# Rudyard Kipling – ELLOS

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- Published: 2017-03-04T19:08:00-03:00
- Author: Administrador

Un paisaje me llevaba a otro; la cima de una colina, a otra cercana, en la mitad
del condado, y ya que no tenía más dificultad que empujar una palanca dejé que el
condado fluyera bajo mis ruedas. Los llanos del este tachonados de orquídeas dieron
paso al tomillo, los acebos y la hierba grisácea de los promontorios calizos del
sur; y éstos a los maizales feraces y las higueras de la costa baja, donde a lo 
largo de veinticinco kilómetros inalterables se lleva a mano izquierda el batir 
de la marea ; y cuando por último torcí tierra adentro a través de un racimo de 
colinas redondeadas y bosques me encontré con que había perdido todos mis puntos
de referencia. Más allá de la mismísima aldea que presume de ser la madrina de la
capital de Estados Unidos, encontré villorrios perdidos donde las abejas, lo único
despierto, zumbaban alrededor de tilos de veinticinco metros de altura que se cernían
sobre grises iglesias normandas; arroyos milagrosos que se deslizaban bajo puentes
de piedra construidos para un tráfico más pesado que el que jamás volvería a hollarlos;
graneros diezmales más grandes que sus respectivas iglesias, y una vieja fragua 
que pregonaba con voz potente haber sido antaño una sala de los templarios. Encontré
gitanos en un ejido donde la aulaga, el brezo y el helecho decidían su predominio
en una batalla de más de un kilómetro de calzada romana; y algo más lejos espanté
a un zorro rojo que se revolcaba a la manera de los perros bajo la luz desnuda del
sol.

Viéndome encerrado entre colinas boscosas me erguí dentro del auto para orientarme
y busqué aquel gran promontorio cuya cima anillada es como un mojón para ochenta
kilómetros a la redonda de comarcas bajas. Por la estructura del terreno juzgué 
que acabaría dando con alguna carretera que discurriese, rumbo al este, hasta sus
pies, pero no había contado con el velo desorientador de los bosques. Una curva 
cerrada me sumergió primero en un verde terreno rebajado repleto de líquida luz 
solar, y después en un túnel lóbrego donde las hojas muertas del año anterior formaron
un alboroto de susurros alrededor de mis neumáticos. Los vigorosos avellanos que
se entrecruzaban sobre mi cabeza llevaban por lo menos dos generaciones sin ser 
podados, y ni una sola hacha había ayudado al roble y al haya, podridos de musgo,
a retoñar por encima de ellos. Aquí la carretera se convirtió francamente en una
vereda alfombrada sobre cuyo terciopelo pardo brotaban como jade matas de prímulas
marchitas, y unas cuantas campánulas azules cabeceaban al unísono, enfermizas, sobre
sus tallos blancos. Como la pendiente me era favorable apagué el motor y me dejé
llevar entre la hojarasca, esperando a cada momento encontrarme con algún guardabosques;
pero no oí más que un grajo, a lo lejos, disputando con el silencio bajo el crepúsculo
de los árboles.

El sendero seguía bajando. A punto estaba de invertir el sentido de la marcha y 
hacer un esfuerzo para volver en segunda antes de ir a dar en una ciénaga, cuando
vi luz solar a través de la maraña de vegetación que me cubría y solté el freno.
Cuesta abajo de nuevo. Como el sol me daba en la cara, mis ruedas delanteras invadieron
el césped de una gran pradera silenciosa de la cual surgían jinetes de tres metros
de altura blandiendo lanzas, monstruosos pavos reales y elegantes doncellas de honor
con la cabeza redondeada —azules, negras y relucientes—, todo ello en tejo recortado.
Al otro extremo de la pradera —las tropas arbóreas de los bosques la sitiaban por
tres lados— se alzaba una antigua casa de piedra cubierta de liquen y trabajada 
por la intemperie, con ventanas con parteluz y un tejado de color rojo rosado. Estaba
flanqueada por muros semicirculares, también de color rojo rosado, que cerraban 
la pradera por el cuarto lado, y a sus pies crecía un seto de boj de la altura de
un hombre. En el tejado había palomas que rondaban las esbeltas chimeneas de ladrillo,
y tuve un atisbo de un palomar octogonal detrás del muro de defensa.

Allí, entonces, me paré; la lanza verde de un jinete apuntaba a mi pecho; me retenía
la belleza excelsa de aquella joya en aquel enclave. “Si no me expulsan por intruso,
o si este caballero no se arroja sobre mí”, pensé, “por lo menos Shakespeare y la
reina Isabel deberían salir de esa puerta entreabierta del jardín para invitarme
a tomar el té”. Se asomó una niña en una de las ventanas de la planta alta y me 
pareció que la criaturita saludaba amistosamente con la mano. Pero era para llamar
a un compañero, pues enseguida se dejó ver otra cabeza brillante. Oí entonces una
risa entre los pavos reales de tejo, y volviéndome para cerciorarme (hasta entonces
había estado observando sólo la casa) vi la plata de una fuente tras un seto erigido
contra el sol. Las palomas del tejado arrullaban al agua arrulladora; pero entre
las dos melodías me llegó la risita de felicidad total de un niño entregado a alguna
pequeña travesura.

La puerta del jardín —roble macizo encajado en la robustez del muro— se abrió un
poco más: una mujer tocada con un gran sombrero de faena puso los pies despacio 
sobre el escalón de piedra erosionada, e igual de despacio echó a andar por el césped.
Estaba yo pensando en qué excusa dar cuando alzó la cabeza y vi que era ciega.

