# James Joyce – UNA NUBECILLA

- Link: https://www.escribir.com.ar/2017/05/texto-clasico/james-joyce-una-nubecilla/
- Published: 2017-05-14T17:30:01-03:00
- Author: Administrador

Ocho años atrás había despedido a su amigo en la estación de North Wall diciéndole
que fuera con Dios. Gallaher hizo carrera. Se veía enseguida: por su aire viajero,
su traje de tweed bien cortado y su acento decidido. Pocos tenían su ta­lento y 
todavía menos eran capaces de permanecer incorruptos ante tanto éxito. Gallaher 
tenía un corazón de este tamaño y se merecía su triunfo. Daba gusto tener un amigo
así.

Desde el almuerzo, Chico Chandler no pensaba más que en su cita con Gallaher, en
la invitación de Gallaher, en la gran urbe londinense donde vivía Gallaher. Le decían
Chico Chandler porque, aunque era poco menos que de mediana es­tatura, parecía pequeño.
Era de manos blancas y cortas, frágil de huesos, de voz queda y maneras refinadas.
Cuidaba con ex­ceso su rubio pelo lacio y su bigote, y usaba un discreto per­fume
en el pañuelo. La medialuna de sus uñas era perfecta y cuando sonreía dejaba entrever
una fila de blancos dientes de leche.
 Sentado a su buró en King’s Inns pensaba 
en los cambios que le habían traído esos ocho años. El amigo que había co­nocido
con un chambón aspecto de necesitado se había conver­tido en una rutilante figura
de la prensa británica. Levantaba frecuentemente la vista de su escrito fatigoso
para mirar a la calle por la ventana de la oficina. El resplandor del atardecer 
de otoño cubría céspedes y aceras; bañaba con un generoso polvo dorado a las niñeras
y a los viejos decrépitos que dormi­taban en los bancos; irisaba cada figura móvil:
los niños que co­rrían gritando por los senderos de grava y todo aquel que atravesaba
los jardines. Contemplaba aquella escena y pensaba en la vida; y (como ocurría siempre
que pensaba en la vida) se entristeció. Una suave melancolía se posesionó de su 
alma. Sintió cuán inútil era luchar contra la suerte: era ése el peso muerto de 
sabiduría que le legó la época. Recordó los libros de poesía en los anaqueles de
su casa. Los había comprado en sus días de soltero y más de una no­che, sentado 
en el cuarto al fondo del pasillo, se había sentido tentado de tomar uno en sus 
manos para leerle algo a su es­posa. Pero su timidez lo cohibió siempre: y los libros
perma­necían en los anaqueles. A veces se repetía a sí mismo unos cuantos versos,
lo que lo consolaba. Cuando le llegó la hora, se levantó y se despidió cumpli­damente
de su buró y de sus colegas. Con su figura pulcra y modesta salió de entre los arcos
de King’s Inns y caminó rá­pido Henrietta Street abajo. El dorado crepúsculo menguaba
ya y el aire se hacía cortante. Una horda de chiquillos mu­grientos pululaba por
las calles. Corrían o se paraban en medio de la calzada o se encaramaban anhelantes
a los quicios de las puertas o bien se acuclillaban como ratones en cada umbral.
