# Augusto Monterroso – OBRAS COMPLETAS

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- Published: 2017-04-25T19:49:30-03:00
- Author: Administrador

Cuando cumplió cincuenta y cinco años, el profesor Fombona había consagrado cuarenta
al resignado estudio de las más diversas literaturas, y los mejores círculos intelectuales
lo consideraban autoridad de primer orden en una dilatada variedad de autores. Sus
traducciones, monografías, prólogos y conferencias, sin ser lo que se llama geniales(
por lo menos eso dicen hasta sus enemigos) podrían constituir en caso dado una preciosa
memoria de cuanto valor se ha escrito en el mundo, máxime si ese caso fuera, digamos,
la destrucción de todas las bibliotecas existentes.

Su gloria como maestro de la juventud no era menor. El selecto grupo de ávidos discípulos
que comandaba, y con el que compartía una que otra hora por las tardes, veía en 
él un humanista de inagotable erudición y seguía sus indicaciones con fanatismo 
incondicional, del que el propio Fombona era el primero en asustarse: más de una
vez había sentido el peso de esos destinos gravitando sobre su conciencia.

El último, Feijoo, apareció tímidamente. Un día. Con cualquier pretexto, se atrevió
a reunírseles en el café*. Aceptado en principio por Fombona, más tarde se incorporó
al grupo como todo buen neófito: con cierto temor inocultable y sin participar mucho
en las discusiones. Sin embargo, pasados algunos días y vencida en parte la timidez
inicial, se decidió al fin a mostrarles algunos versos Le gustaba leerlos él mismo,
acentuando con entonación molestamente escolar las partes que creía de mayor efecto.
Después doblaba sus papelitos con serenidad nerviosa, los metía en su cartapacio
y jamás volvía a hablar de ellos. Ante cualquier opinión, favorable o negativa, 
desarrollaba un silencio oprimido, molesto. Inútil consignar que a Fombona esos 
trabajos no le parecían buenos, pero adivinaba en el autor cierta fuerza poética
oculta pugnando por salir.

La inseguridad de Feijoo no podía escapar a la felina percepción de Fombona. Muchas
veces lo pensó con detenimiento y estuvo a punto de decirle unas palabras de elogio(
era obvio que Feijoo las necesitaba); pero una resistencia extraña que no llegó 
nunca a comprender, o que trataba por todos los medios de ocultarse, le impedía 
pronunciar esas palabras. Por el contrario, si algo se le ocurría era más bien una
broma, cualquier agudeza sobre los versos, que provocaba invariablemente la risa
de todos. Decía que eso «descargaba la atmósfera» haciendo menos sensible su presencia
de maestro; pero un acre remordimiento se apoderaba siempre de él inmediatamente
después de aquellas salidas. La parquedad en el elogio era la virtud que cultivaba
con más esmero. Sin duda porque él mismo, a la edad de Feijoo, se avergonzaba de
escribir versos, y un rubor invencible -tanto mas difícil de evitar cuanto más combatido-
le subía al rostro si alguien encomiaba sus vacilantes composiciones. Aún ahora,
cuando cuarenta años de tenaz ejercicio literario -traducciones, monografías, prólogos
y conferencias- le deparaban una seguridad antes desconocida, rehuía todo género
de alabanzas, y los elogios de sus admiradores eran para él más bien una constante
amenaza, algo que en secreto imploraba, pero que rechazaba siempre con un gesto 
huraño, o superior.

Con el tiempo los poemas de Feijoo empezaron a ser perceptiblemente mejores. Claro,
ni Fombona ni su grupo se lo decían, pero en ausencia de Feijoo comentaban la posibilidad
de que terminara por convertirse en un gran poeta. Sus progresos fueron finalmente
tan notorios que el mismo Fombona se entusiasmó, y una tarde, como sin darse cuenta,
le dijo que a pesar de todo sus versos encerraban no poca belleza. El rubor de Feijoo
ante lo insólito de ese inesperado incienso fue más visible y penoso que nunca. 
Evidentemente sufría por la exigencia futura que esas palabras implicaban: mientras
Fombona guardó silencio no tenía nada que perder; ahora su obligación era superarse
a cada nuevo intento para conservar el derecho a aquella generosa frase de aliento.

Desde entonces le fue cada vez más difícil mostrar sus trabajos. Por otra parte,
a partir de ese momento el entusiasmo de Fombona se transformó en una discreta indiferencia
que Feijoo no tuvo la capacidad de comprender. Un sentimiento de impotencia lo asaltó
ya no sólo ante los demás, sino hasta a solas consigo mismo. Aquella alabanza de
Fombona equivalía un poco a la gloria, y el riesgo de una censura fue algo que Feijoo
no se sintió ya con fuerzas para afrontar. Pertenecía a esa clase de personas a 
quienes los elogios hacen daño.

En Daysie’s el café no es muy bueno y últimamente lo contamina la televisión. Saltemos
sobre la ingrata descripción de ese ambiente banal y no nos detengamos, pues no 
viene al caso, ni siquiera a ver los rostros llenos de vida de las adolescentes 
que pueblan las mesas, ni mucho menos a oír las conversaciones de los graves empleados
de banco que en las tardes, a la hora del crepúsculo, gustan dialogar, llenos de
la suave melancolía propia de su profesión, acerca de sus números y de las mujeres
sutilmente perfumadas con que sueñan.