—Lo he oído —dijo—. ¿No es un automóvil?

—Me temo que me he equivocado de ruta. Debí desviarme más arriba… Nunca imaginé…—
rompí a hablar.

—Pero si me alegro mucho. ¡Figúrese un automóvil entrando en el jardín! Es tal acontecimiento…—
Se dio la vuelta e hizo como si lanzara una mirada en su derredor—. No habrá… no
habrá usted visto a nadie, ¿verdad?

—A nadie con quien haya podido hablar, pero a cierta distancia los niños parecían
interesados.

—¿Qué niños?

—Hace nada he visto a un par en la ventana de arriba, y creo haber oído a un chavalillo
por aquí por el jardín.

—¡Oh, hombre afortunado! —exclamó, y se le iluminó el semblante—. Yo los oigo, por
supuesto, pero eso es todo. ¿Usted los ha visto y oído?

—Sí —respondí—. Y, si algo entiendo de niños, hay uno que se está divirtiendo de
lo lindo ahí en la fuente. Ha huido, supongo.

—¿Le gustan los niños?

Le di una o dos razones por las cuales no los odiaba precisamente.

—Claro, claro —dijo—. Entonces lo entenderá. Entonces no creerá que estoy mal de
la cabeza si le pido que dé con el auto una o dos vueltas por el jardín… muy despacio.
Seguro que les encantará verlo. Ven tan pocas cosas, los pobrecitos. Una trata de
hacerles grata la vida, pero… —Extendió las manos en dirección al bosque—. Aquí 
estamos tan apartados del mundo.

—¡Será algo espléndido! —dije—. Pero lo que no querría es estropearle el césped.

Se volvió hacia la derecha.

—Espere un momento —dijo—. Estamos en la puerta sur, ¿no? Detrás de esos pavos reales
hay un sendero de losas. Lo llamamos el paseo de los Pavos Reales. Desde aquí no
se ve, me dicen, pero si consigue usted conducir arrimado al borde del bosque podrá
doblar cuando encuentre el primer pavo real y meterse en el sendero.

Era un sacrilegio desvelar el sueño de aquella fachada con el estruendo de la maquinaria
pero di un giro brusco para evitar el césped, pasé rozando el borde del bosque y
me metí en el ancho sendero empedrado donde se hallaba la taza de la fuente como
un zafiro astral.

—¿Puedo ir yo también? —gritó—. No, por favor, no me ayude. Les gustará más si me
ven a mí.

Tanteó el camino hacia la parte delantera del auto, y con un pie en el estribo llamó:

—¡Niños, eh, niños! ¡Venid a ver!

La voz habría hecho salir almas extraviadas del Abismo, por el anhelo que matizaba
su dulzura, y no me sorprendió oír un grito de respuesta más allá de los tejos. 
Debía de ser el niño de la fuente, pero en cuanto nos acercamos voló, dejando un
barquichuelo en el agua. Vi el destello de su camisa azul entre los jinetes inmóviles.
Con gran majestad desfilamos por todo el paseo y a requerimiento de ella volvimos
a hacerlo en dirección contraria. Esta vez el niño había dominado el pánico, pero
se mantenía lejos y vacilante.

—El muchachito nos está observando —dije—. Me pregunto si le apetecería dar una 
vuelta.

—Son aún timidísimos. Timidísimos. Pero ¡oh, qué afortunado es usted que puede verlos!
Escuchemos.

Detuve el motor de inmediato, y la húmeda quietud, grávida con el aroma del boj,
nos envolvió como una capa. Oí las tijeras de algún jardinero que podaba; un murmullo
de abejas y de voces quebradas que muy bien podían ser de las palomas.

—¡Oh, antipáticos! —dijo fastidiada.

—Acaso sólo les da miedo el automóvil. La chiquilla de la ventana parece enormemente
interesada.

—¿Sí? —Levantó la cabeza—. Ha sido un error por mi parte decir lo que he dicho. 
En realidad me quieren. Es lo único que hace la vida digna de ser vivida: que nos
quieran de verdad, ¿no le parece? No me atrevo a imaginar cómo sería este sitio 
sin ellos. Por cierto, ¿es hermoso?

—Creo que es el sitio más hermoso que he visto en mi vida.

—Es lo que dice todo el mundo. Yo puedo sentirlo, desde luego, pero no es exactamente
lo mismo.

—Entonces, ¿usted nunca…? —empecé, pero me interrumpí avergonzado.

—No, que yo recuerde. Ocurrió cuando apenas tenía unos meses, me dicen. Y, no obstante,
algo sí debo de recordar; de lo contrario, ¿cómo podría soñar en color? En mis sueños
veo luz, y colores, pero a ellos nunca. Sólo los oigo, como cuando estoy despierta.

—Es difícil ver caras en los sueños. Algunas personas pueden, pero la mayoría no
tenemos el don —proseguí, alzando la mirada hacia la ventana donde la niña seguía
casi escondida.

—También yo lo he oído decir —dijo—. Y me dicen que en sueños nunca se ve la cara
de alguien que ha muerto. ¿Es verdad?

—Creo que sí, ahora que lo pienso.

—Pero usted…, ¿usted ha visto alguna? —Los ojos ciegos se volvieron hacia mí.

—Jamás he visto en sueños las caras de mis muertos —contesté.