Chico Chandler no les dio importancia. Se abrió paso, diestro, por entre aquellas
sabandijas y pasó bajo la sombra de las estiradas mansiones espectrales donde había
balandronado la antigua nobleza de Dublín. No le llegaba ninguna memoria del pasado
porque su mente rebosaba con la alegría del momento. Nunca había estado en Corless’s,
pero conocía la valía de aquel nombre. Sabía que la gente iba allí después del teatro
a comer ostras y a beber licores; y se decía que allí los cama­reros hablaban francés
y alemán. Pasando rápido por enfrente de noche había visto detenerse los coches 
a sus puertas y cómo damas ricamente ataviadas, acompañadas por caballeros, ba­jaban
y entraban a él fugaces, vistiendo trajes escandalosos y muchas pieles. Llevaban
las caras empolvadas y levantaban sus vestidos, cuando tocaban tierra, como Atalantas
alarma­das. Había pasado siempre de largo sin siquiera volverse a mirar. Era hábito
suyo caminar con paso rápido por la calle, aun de día, y siempre que se encontraba
en la ciudad tarde en la noche apretaba el paso, aprensivo y excitado. A veces, 
sin embargo, cortejaba la causa de sus temores. Escogía las calles más tortuosas
y oscuras y, al adelantar atrevido, el silencio que se esparcía alrededor de sus
pasos lo perturbaba, como lo turbaba toda figura silenciosa y vagabunda; a veces
el sonido de una risa baja y fugitiva lo hacía temblar como una hoja. Dobló a la
derecha hacia Capel Street. ¡Ignatius Gallaher, de la prensa londinense! ¿Quién 
lo hubiera pensado ocho años antes? Sin embargo, al pasar revista al pasado ahora,
Chico Chandler era capaz de recordar muchos indicios de la futura grandeza de su
amigo. La gente acostumbraba a decir que Ig­natius Gallaher era alocado. Claro que
se reunía en ese en­tonces con un grupo de amigos algo libertinos, que bebía sin
freno y pedía dinero a diestro y siniestro. Al final, se vio en­vuelto en cierto
asunto turbio, una transacción monetaria: al menos, ésa era una de las versiones
de su fuga. Pero nadie le negaba el talento. Hubo siempre una cierta… algo en Ignatius
Gallaher que impresionaba a pesar de uno mismo. Aun cuando estaba en un aprieto 
y le fallaban los recursos, conservaba su desfachatez. Chico Chandler recordó (y
ese recuerdo lo hizo ruborizarse de orgullo un tanto) uno de los dichos de Ignatius
Gallaher cuando andaba escaso: -Ahora un receso, caballeros -solía decir a la ligera-.¿
Dónde está mi gorra de pegar? Eso retrataba a Ignatius Gallaher por entero, pero,
maldita sea, que tenía uno que admirarlo. Chico Chandler apresuró el paso. Por primera
vez en su vida se sintió superior a la gente que pasaba. Por la primera vez su alma
se rebelaba contra la insulsa falta de elegancia de Capel Street. No había duda 
de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse. No había nada que hacer en
Dublín. Al cruzar el puente de Grattan miró río abajo, a la parte mala del malecón,
y se compadeció de las chozas, tan chatas. Le pare­cieron una banda de mendigos 
acurrucados a orillas del río, sus viejos gabanes cubiertos por el polvo y el hollín,
estupe­factos a la vista del crepúsculo y esperando por el primer sereno helado 
que los obligara a levantarse, sacudirse y echar a andar. Se preguntó si podría 
escribir un poema para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera colocarlo en un
periódico de Londres. ¿Sería capaz de escribir algo original? No sabía qué quería
expresar, pero la idea de haber sido tocado por la gracia de un momento poético 
le creció dentro como una esperanza en embrión. Apretó el paso, decidido. Cada paso
lo acercaba más a Londres, alejándolo de su vida sobria y nada artística. Una lucecita
empezaba a parpa­der en su horizonte mental. No era tan viejo: treinta y dos años.
Se podía decir que su temperamento estaba a punto de madurar. Había tantas impresiones
y tantos estados de ánimo que quería expresar en verso. Los sentía en su interior.
Trató de sopesar su alma para saber si era un alma de poeta. La nota dominante de
su temperamento, pensó, era la melancolía, pero una melancolía atemperada por la
fe, la resignación y una ale­gría sencilla. Si pudiera expresar esto en un libro
quizá la gente le hiciera caso. Nunca sería popular: lo veía. No podría mover multitudes,
pero podría conmover a un pequeño núcleo de al­mas afines. Los críticos ingleses,
tal vez, lo reconocerían como miembro de la escuela celta, en razón del tono melancólico
de sus poemas; además, que dejaría caer algunas alusiones. Co­menzó a inventar las
oraciones y frases que merecerían sus libros. Mr Chandler tiene el don del verso
gracioso y fácil… Una anhelante tristeza invade estos poemas… La nota céltica. Qué
pena que su nombre no pareciera más irlandés. Tal vez fuera mejor colocar su segundo
apellido delante del prime­ro: Thomas Malone Chandler. O, mejor todavía: T. Malone
Chandler. Le hablaría a Gallaher de este asunto. Persiguió sus sueños con tal ardor
que pasó la calle de lar­go y tuvo que regresar. Antes de llegar a Corless’s su 
agitación anterior empezó a apoderarse de él y se detuvo en la puerta, indeciso.
