# Jorge Luis Borges – LA BIBLIOTECA DE BABEL

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- Published: 2017-06-02T12:41:19-03:00
- Author: Administrador

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido,
y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en 
el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos
inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable.
Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos
dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal.
Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica
a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos.
Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa
la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay 
un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de 
ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación
ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el
infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas.
Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado
en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no
pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono
en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi 
sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá
y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que
la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales 
son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición
del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los 
místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro
circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio
es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora,
repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier
hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel
encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas
diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta 
letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras
no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna 
vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar
de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar
algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato
es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre,
el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos;
el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables
escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede
ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano,
basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la
tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas,
inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación 
permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y 
resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: 
la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio 
en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV 
perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado
en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh 
tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay
leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé
de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre
de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o 
en las líneas caóticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron
los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual 
y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo 
falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas
pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios,
usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas
a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible.
Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables 
MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea.
Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor
de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie
en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron
en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el
sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso
como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo
a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros
le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto
samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró
el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones
con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio
descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos
los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el 
punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos
los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos.
De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles
registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos(
número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos
los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los
arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos,
la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del
catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio,
el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte,
la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro 
en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la 
mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión
fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro
intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución 
no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente
usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho
de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban
los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir.
Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras 
arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos
disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban
en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles,
morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron… Las
Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, 
a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad
de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable
en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad:
el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios 
puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme
Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios
y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos…
Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función:
llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; 
hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro
más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera
descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La 
certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y 
de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta
blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras
y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos.
Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció,
pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas,
con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino
desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles.
Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio
un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe
la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes
deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno:
la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal.
Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total)
hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no
difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo
a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores,
han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio
de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales;
omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En
algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que
sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo 
ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios
del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante
un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado 
hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar
el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar
el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito… En aventuras
de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún
anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre-¡
uno solo, aunque sea, hace miles de años!- lo haya examinado y leído. Si el honor
y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo 
exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero
que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable(
y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo 
sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur
de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad
que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican
también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto,
la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que 
permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto.
Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula«
Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones,
a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica
o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca.
No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto
y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie 
puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea
en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en
tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes
de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación.(
Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo
biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías
hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete
palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender
mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre
de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que 
los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero
no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las 
peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población.
Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la
vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse
y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil,
armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica;
digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado,
postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente
cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene
el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema:
La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier
dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten
en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra
con esa elegante esperanza.