—Entonces debe de ser tan malo como ser ciego.

El sol se había sumergido detrás de los bosques y las largas sombras iban apoderándose
de los jinetes insolentes uno por uno. Observé extinguirse la luz en el extremo 
de una lanza cubierta de hojas brillantes y todo el bravo verde intenso diluirse
en suave negrura. La casa, aceptando el final de otro día, como había aceptado un
centenar de miles ya idos, parecía arraigar más profundamente en su descanso umbrío.

—¿Alguna vez lo ha deseado? —dijo después del silencio.

—A veces mucho —contesté. La niña había abandonado la ventana en cuanto las sombras
se cerraron sobre ella.

—¡Ah! Yo también, pero creo que no está permitido… ¿Dónde vive usted?

—Justo al otro extremo del condado: a más de noventa kilómetros, y ya tendría que
estar regresando. He venido sin los faros grandes.

—Pero todavía no está oscuro. Lo noto.

—Me temo que lo estará para cuando llegue a casa. ¿Podría mandar conmigo a alguien
que me indicara el camino? Estoy totalmente desorientado.

—Mandaré a Madden con usted hasta el cruce. Estamos tan apartados del mundo; ¡no
me extraña que se haya desorientado! Yo lo guiaré hasta la fachada de la casa; pero
irá despacio, ¿verdad?, hasta que salga del jardín. No creerá que digo ninguna tontería,¿
eh?

—Le prometo que iré así —dije, y dejé que el auto bajara por su propia inercia por
la pendiente del sendero de losas.

Rodeamos el ala izquierda de la casa, cuyas gárgolas de plomo de fundición primorosa
bien valían por sí solas todo un viaje; traspusimos un gran arco cubierto de rosales
que se abría en el muro rojo y después doblamos hacia la fachada principal de la
mansión, que en belleza y majestuosidad superaba a la de atrás, igual que a todas
las otras que había visto.

—¿Tan hermosa es? —me preguntó melancólica cuando escuchó mis arrebatos—. Y ¿también
le gustan las figuras de plomo? Detrás está el viejo jardín de las azaleas. Dicen
que éste es un sitio que debieron de construir para los niños. ¿Me ayuda a salir,
por favor? Me gustaría acompañarlo hasta el cruce, pero no puedo abandonarlos. ¿
Eres tú, Madden? Quiero que le indiques a este señor el camino hasta el cruce. Se
ha perdido, pero… los ha visto.

Un mayordomo apareció sin hacer el menor ruido en aquel portento de roble antiguo
que debían llamar de la puerta principal, y se deslizó hacia un lado para tomar 
su sombrero. Ella me miraba con aquellos ojos azules abiertos que no veían nada,
y por primera vez advertí que era guapa.

—Recuerde —me dijo con sosiego—, si le gustan volverá. —Y desapareció en el interior
de la casa.

En el auto el mayordomo no dijo nada hasta que nos aproximamos a la verja de entrada,
donde, al atisbo de una camisa azul en un matorral, me desvié generosamente para
que el demonio que impulsa a los niños a jugar no me convirtiera en un infanticida.

—Perdone —preguntó de pronto—, pero ¿por qué ha hecho eso, señor?

—Por el niño de allí.

—¿Nuestro señorito de azul?

—Claro.

—Corretea mucho. ¿Lo vio usted junto a la fuente, señor?

—Oh, sí, varias veces. ¿Doblamos por aquí?

—Sí, señor. Y ¿por casualidad no los habrá visto también en la planta alta?

—¿En la ventana? Sí.

—¿Antes de que la señora saliera a hablar con usted, señor?

—Un poquito antes. ¿Por qué está interesado en saberlo?

Hizo una breve pausa.

—Sólo para asegurarme de que… de que ellos habrían visto el auto, señor, porque 
con niños rondando por aquí, aunque estoy seguro de que usted conduce con especial
cuidado, podría producirse un accidente. Sólo para eso, señor. Hemos llegado al 
cruce. Desde aquí ya no puede perder el camino. Gracias, señor, pero no es nuestra
costumbre, no con…

—Lo siento —dije, y me guardé la plata británica.

—Oh, como norma, es lo que se estila con los demás. Adiós, señor.

Se recluyó en la torre fortificada de su casta y se alejó. Evidentemente era un 
mayordomo cuidadoso del honor de su casa e interesado, probablemente por mediación
de una doncella, en las labores de crianza. Cuando hube pasado los postes del cruce
miré hacia atrás, pero las colinas apeñuscadas se entrelazaban con tanto celo que
no fui capaz de distinguir el emplazamiento de la mansión. Cuando pregunté su nombre
en una casita que encontré en la carretera, la mujerona que allí vendía confites
me dio a entender que los poseedores de automóviles apenas tenían derecho a vivir…
y mucho menos a “ir por ahí charlando como quien va en coche de caballos”. No era
una comunidad muy afable. Cuando aquella noche reconstruí mi ruta sobre el mapa 
adquirí un poco más de sabiduría. Antigua Granja de Hawkin parecía ser la denominación
catastral, y la vieja County Gazetteer, por lo común tan exhaustiva, no la mencionaba.
La gran mansión de aquellos parajes era Hodnington Hall, georgiana con adornos del
primer periodo victoriano, según testimoniaba un horrendo grabado en acero. Trasladé
mis dificultades a un vecino —un árbol de profunda raigambre en aquella región— 
y me dio el nombre de una familia sin ningún poder de evocación.