Finalmente, abrió la puerta y entró. La luz y el ruido del bar lo clavaron a la 
entrada por un momento. Miró a su alrededor, pero se le iba la vista confun­dido
con tantos vasos de vino rojo y verde deslumbrándolo. El bar parecía estar lleno
de gente y sintió que la gente lo ob­servaba con curiosidad. Miró rápido a izquierda
y derecha (frunciendo las cejas ligeramente para hacer ver que la gestión era seria),
pero cuando se le aclaró la vista vio que nadie se había vuelto a mirarlo: y allí,
por supuesto, estaba Ignatius Gallaher de espaldas al mostrador y con las piernas
bien sepa­radas. -¡Hola, Tommy, héroe antiguo, por fin llegas! ¿Qué quie­res? ¿Qué
vas a tomar? Estoy bebiendo whisky: es mucho mejor que al otro lado del charco. ¿
Soda? ¿Lithia? ¿Nada de agua mineral? Yo soy lo mismo. Le echa a perder el gusto…
Vamos, garçon, sé bueno y tráenos dos líneas de whisky de malta… Bien, ¿y cómo te
fue desde que te vi la última vez? ¡Dios mío, qué viejos nos estamos poniendo! ¿
Notas que en­vejezco o qué? Canoso y casi calvo acá arriba, ¿no? Ignatius Gallaher
se quitó el sombrero y exhibió una ca­beza casi pelada al rape. Tenía una cara pesada,
pálida y bien afeitada. Sus ojos, que eran casi color azul pizarra, aliviaban su
palidez enfermiza y brillaban aún por sobre el naranja vivo de su corbata. Entre
estas dos facciones en lucha, sus labios se veían largos, sin color y sin forma.
Inclinó la cabeza y se palpó con dos dedos compasivos el pelo ralo de su cocorotina.
Chico Chandler negó con la cabeza. Ignatius Gallaher se vol­vió a poner el sombrero.-
El periodismo -dijo- acaba. Hay que andar rápido y sigiloso detrás de la noticia
y eso si la encuentras: y luego que lo que escribes resulte novedoso. Al carajo 
con las pruebas y el cajista, digo yo, por unos días. Estoy más que encantado, te
lo digo, de volver al terruño. Te hacen mucho bien las vaca­ciones. Me siento muchísimo
mejor desde que desembarqué en este Dublín sucio y querido… Por fin te veo, Tommy.¿
Agua? Dime cuándo. Chico Chandler dejó que le aguara bastante su whisky. -No sabes
lo que es bueno, mi viejo -dijo Ignatius Gallaher-. Apuro el mío puro. -Bebo poco
como regla -dijo Chico Chandler, modesta­mente-. Una media línea o cosa así cuando
me topo con uno del grupo de antes: eso es todo. -Ah, bueno -dijo Ignatius Gallaher,
alegre-, a nues­tra salud y por el tiempo viejo y las viejas amistades. Chocaron
los vasos y brindaron. -Hoy me encontré con parte de la vieja pandilla -dijo Ignatius
Gallaher-. Parece que O’Hara anda mal, ¿Qué es lo que le pasa? -Nada -dijo Chico
Chandler-. Se fue a pique. -Pero Hogan está bien colocado, ¿no es cierto? -Sí, está
en la Comisión Agraria. -Me lo encontré una noche en Londres y se le veía bo­yante…¡
Pobre O’Hara! La bebida, supongo. -Entre otras cosas -dijo Chico Chandler, sucinto.
Ignatius Gallaher se rió. -Tommy -le dijo-, veo que no has cambiado un ápi­ce. Eres
el mismo tipo serio que me metías un editorial el domingo por la mañana si me dolía
la cabeza y tenía lengua de lija. Debías correr un poco de mundo. Tú no has ido 
de viaje a ninguna parte, ¿no? -Estuve en la isla de Man -dijo Chico Chandler. Ignatius
Gallaher se rió. -¡La isla de Man! -dijo-. Ve a Londres o a París. Mejor a París.
Te hará mucho bien. -¿Conoces tú París? -¡Me parece que sí! La he recorrido un poco.-¿
Y es, realmente, tan bella como dicen? -preguntó Chi­co Chandler. Tomó un sorbito
de su trago mientras Ignatius Gallaher terminaba el suyo de un viaje. -¿Bella? -
dijo Ignatius Gallaher, haciendo una pausa para sopesar la palabra y paladear la
bebida-. No es tan bella, si supieras. Claro que es bella… Pero es la vida de París
lo que cuenta. Ah, no hay ciudad que sea como París, tan alegre, tan movida, tan
excitante… Chico Chandler terminó su whisky y, después de un poco de trabajo, consiguió
llamar la atención de un camarero. Or­denó lo mismo otra vez. -Estuve en el Molino
Rojo -continuó Ignatius Gallaher cuando el camarero se llevó los vasos- y he estado
en todos los cafés bohemios. ¡Son candela! Nada aconsejable para un puritano como
tú, Tommy. Chico Chandler no respondió hasta que el camarero re­gresó con los dos
vasos: entonces chocó el vaso de su amigo levemente y reciprocó el brindis anterior.