Iturbe, Ríos y Montúfar charlaban sobre sus respectivas especialidades: Montúfar,
Quintiliano; Ríos, Lope de Vega; Iturbe, Rodó. Al calor de un café que la charla
había dejado enfriar, Fombona, como un director de orquesta, señalaba a cada uno
la nota apropiada, y extraía una y otra vez de su insondable saco gris (cruelmente
injuriado por superpuestas manchas de origen poco misterioso) tarjetas con nuevos
datos, por las cuales la posteridad estaría en aptitud de saber que hubo una coma
que Rodó no puso, un verso que Lope encontró prácticamente en la calle, un giro 
que indignaba a Quintiliano. Brillaba en todos los ojos la alegría que esos aportes
eruditos despiertan siempre en las personas de corazón sensible. Cartas de primordiales
especialistas, envíos de amigos lejanos y hasta contribuciones de procedencia anónima,
iban a acrecentar semana a semana el conocimiento exhaustivo de esos grandes hombres
distantes en el tiempo y en la geografía. Esta variante, aquella simple errata descubierta
en los textos, acrecentaban en el grupo la fe en la importancia de su trabajo, en
la cultura, en el destino de la humanidad.

Feijoo, según su costumbre, llegó en silencio y se colocó de inmediato al margen
de la conversación. Aparte de conocer bien a Lope de Vega (aunque conocer «bien»
a Lope de Vega era algo que Fombona no creía posible), es improbable que supiera
distinguir con claridad la diferencia precisa entre Quintiliano y Rodó. Resultaba
fácil ver que se sentía molesto y como disminuido.

Fombona consideró propicio el momento. Como solía en esos casos, produjo un cargado
silencio que se prolongó por varios minutos. Después, sonriendo un poco, dijo:

-Dígame, Feijoo, ¿recuerda aquella cita de Shakespeare que trae Unamuno en el capítulo
III de Del sentimiento trágico de la vida?

No; Feijoo no la recordaba.

-Búsquela; es interesante, puede servirle.

Tal como lo esperaba, al día siguiente Feijoo habló de aquella cita y de su torpe
memoria.

Unamuno dejó de ser tema de conversación por algunos días. Y Quintiliano, Lope y
Rodó tuvieron tiempo de crecer considerablemente.

Cuando ya Unamuno estaba olvidado por completo:

-Feijoo -dijo otra vez sonriendo Fombona-, usted que conoce tan bien a Unamuno, ¿
recuerda cuál fue su primer libro traducido al francés?

Feijoo no lo recordaba muy bien.

El sábado y el domingo siguiente no se vieron. Pero el lunes Feijoo proporcionó 
ese dato, y la fecha, y el pie de imprenta.

Desde ese día inolvidable las conversaciones adquirieron un nuevo huésped efectivo:
Feijoo. Ahora charlaban mucho mejor, y cierto atardecer desapacible, en que la lluvia
imprimía una vaga tristeza en los rostros de todos, Feijoo pronunció por primera
vez, clara y distintamente, el nombre sagrado de Quintiliano. Feijoo, antigua pieza
suelta en aquel armonioso sistema, había encontrado por fin su lugar preciso en 
el engranaje. Desde entonces los unió algo que antes no compartían: el afán de saber,
de saber con precisión.

Fombona volvió a gozar el deleite de sentirse maestro, y un día y otro imprimió 
un nuevo signo en aquella dócil materia. ¡La indecisión de Feijoo encajaba tan fácilmente
en la indecisión de Unamuno! El tema no fue escogido al azar. El campo era infinito.
Unamuno filósofo, Unamuno novelista, Unamuno poeta, Kierkegaard y Unamuno, Unamuno
y Heidegger y Sartre. Un autor digno de que alguien le consagrara la vida entera,
y él, Fombona, encauzando esa vida, haciéndola una prolongación de la suya. Imaginaba
a Feijoo en un mar de papeles y notas y pruebas de imprenta, libre de sus temores,
de su horror a la creación. ¡Qué seguridad adquiriría! Cómo en adelante aquel querido
muchacho temeroso podría enfrentarse a quien fuera, y hablar de todo a través de
Unamuno. Y se vio a sí mismo, cuarenta años atrás, sufriendo avergonzado y solo 
por el verso que se negaba a salir, y que si salía era únicamente para producirle
aquel rubor como fuego que nunca pudo explicarse. Pero de nuevo volvió la vieja 
duda a atormentarlo. Se preguntó otra vez si sus traducciones, monografías, prólogos
y conferencias -que constituirían, en caso dado, una preciosa memoria de cuanto 
de valor se había escrito en el mundo- bastarían a compensarlo de la primavera que
sólo vio a través de otros y del verso que no se atrevió nunca a decir. La responsabilidad
de un nuevo destino oprimía sus hombros. Y un como remordimiento, el viejo remordimiento
de siempre, vino a intranquilizar sus noches: Feijoo, Feijoo, muchacho querido, 
escápate, escápate de mí, de Unamuno; quiero ayudarte a escapar.

Cuando Marcel Bataillon nos visitó hace unos meses, Fombona les propuso organizar
una reunión para agasajarlo y hablar de sus libros.

En la pequeña fiesta Bataillon se interesó vivamente por los nuevos poetas, por 
la investigación literaria, por la pintura, por todo. Como a las diez y media Fombona
tomó a Feijoo por el brazo (creyó percibir una ligera resistencia que fue vencida
más por la autoridad de su mirada sonriente que por la fuerza), se acercó al distinguido
visitante y pronunció despacio, con calma:

-Maestro, quiero presentarle a Feijoo. Es especialista en Unamuno; prepara la edición
crítica de sus Obras completas.

Feijoo le estrechó la mano y dijo dos o tres palabras que casi no se oyeron, pero
que significaban que sí, que mucho gusto, mientras Fombona saludaba de lejos a alguien,
o buscaba un cerillo, o algo.