Más o menos un mes más tarde…, volví, o tal vez fue mi auto quien tomó la carretera
en un acto de volición. Pasó los promontorios estériles del sur, se abrió paso entre
todos y cada uno de los recodos del laberinto de senderos a los pies de las colinas,
se manejó a través de los bosques cercados hasta arriba, impenetrables en la plenitud
de su foliación, salió al cruce donde me había dejado el mayordomo, y un poco después
desarrolló cierto trastorno interior que me obligó a desviarlo hasta un claro herboso
en un bosque de avellanos sumido en el silencio estival. En la medida en que podía
estar seguro gracias al sol y a un mapa del estado mayor, aquélla tenía que ser 
la carretera que flanqueaba el bosque que la otra vez había explorado viniendo de
la cima de las colinas. Convertí mis reparaciones en un asunto de auténtica trascendencia,
y en un deslumbrante taller mi equipo de herramientas, llaves inglesas, bombas de
aire y demás, que esparcí con orden sobre una manta de viaje. Era una trampa para
cazar a toda la chiquillería, pues en semejante día, argüí, los niños no debían 
de andar lejos. Mientras hacía pausas en la labor prestaba atención, pero el verano
resonaba tan profusamente en el bosque (aunque las aves se habían apareado ya) que
en un primer momento fui incapaz de percibir el paso de unos piececitos cautelosos
que se deslizaban sobre la hojarasca. Toqué la bocina a modo de reclamo seductor,
pero los pies volaron, conque me arrepentí, pues para un niño no hay mayor terror
que el de un ruido imprevisto. Debía de llevar media hora manos a la obra cuando
oí en el bosque la voz de la ciega, que gritaba:

—Niños, eh, niños, ¿dónde os habéis metido?

Y el silencio se tornó más lento para coronar la perfección del grito. Ella se dirigía
hacia mí, medio tanteando el camino entre los troncos de los árboles, y aunque llevaba,
al parecer, a un niño pegado a las faldas, al acercarse más éste se escabulló como
un conejo en la espesura.

—¿Es usted? —dijo—. ¿El del otro extremo del condado

—Sí, soy el del otro extremo del condado.

—Entonces, ¿por qué no ha venido por los bosques de las colinas? Ellos estaban allí
ahora mismo.

—Estuvieron aquí hace unos minutos. Creo que se enteraron de que tenía una avería
y vinieron a ver el espectáculo.

—No se tratará de algo grave, espero. ¿Cómo se averían los autos?

—De cincuenta formas distintas. Sólo que el mío ha escogido la cincuenta y una.

Rió alegremente la pequeña chanza, con carcajada arrulladora y deliciosa, y se echó
el sombrero hacia atrás.

—Déjeme escuchar —dijo.

—Un momento —repuse—, que le traeré un almohadón.

Puso los pies en la manta cubierta de piezas desmontadas y se inclinó sobre ellas
con ilusión.

—¡Qué cosas tan encantadoras! —Las manos con las que veía exploraron el terreno 
irregularmente iluminado por el sol—. Aquí hay una caja… ¡y aquí otra! ¡Caramba,
las ha acomodado usted como en una juguetería!

—Ahora confieso que las saqué para atraerlos. Lo cierto es que no necesito ni la
mitad de todo esto.

—¡Qué amable por su parte! Oí su bocina desde el bosque de la colina. ¿Dice usted
que antes de eso estaban aquí?

—Estoy seguro. ¿Por qué son tan tímidos? El chiquillo de azul que venía ahora mismo
con usted debería haber superado ya su miedo. Me ha estado observando como un piel
roja.

—Habrá sido la bocina —dijo—. Oí a uno de ellos pasar por mi lado todo nervioso 
cuando venía hacia aquí. Son tímidos… mucho, incluso conmigo. —Volvió la cabeza 
sobre el hombro y gritó de nuevo—: ¡Niños! ¡Eh, niños! ¡Venid a ver!

—Habrán ido todos a ocuparse de sus cosas —sugerí, pues a nuestras espaldas se oía
un murmullo de voces apagadas salpicado por las agudas risitas súbitas de la niñez.

Volví a mis chapuzas y ella se inclinó hacia adelante, apoyado el mentón en una 
mano, atento el oído.

—¿Cuántos son? —dije al fin. El trabajo estaba terminado, pero no veía razón para
marcharme.

Ella frunció un poco el entrecejo, pensativa.

—En realidad lo ignoro —dijo sinceramente—. A veces más, a veces menos. Vienen y
se quedan conmigo porque los quiero, ya lo ve.

—Debe de ser graciosísimo —dije, poniendo un cajón en su sitio, y mientras lo decía
reparé en la inanidad de mi comentario.

—¿No se estará riendo de mí? —exclamó—. Yo… yo no tengo hijos propios. Nunca me 
casé. A veces la gente se ríe de mí a causa de ellos porque… porque…

—Porque son unos salvajes —afirmé—. No hay por qué soliviantarse. Los de esa ralea
se ríen de todo lo que no sea sus satisfechas vidas.

—No lo sé. ¿Cómo iba a saberlo? Es sólo que no me gusta que se rían de mí a causa
de ellos. Duele; y cuando una no ve… No querría parecer tonta —dijo, y la barbilla
le temblaba como a un niño mientras hablaba—, pero los ciegos sólo tenemos una piel,
en mi opinión. Todo lo de fuera nos golpea directamente en el alma. Con ustedes 
es distinto. Ustedes tienen unas defensas excelentes en los ojos; antes de que alguien
pueda herirlos de veras en el alma pueden verlo. Con nosotros la gente se olvida
de eso.