Empezaba a sentirse algo chasqueado. El tono de Gallaher y su manera de expre­sarse
no le gustaban. Había algo vulgar en su amigo que no había notado antes. Pero tal
vez fuera resultado de vivir en Londres en el ajetreo y la competencia periodística.
El viejo encanto personal se sentía todavía por debajo de sus nuevos modales aparatosos.
Y, después de todo, Gallaher había vivido y visto mundo. Chico Chandler miró a su
amigo con envidia. -Todo es alegría en París -dijo Ignatius Gallaher-. Los franceses
creen que hay que gozar la vida. ¿No crees tú que tienen razón? Si quieres gozar
la vida como es, debes ir a París. Y déjame decirte que los irlandeses les caemos
de lo mejor a los franceses. Cuando se enteraban que era de Irlanda, mu­chacho, 
me querían comer. Chico Chandler bebió cinco o seis sorbos de su vaso. -Pero, dime-
le dijo-, ¿es verdad que París es tan… inmoral como dicen? Ignatius Gallaher hizo
un gesto católico con la mano de­recha. -Todos los lugares son inmorales -dijo-.
Claro que hay cosas escabrosas en París. Si te vas a uno de esos bailes de estudiantes,
por ejemplo. Muy animados, si tú quieres, cuan­do las cocottes se sueltan la melena.
Tú sabes lo que son, su­pongo. -He oído hablar de ellas- dijo Chico Chandler. Ignatius
Gallaher bebió de su whisky y meneó la cabeza. -Tú dirás lo que tú quieras, pero
no hay mujer como la parisina. En cuanto a estilo, a soltura. -Luego es una ciudad
inmoral -dijo Chico Chandler, con insistencia tímida-. Quiero decir, comparada con
Londres o con Dublín. -¡Londres! -dijo Ignatius Gallaher-. Eso es media mi­tad de
una cosa y tres cuartos de la otra. Pregúntale a Hogan, amigo mío, que le enseñé
algo de Londres cuando estuvo allá. Ya te abrirá él los ojos… Tommy, viejo, que 
no es ponche, es whisky: de un solo viaje. -De veras, no… -Ah, vamos, que uno más
no te va a matar. ¿Qué va a ser? ¿De lo mismo, supongo? -Bueno… vaya… -François,
repite aquí… ¿Un puro, Tommy? Ignatius Gallaher sacó su tabaquera. Los dos amigos
en­cendieron sus cigarros y fumaron en silencio hasta que llegaron los tragos. -
Te voy a dar mi opinión -dijo Ignatius Gallaher, al salir después de un rato de 
entre las nubes de humo en que se refugiara-, el mundo es raro. ¡Hablar de inmoralidades!
He oído de casos… pero, ¿qué digo? Conozco casos de… in­moralidad… Ignatius Gallaher
tiró pensativo de su cigarro y luego, con el calmado tono del historiador, procedió
a dibujarle a su amigo el cuadro de la degeneración imperante en el extranjero. 
