estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio 
casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días.

El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El aire de la turbia
llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un
furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía del
agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta
de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó
que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el
occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre.

Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal
estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo
ante el porton infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente,
y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa,
el portón entero cedió.

Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas
rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles
simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego 
correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón;
dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había
rodeado la quinta. Todo lo examinó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha
persiana.

La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano. Lönnrot, que ya
intuía las preferencias del arquitecto, adivinó que en el opuesto muro del sótano
había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de 
salida.

Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía
en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por ante comedores
y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras
polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos;
se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado
jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas
y arañas embaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una 
sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron.
En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. _La casa
no es tan grande_, pensó. _La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los
muchos años, mi desconocimiento, la soledad._

Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges
de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado
y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron
sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo:

-Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día.

Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin, encontró su voz.

-Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto?

Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas
si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su 
voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor
que aquel odio.

-No- dijo Scharlach.- Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot.
Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar
a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial
en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica;
me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras
daban horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué
a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras.
Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los
_goim_: Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa
metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues
todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente a Roma,
que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de
Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos
los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre 
que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son 
un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega,
un puñal, los rombos de una pinturería.

El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos
colegas- entre ellos, Daniel Azevedo- el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo
nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió
la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la madrugada
irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este, acosado por el insomio, se había
puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre
de Dios; había escrito ya las palabras _La primera letra del Nombre ha sido articulada_.
Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría
todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho. Fue casi
un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil
y seguro es matar… A los diez días yo supe por la _Yidische Zaitung_ que usted buscaba
en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la _Historia
de la secta de los Hasidim_; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre
de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito.
Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer
sacrificios humanos… Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado
al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura.

Marcelo Yarmolinsky murió la noche del 3 de diciembre; para el segundo “sacrificio”
elegí la noche del 3 de enero. Murió en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos
convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la
muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno
de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima
de los rombos de la pinturería _La segunda letra del Nombre ha sido articulada_.

El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, 
un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé(
suplementado por una tenua barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de 
Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de 
ellos escribió en un pilar _La última de las letras del Nombre ha sido articulada_.
Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple. Así lo entendió el público;
yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik 
Lönnrot, comprendiera que es _cuádruple_. Un prodigio en el Norte, otros en el Este
y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton -el nombre
de Dios, JHVH- consta de _cuatro_ letras; los arlequines y la muestra del pinturero
sugieren _cuatro_ términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden: ese
pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje
da a entender que las muertes ocurrieron el _cuatro_ de cada mes. Yo mandé el triángulo
equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El 
punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta
muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a 
las soledades de Triste-le-Roy.

Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en
rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza
impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el 
grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes
simétricas y periódicas.

-En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego
que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que 
bien puede perderse un mero _detective_. Scharlach, cuando en otro avatar usted 
me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, en 8 
kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad
de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de 
nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.

-Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach-, le prometo ese laberinto, que
consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante.

Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.