Permanecí en silencio, mientras pasaba revista a aquella cuestión inagotable: la
brutalidad, no sólo heredada (pues es también escrupulosamente enseñada), de los
pueblos cristianos, en comparación con la cual es limpia y mesurada la simple idolatría
del negro de la costa occidental. Esto me llevó muy lejos dentro de mí.

—¡No haga eso! —dijo de pronto, cubriéndose los ojos con las manos.

—¿El qué? Hizo un ademán.

—¡Eso! Es… es todo púrpura y negro. ¡No lo haga! Ese color lastima.

—Pero ¿cómo diantres conoce los colores? —exclamé, pues eso encerraba toda una revelación.

—¿Los colores en cuanto colores? —preguntó.

—No. Esos colores que acaba usted de ver.

—Usted lo sabe tan bien como yo —dijo riendo—, o de lo contrario no habría hecho
esa pregunta. No están en el mundo. Están en usted… cuando se ha puesto tan furioso.

—¿Se refiere a algo así como una mancha de un tenue color púrpura, como vino de 
oporto mezclado con tinta? —dije.

—Nunca he visto ni tinta ni oporto, pero los colores no están mezclados. Están separados…
bien separados.

—¿Se refiere a algo así como rayas y motas negras sobre el púrpura? 

Asintió.

—Sí…, si es que son así. —Y de nuevo trazó un zigzag con el dedo—. Pero es más rojo
que púrpura ese color malo.

—Y ¿cuáles son los colores que ocupan el primer puesto en… lo que sea que usted 
ve?

Se agachó despacio y trazó sobre la manta la figura del Huevo.

—Así los veo —dijo señalando con un tallo de hierba—, blanco, verde, amarillo, rojo,
púrpura, y cuando la gente está enojada o es mala, negro sobre rojo… como usted 
ahora.

—¿Quién le habló de estas cosas… en un principio? —pregunté.

—¿De los colores? Nadie. Cuando era pequeña preguntaba de qué color eran manteles
y cortinas y alfombras, ¿sabe?, porque algunos me lastimaban y otros me ponían contenta.
La gente me lo decía; y cuando me hice mayor fue así como vi a las personas. —Otra
vez trazó la silueta del Huevo, que sólo a unos pocos nos es dado ver.

—¿Todo usted sola? —insistí.

—Todo yo sola. No tenía a nadie más. Sólo más tarde descubriría que hay otras personas
que no ven los colores.

Estaba recostada en el tronco de un árbol trenzando y des-trenzando tallitos de 
hierba arrancados al azar. Los niños del bosque se habían acercado. Los veía por
el rabillo del ojo jugueteando como ardillas.

—Ahora estoy segura de que usted jamás se reirá de mí —prosiguió después de una 
larga pausa—. Ni de ellos.

—¡Por el amor de Dios! ¡No! —exclamé arrancado de golpe a mis pensamientos—.¡Un 
hombre que se ríe de un niño (a menos que el niño se ría también) es un pagano!—
No era eso lo que yo quería decir, por descontado. Usted nunca se reiría de un niño,
pero pensé… antes pensaba… que tal vez sí podría reírse sobre ellos. Conque ahora
le pido disculpas… ¿De qué está por reírse?

No salió de mí el menor sonido, pero ella sabía.

—De la sola idea de que me pida disculpas. Si usted hubiera cumplido con su deber
como pilar del Estado y terrateniente, habría debido denunciarme por violación de
propiedad cuando irrumpí en sus bosques el otro día. Fue vergonzoso por mi parte,
imperdonable.

Me miró, con la cabeza apoyada en el árbol, larga y fijamente: esta mujer que podía
ver el alma al desnudo.

—Qué curioso —dijo en un susurro—. Qué curioso de veras.

—Pero ¿qué he hecho?

—No entiende…, y sin embargo sí entiende los colores. ¿No entiende?

Hablaba con una pasión que nada había justificado, y la miré perplejo mientras se
ponía de pie. Los niños se habían reunido en corro detrás de un zarzal. Una cabeza
lustrosa se inclinó sobre algo más pequeño, y por la posición de los hombritos deduje
que tenía los dedos sobre los labios. También ellos tenían algún terrible secreto
infantil. Sólo yo estaba perdido sin ninguna esperanza bajo la luz del ancho sol.

—No —dije, y negué con la cabeza como si los ojos sin vida pudieran advertirlo—.
Sea lo que fuere, no lo entiendo todavía. Tal vez lo entienda más adelante… si me
permite volver.

—Volverá —respondió—. Seguro que volverá a pasear por el bosque.

—Quizá para entonces los niños me conozcan lo bastante para dejarme jugar con ellos…,
como un favor. Ya sabe cómo son los niños.

—No es cuestión de favor sino de derecho —replicó, y mientras yo me preguntaba qué
querría decir, una mujer desgreñada apareció corriendo en el recodo de la carretera,
revueltos los cabellos, rojo el semblante, casi agonizando por la carrera. Era mi
gorda amiga maleducada de la confitería. La ciega prestó oídos y avanzó un paso—.¿
Quién es? ¿La señora Madehurst? —preguntó.