Pasó revista a los vicios de muchas capitales europeas y pa­recía inclinado a darle
el premio a Berlín. No podía dar fe de muchas cosas (ya que se las contaron amigos),
pero de otras sí tenía experiencia personal. No perdonó ni clases ni alcurnia. Reveló
muchos secretos de las órdenes religiosas del continente y describió muchas de las
prácticas que estaban de moda en .la alta sociedad, terminando por contarle, con
detalle, la historia de una duquesa inglesa, cuento que sabía que era verdad. Chico
Chandler se quedó pasmado. -Ah, bien -dijo Ignatius Gallaher-, aquí estamos en el
viejo Dublín, donde nadie sabe nada de nada. -¡Te debe parecer muy aburrido -dijo
Chico Chand­ler-, después de todos esos lugares que conoces! -Bueno, tú sabes -dijo
Ignatius Gallaher-, es un alivio venir acá. Y, después de todo, es el terruño, como
se dice, ¿no es así? No puedes evitar tenerle cariño. Es muy humano… Pero dime algo
de ti. Hogan me dijo que habías… degustado las delicias del himeneo. Hace dos años,¿
no? Chico Chandler se ruborizó y sonrió. -Sí -le dijo-. En mayo pasado hizo dos 
años. -Confío en que no sea demasiado tarde para ofrecerte mis mejores deseos -dijo
Ignatius Gallaher-. No sabía tu dirección o lo hubiera hecho entonces. Extendió 
una mano, que Chico Chandler estrechó. -Bueno, Tommy -le dijo-, te deseo, a ti y
a los tuyos, lo mejor en esta vida, viejito: quintales de quintos y que vivas hasta
el día que te mate. Estos son los deseos de un viejo y sincero amigo, como tú sabes.-
Yo lo sé -dijo Chico Chandler. -¿Alguna cría? -dijo Ignatius Gallaher. Chico Chandler
se ruborizó otra vez. -No tenemos más que una -dijo. -¿Varón o hembra? -Un varoncito.
Ignatius Gallaher le dio una sonora palmada a su amigo en la espalda. -Bravo, Tommy-
le dijo-. Nunca lo puse en duda. Chico Chandler sonrió, miró confusamente a su vaso
y se mordió el labio inferior con tres dientes de leche. -Espero que pases una noche
con nosotros -dijo-, an­tes de que te vayas. A mi esposa le encantaría conocerte.
Po­dríamos hacer un poco de música y… -Muchísimas gracias, mi viejo -dijo Ignatius
Gallaher-. Lamento que no nos hayamos visto antes. Pero tengo que irme mañana por
la noche. -¿Tal vez esta noche…? -Lo siento muchísimo, viejo. Tú ves, ando con otro
tipo, bastante listo él, y ya convinimos en ir a echar una partida de cartas. Si
no fuera por eso… -Ah, en ese caso… -Pero, ¿quién sabe? -dijo Ignatius Gallaher,
considera­do-. Tal vez el año que viene me dé un saltico, ahora que ya rompí el 
hielo. Vamos a posponer la ocasión. -Muy bien -dijo Chico Chandler-, la próxima 
vez que vengas tenemos que pasar la noche juntos. ¿Convenido? -Convenido, sí -dijo
Ignatius Gallaher-. El año que viene si vengo, parole d’honneur. -Y para dejar zanjado
el asunto -dijo Chico Chand­ler-, vamos a tomar otra. Ignatius Gallaher sacó un 
relojón de oro y lo miró. -¿Va a ser ésa la última? -le dijo-. Porque, tú sabes,
tengo una c.t. -Oh, sí, por supuesto -dijo Chico Chandler. -Entonces, muy bien -
dijo Ignatius Gallaher-, vamos a echarnos otra como de ocandoruis, que quiere decir
un buen whisky en el idioma vernáculo, me parece. Chico Chandler pidió los tragos.
El rubor que le subió a la cara hacía unos momentos, se le había instalado. Cualquier
cosa lo hacía ruborizarse; y ahora se sentía caliente, excitado. Los tres vasitos
se le habían ido a la cabeza y el puro fuerte de Gallaher le confundió las ideas,
ya que era delicado y abs­temio. La excitación de ver a Gallaher después de ocho
años, de verse con Gallaher en Corless’s, rodeados por esa ilumina­ción y ese ruido,
de escuchar los cuentos de Gallaher y de compartir por un momento su vida itinerante
y exitosa, alteró el equilibrio de su naturaleza sensible. Sintió en lo vivo el 
con­traste entre su vida y la de su amigo, y le pareció injusto. Gallaher estaba
por debajo suyo en cuanto a cuna y cultura. Sabía que podía hacer cualquier cosa
mejor que lo hacía o lo haría nunca su amigo, algo superior al mero periodismo pedes­tre,
con tal de que le dieran una oportunidad. ¿Qué se inter­ponía en su camino? ¡Su 
maldita timidez! Quería reivindicarse de alguna forma, hacer valer su virilidad.
Podía ver lo que ha­bía detrás de la negativa de Gallaher a aceptar su invitación.
Gallaher le estaba perdonando la vida con su camaradería, como se la estaba perdonando
a Irlanda con su visita. El camarero les trajo la bebida. Chico Chandler empujó 
un vaso hacia su amigo y tomó el otro, decidido. -¿Quién sabe? -dijo al levantar
el vaso-. Tal vez cuan­do vengas el año que viene tenga yo el placer de desear una
larga vida feliz al señor y a la señora Gallaher. Ignatius Gallaher, a punto de 
beber su trago, le hizo un guiño expresivo por encima del vaso. Cuando bebió, chasqueó
sus labios rotundamente, dejó el vaso y dijo: -Nada que temer por ese lado, muchacho.
Voy a correr mundo y a vivir la vida un poco antes de meter la cabeza en el saco…
si es que lo hago. -Lo harás un día -dijo Chico Chandler con calma. Ignatius Gallaher
enfocó su corbata anaranjada y sus ojos azul pizarra sobre su amigo. -¿Tú crees?-
le dijo. -Meterás la cabeza en el saco -repitió Chico Chandler, empecinado-, como
todo el mundo, si es que encuentras mujer. Había marcado el tono un poco y se dio
cuenta de que acababa de traicionarse; pero, aunque el color le subió a la cara,
no desvió los ojos de la insistente mirada de su amigo. Ignatius Gallaher lo observó
por un momento y luego dijo: -Si ocurre alguna vez puedes apostarte lo que no tienes
a que no va a ser con claros de luna y miradas arrobadas. Pienso casarme por dinero.
Tendrá que tener ella su buena cuenta en el banco o de eso nada. Chico Chandler 
sacudió la cabeza. -Pero, vamos, tú -dijo Ignatius Gallaher con vehemen­cia-, ¿quieres
que te diga una cosa? No tengo más que decir que sí y mañana mismo puedo conseguir
las dos cosas. ¿No me quieres creer? Pues lo sé de buena tinta. Hay cientos, ¿qué
digo cientos?, miles de alemanas ricas y de judías podridas de dinero, que lo que
más querrían… Espera un poco, mi amigo, y verás si no juego mis cartas como es debido.
Cuando yo me propongo algo, lo consigo. Espera un poco. Se echó el vaso a la boca,
terminó el trago y se rió a car­cajadas. Luego, miró meditativo al frente, y dijo,
más calmado: -Pero no tengo prisa. Pueden esperar ellas. No tengo nin­guna gana 
de amarrarme a nadie, tú sabes. Hizo como si tragara y puso mala cara. -Al final
sabe siempre a rancio, en mi opinión -dijo. Chico Chandler estaba sentado en el 
cuarto del pasillo con un niño en brazos. Para ahorrar no tenían criados, pero la
her­mana menor de Annie, Mónica, venía una hora, más o menos, por la mañana y otra
hora por la noche para ayudarlos. Pero hacía rato que Mónica se había ido. Eran 
las nueve menos cuarto. Chico Chandler regresó tarde para el té y, lo que es más,
olvidó traerle a Annie el paquete de azúcar de Bewley’s. Claro que ella se incomodó
y le contestó mal. Dijo que podía pasarse sin el té, pero cuando llegó la hora del
cierre de la tienda de la esquina, decidió ir ella misma por un cuarto de libra 
de té y dos libras de azúcar. Le puso el niño dormido en los brazos con pericia 
y le dijo: -Ahí tienes, no lo despiertes. Sobre la mesa había una lamparita con 
una pantalla de porcelana blanca y la luz daba sobre una fotografía enmarcada en
cuerno corrugado. Era una foto de Annie. Chico Chandler la miró, deteniéndose en
los delgados labios apretados. Lleva­ba la blusa de verano azul pálido que le trajo
de regalo un sá­bado. Le había costado diez chelines con once; ¡pero qué ago­nía
de nervios le costó! Cómo sufrió ese día esperando a que se vaciara la tienda, de
pie frente al mostrador tratando de apa­recer calmado mientras la vendedora apilaba
las blusas frente a él, pagando en la caja y olvidándose de coger el penique de 
vuelto, mandado a buscar por la cajera, y, finalmente, tratando de ocultar su rubor
cuando salía de la tienda examinando el paquete para ver si estaba bien atado. Cuando
le trajo la blusa a Annie lo besó y le dijo que era muy bonita y a la moda; pero
cuando él le dijo el precio, tiró la blusa sobre la mesa y dijo que era un atraco
cobrar diez chelines con diez por eso. Al principio quería devolverla, pero cuando