La mujer se llevó con violencia el delantal a la cara y literalmente se arrastró
por el polvo, lloriqueando que su nieto estaba enfermo de muerte, que el médico 
de la localidad estaba de pesca, que Jenny, la madre, estaba fuera de sí, y así 
sucesivamente, con reiteraciones y clamores.

—¿Dónde se puede encontrar a otro médico por aquí cerca? —pregunté entre dos paroxismos.

—Madden se lo indicará. Vaya a la casa y lléveselo con usted. Yo me ocuparé de esto.¡
Dése prisa! —La ciega sostuvo a medias a la gorda y se la llevó a la sombra. Dos
minutos después hacía sonar yo todas las trompetas de Jericó ante la fachada de 
la Casa Hermosa, y Madden, desde la despensa, acudió a la crisis como un mayordomo
y como un hombre.

Un cuarto de hora a velocidad ilegal nos proporcionó un médico después de ocho kilómetros.
Otro cuarto de hora después lo depositábamos, interesadísimo en los automóviles,
ante la puerta de la confitería, y nos quedamos en la carretera a aguardar el veredicto.

—Cosas útiles los autos —dijo Madden, todo hombre y nada mayordomo—. Si hubiera 
tenido uno cuando la mía enfermó, no habría muerto.

—¿Qué ocurrió? —pregunté.

—Garrotillo. La señora Madden no estaba. Nadie sabía qué hacer. Recorrí doce kilómetros
en un carro de carga en busca del médico. Se había asfixiado cuando volvimos. Este
auto la habría salvado. Ahora tendría casi diez años.

—Lo lamento —dije—. Sabía cuánto le gustaban los niños por lo que me dijo camino
del cruce el otro día.

—¿Ha vuelto a verlos, señor… esta mañana?

—Sí, pero ven un auto y echan a correr. No logré que uno solo se acercara a menos
de veinte metros de él.

Me miró con atención de la misma manera que un explorador examina a un desconocido…
no como un sirviente debería alzar la vista ante el superior adjudicado a él por
la divinidad.

—Me pregunto por qué —dijo mientras respiraba hondo.

Seguimos esperando. Una ligera brisa marina erraba de un lado a otro de la larga
sucesión de bosques, y la hierba de la orilla de la carretera, ya blanqueada de 
polvo estival, se erguía y curvaba en oleadas cetrinas. Una mujer, sacudiéndose 
el jabón de los brazos, salió de la casa contigua a la confitería.

—He estado escuchando desde el patio de atrás —dijo con animación—. Dice que Arthur
está terriblemente mal. ¿Lo han oído gritar hace un momento? Terriblemente mal. 
Sospecho que la semana que viene le llegará a Jenny el turno de pasear por el bosque,
señor Madden.

—Disculpe, señor, pero se le escurre la manta del regazo —dijo deferente Madden.

La mujer se sobresaltó, hizo una reverencia y se marchó corriendo.

—¿Qué quiere decir con eso de “pasear por el bosque”? —pregunté.

—Debe de ser un modismo de estos andurriales. Yo soy de Norfolk —dijo Madden —. 
En este condado son gente muy independiente. Lo ha tomado por un chófer, señor.

Vi que el médico salía de la casa seguido por una muchacha desaliñada que se colgaba
de su brazo como si él pudiera interceder en un pacto con la Muerte.
—Estos niños—
plañía— son para nosotras, que los tenemos igual que si fueran hijos legítimos. ¡
Igual, igual! Y Dios se alegraría tanto si salvara a uno de ellos, doctor. No me
lo quite. La señorita Florence le dirá lo mismo. ¡No lo abandone, doctor!—Ya sé,
ya sé —dijo el hombre—, pero ahora va a quedarse tranquilo un rato.

Traeremos a la enfermera y los medicamentos cuanto antes. —Me hizo una seña para
que me acercara con el auto, y yo me esforcé en desentenderme de lo que iba a seguir;
pero vi el rostro de la muchacha, cuarteado y helado por el dolor, y noté su mano
sin anillo tratando de aferrarse a mis rodillas justo cuando arrancábamos. El médico
era hombre de cierto carácter, pues recuerdo que requirió mi auto amparándose en
el juramento de Esculapio, y se valió de él y de mí sin misericordia. En primer 
lugar trasladamos a la señora Madehurst y a la ciega a casa del enfermo para que
lo velaran hasta que llegase la enfermera. A continuación invadimos una bonita población
en busca de medicamentos (el médico dijo que se trataba de meningitis cerebroespinal),
y cuando el Hospital del Condado, rodeado y flanqueado por reses de mercado asustadas,
se declaró carente de enfermeras por el momento, literalmente nos lanzamos sobre
todo el condado. Conferenciamos con propietarios de grandes mansiones, magnates 
al final de arboledas abovedadas cuyas huesudas hembras abandonaban sus mesas de
té para escuchar al imperioso doctor. Finalmente, una dama de cabellera blanca sentada
bajo un cedro del Líbano y rodeada por una corte magnificente de galgos rusos —todos
ellos hostiles a los automóviles— le dio al médico, que las recibió como de manos
de una princesa, órdenes escritas que portamos a velocidad máxima durante muchos
kilómetros, a través de una hacienda, hasta un convento de monjas francesas, donde
recibimos a cambio una hermana pálida y temblorosa. Se arrodilló al fondo del asiento
trasero y, empezó a pasar las cuentas de su rosario sin pausa hasta que, utilizando
atajos de la invención personal del médico, llegamos a la confitería una vez más.
Fue una tarde prolongada repleta de episodios demenciales que se levantaban y disolvían
como el polvo de nuestras ruedas; fragmentos de vidas remotas e incomprensibles 
por las cuales acelerábamos girando en ángulo recto; y volví a casa ya de anochecida,
extenuado, y soñé con un fragor de reses cornudas; con monjas de ojos redondos paseando
por un jardín de tumbas; con tés deliciosos a la sombra de los árboles; con los 
corredores pintados de gris, que olían a ácido fénico, del Hospital del Condado;
con pasos de niños tímidos en el bosque, y con manos que se aferraban a mis rodillas
al arrancar el automóvil.