se la probó quedó en­cantada, sobre todo con el corte de las mangas y le dio otro
beso y le dijo que era muy bueno al acordarse de ella. ¡Hum!… Miró en frío los ojos
de la foto y en frío ellos le devolvieron la mirada. Cierto que eran lindos y la
cara misma era bonita. Pero había algo mezquino en ella. ¿Por qué eran tan de seño­rona
inconsciente? La compostura de aquellos ojos lo irritaba. Lo repelían y lo desafiaban:
no había pasión en ellos, ningún arrebato. Pensó en lo que dijo Gallaher de las 
judías ricas. Esos ojos negros y orientales, pensó, tan llenos de pasión, de anhelos
voluptuosos… ¿Por qué se había casado con esos ojos de la fotografía? Se sorprendió
haciéndose la pregunta y miró, nervioso, al­rededor del cuarto. Encontró algo mezquino
en el lindo mobi­liario que comprara a plazos. Annie fue quien lo escogió y a ella
se parecían los muebles. Las piezas eran tan pretenciosas y lindas como ella. Se
le despertó un sordo resentimiento contra su vida. ¿Podría escapar de la casita?¿
Era demasiado tarde para vivir una vida aventurera como Gallaher? ¿Podría irse a
Londres? Había que pagar los muebles, todavía. Si sólo pudie­ra escribir un libro
y publicarlo, tal vez eso le abriría camino. Un volumen de los poemas de Byron descansaba
en la mesa. Lo abrió cauteloso con la mano izquierda para no des­pertar al niño 
y empezó a leer los primeros poemas del libro.

Quedo el viento y queda la pena vespertina,
 Ni el más leve céfiro ronda la enramada,
Cuando vuelvo a ver la tumba de mi Margarita Y esparzo las flores sobre la tierra
amada.

Hizo una pausa. Sintió el ritmo de los versos rondar por el cuarto. ¡Cuánta melancolía!¿
Podría él también escribir ver­sos así, expresar la melancolía de su alma en un 
poema? Había tantas cosas que quería describir; la sensación de hace unas horas 
en el puente de Grattan, por ejemplo. Si pudiera volver a aquel estado de ánimo…

El niño se despertó y empezó a gritar. Dejó la página para tratar de callarlo: pero
no se callaba. Empezó a acunarlo en sus brazos, pero sus aullidos se hicieron más
penetrantes. Lo meció más rápido mientras sus ojos trataban de leer la se­gunda 
estrofa:

En esta estrecha celda reposa la arcilla,
 Su arcilla que una vez…

Era inútil. No podía leer. No podía hacer nada. El grito del niño le perforaba los
tímpanos. ¡Era inútil, inútil! Estaba condenado a cadena perpetua. Sus brazos temblaron
de rabia y de pronto, inclinándose sobre la cara del niño, le gritó:
 -¡Basta! El
niño se calló por un instante, tuvo un espasmo de miedo y volvió a gritar. Se levantó
de su silla de un salto y dio vuel­tas presurosas por el cuarto cargando al niño
en brazos. So­llozaba lastimoso, desmoreciéndose por cuatro o cinco segun­dos y 
luego reventando de nuevo. Las delgadas paredes del cuarto hacían eco al ruido. 
Trató de calmarlo, pero sollozaba con mayores convulsiones. Miró a la cara contraída
y temblo­rosa del niño y empezó a alarmarse. Contó hasta siete hipidos sin parar
y se llevó el niño al pecho, asustado. ¡Si se muriera!… La puerta se abrió de un
golpe y una mujer joven entró corriendo, jadeante. -¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -exclamó.
El niño, oyendo la voz de su madre, estalló en paroxismos de llanto. -No es nada,
Annie… nada… Se puso a llorar. Tiró ella los paquetes al piso y le arrancó el niño.-¿
Qué le has hecho? -le gritó, echando chispas. Chico Chandler sostuvo su mirada por
un momento y el corazón se le encogió al ver odio en sus ojos. Comenzó a tarta­mudear.
Sin prestarle atención, ella comenzó a caminar por el cuar­to, apretando el niño
en sus brazos y murmurando: -¡Mi hombrecito! ¡Mi muchachito! ¿Te asustaron, amor?…¡
Vaya, vaya, amor! ¡Vaya!… ¡Cosita! ¡Corderito di­vino de mamá!… ¡Vaya, vaya! Chico
Chandler sintió que sus mejillas se ruborizaban de vergüenza y se apartó de la luz.
Oyó cómo los paroxismos del niño menguaban más y más; y lágrimas de culpa le vinieron
a los ojos.