Tenía intención de volver al cabo de uno o dos días, pero al Destino le complugo
mantenerme alejado de esa parte del condado, con muchos pretextos, hasta que el 
saúco y el rosal silvestre dieron su fruto. Llegó al fin un día resplandeciente,
despejado por el viento del sudoeste, que me puso las colinas al alcance de la mano:
un día de corrientes inestables y altas nubes tenues. Sin mérito alguno por mi parte
estaba libre, y por tercera vez conduje el auto por la carretera que ya conocía.
Al llegar a las cimas de los promontorios del sur sentí que la suave brisa cambiaba,
la vi ponerse vidriosa bajo el sol; y mirando abajo hacia el mar contemplé en aquel
instante el azul del canal tornándose de plata bruñida, luego de acero mate y finalmente
de peltre deslucido. Un carguero de carbón que bordeaba la costa ponía rumbo a aguas
más profundas, y a través de una calina cobriza vi desplegar una vela tras otra 
en la anclada flota pesquera. En un valle boscoso y profundo a mis espaldas tamborileaba
un remolino súbito de viento al abrigo de los robles y levantaba los primeros ejemplares
de hojarasca otoñal. Cuando llegué a la carretera de la playa, la niebla marina 
se extendía sobre el empedrado y la marea contaba a todos los rompeolas el ventarrón
que venía de más allá de Ushant. En menos de una hora la Inglaterra estival se desvaneció
en un escalofrío gris. Éramos otra vez la isla cerrada del norte, con todos los 
barcos del mundo vociferando ante nuestras peligrosas puertas; y entre su vocerío
sonaban los chillidos de las gaviotas asombradas. Mi gorra rezumaba humedad, los
pliegues de la manta la acumulaban en charquitos o la vertían en hilillos, y la 
escarcha salada se me adhería a los labios.
Tierra adentro, el aroma del otoño impregnaba
la niebla espesa entre los árboles, y la llovizna se transformó en un chaparrón 
continuo. No obstante, las flores tardías —la malva de la orilla del camino, la 
escabiosa del campo y la dalia del jardín— manifestaban un poco de alegría entre
la bruma, y, en todo cuanto quedaba lejos del soplo del mar, pocos signos de falta
de lozanía se observaban entre las hojas. En las aldeas, de todos modos, las casas
estaban abiertas de par en par, y niños de piernas desnudas y cabeza descubierta
se sentaban a sus anchas en los húmedos escalones de los portales para gritar “pip-
pip” al forastero.

Me armé de valor para llamar a la puerta de la confitería, donde la señora Madehurst
me recibió con las lágrimas hospitalarias de una mujer gorda. El hijo de Jenny, 
dijo, había muerto dos días después de la llegada de la monja. Mejor así, creía 
ella, mejor sin él, a pesar de que las compañías de seguros, por motivos que ella
no pretendía comprender, rehusaban asegurar vidas tan extraviadas. Gracias a la 
señorita Florence, el niño había tenido un entierro con una pompa que, en opinión
de la señora Madehurst, tapaba con creces la pequeña irregularidad de su nacimiento.
Describió el ataúd, por dentro y por fuera, el coche fúnebre de cristales y el ornato
de siemprevivas de la tumba.

—Pero ¿cómo está la madre? —pregunté.

—¿Jenny? Oh, lo superará. Yo tuve que pasar lo mismo con uno o dos de los míos. 
Lo superará. Ahora pasea por el bosque.

—¿Con este tiempo? La señora Madehurst me miró desde detrás del mostrador entrecerrando
los ojos.

—No lo sé, pero es algo que abre el corazón, ¿sabe usted? Sí, abre el corazón. Allí
es donde perder y concebir se vuelven a la larga la misma cosa, decimos nosotros.

Ahora bien, la sabiduría de las viejas matronas es mayor que la de todos los Padres,
y este último oráculo me dejó tan profundamente reflexivo mientras enfilaba la carretera
que a punto estuve de atropellar a una mujer y a un niño en la boscosa revuelta 
próxima a la verja de entrada de la Casa Hermosa.

—¡Qué mal tiempo! —exclamé, disminuyendo la marcha para coger la curva.

—No es tan malo —replicó con placidez la mujer saliendo de la niebla—. El mío está
acostumbrado. Los de usted estarán dentro, supongo.

Dentro, Madden me recibió con cortesía profesional y un amable interés por la salud
del automóvil, el cual llevó a cubierto. Aguardé en un salón silencioso de color
nuez, adornado con bonitas flores tardías y caldeado por un fuego de leños delicioso:
un sitio de buenos auspicios y gran paz. (Los hombres y las mujeres pueden a veces,
tras grandes esfuerzos, hacer creíble una mentira; pero una casa, que es su templo,
no puede decir nada que no sea la verdad sobre quienes han vivido en ella.) Un carrito
de juguete y una muñeca descansaban en el suelo blanco y negro, donde había una 
alfombra arrugada. Comprendí que los niños acababan de huir —casi seguramente para
esconderse— por los múltiples recodos de la gran escalera de madera labrada que 
ascendía sin claudicaciones desde la sala, o para espiarme agazapados tras los leones
y rosas esculpidos de la galería de la planta alta. Oí entonces la voz de ella desde
arriba cantando como cantan los ciegos, con el alma:

En los hermosos huertos cercados.
Y todo mi primer verano acudió de nuevo bajo esa
invocación.En los hermosos huertos cercados pedimos a Dios que bendiga nuestras 
ganancias.Pero que Dios bendiga nuestras pérdidas es más propio de nuestra condición.
Prescindió del ripioso verso quinto y repitió:¡Es más propio de nuestra condición!

La vi apoyada en la galería, con sus enclavijadas manos blancas como una perla contra
el roble.

—¿Es usted… el del otro extremo del condado? —llamó.

—Sí, yo, el del otro extremo del condado —respondí riendo.

—Cuánto tiempo se ha tomado para volver. —Bajó deprisa la escalera, tocando apenas
con una mano el ancho pasamanos—. Hace dos meses y cuatro días. ¡Ha pasado el verano!

—Quise venir antes, pero el Destino lo impidió.

—Lo sabía. Por favor, haga algo con ese fuego. No me dejan tocarlo, pero sé que 
se está portando mal. ¡Atícelo!

Miré a ambos lados de la profunda chimenea y sólo encontré una estaca de seto medio
chamuscada con la cual empujé un leño negro hasta las llamas.

—Nunca lo apagamos, ni de noche ni de día —dijo a modo de explicación—. Por si llega
alguien con los pies helados, ya sabe.

—Es aún más bonita por dentro que por fuera —murmuré. La luz roja se derramó en 
todos los paneles de madera oscura pulidos por el tiempo, hasta que las rosas Tudor
y los leones de la galería cobraron color y movimiento. Un antiguo espejo convexo
rematado por un águila conjugaba los elementos del cuadro en su corazón misterioso,
deformando todavía más las ya deformadas sombras y curvando las líneas de la galería
en las curvas propias de un barco. El día se cerraba en un medio vendaval en tanto
que la niebla se deshacía en flecos. A través de los parteluces sin cortinas del
amplio ventanal veía yo los valientes jinetes de la pradera retrocediendo y avanzando
ante el viento que los escarnecía con legiones de hojas muertas.

—Sí, debe de ser bonita —dijo—. ¿Le gustaría recorrer la casa? Todavía hay luz suficiente.

La seguí por la impávida escalera, ancha como un vagón, a la galería, donde abrió
las puertas isabelinas de estrías finas.

—Vea a qué baja altura están los picaportes, por mor de los niños. —Abrió una puerta
liviana hacia el interior de una habitación.

—A propósito, ¿dónde están? —pregunté—. Hoy ni siquiera los he oído.

No respondió enseguida. Luego repuso con suavidad:

—Yo sólo puedo oírlos. Ésta es una de sus habitaciones; todo está dispuesto, vea.

Indicaba una habitación toda revestida de gruesos paneles de madera. Había mesitas
plegables bajas y sillas de niño. Delante de una casa de muñecas, con la fachada
medio despegada, había un gran caballo de balancín, moteado, desde cuya silla almohadillada
cualquier niño podría cubrir de un salto el espacio hasta el asiento amplio de la
ventana que miraba a la pradera. Una escopeta de juguete yacía en un rincón al lado
de un cañón de madera dorada.

—Seguramente se acaban de ir —susurré. En la luz menguante crujió una puerta con
cautela. Oí el frufrú de un vestido y el golpeteo de unos pies… unos pies veloces
que cruzaban otra habitación.

—Lo he oído —exclamó triunfante—. ¿Y usted? Niños, eh, niños, ¿dónde estáis?

La voz resonó en las paredes, que la sostuvieron amorosamente hasta la última nota
perfecta, pero no se oyó ningún grito de respuesta como el que yo había oído en 
el jardín. Corrimos de una habitación a otra por pisos pavimentados de roble; un
peldaño arriba aquí, tres peldaños abajo allá, entre un laberinto de pasillos, burlados
siempre por nuestra presa. Era como si hubiéramos tratado de invadir una madriguera
abierta de conejos con un solo hurón. Había bocas innumerables, huecos en las paredes,
alféizares de ventanas hundidas en lo más hondo, desde donde podían ponerse en pie
de un salto a nuestras espaldas; y chimeneas que no se usaban, cavadas dos metros
dentro de la mampostería, así como una maraña de puertas de comunicación. Sobre 
todo, ellos tenían el crepúsculo como aliado suyo en nuestro juego. Habían llegado
a mis oídos una o dos jocosas risitas evasivas, y una o dos veces había visto la
silueta de un vestido infantil recortada contra una de las ventanas en penumbra 
en el extremo de un pasillo; pero regresamos a la galería con las manos vacías, 
justo cuando una mujer de edad madura colocaba una lámpara en su hornacina.

—No, yo tampoco la he visto esta tarde, señorita Florence —la oí decir—, pero ese
tal Turpin dice que desea verla por lo de su establo.

—Oh, seguro que el señor Turpin está apuradísimo por verme. Dígale que pase al salón,
señora Madden.

Miré abajo hacia el salón, cuya única iluminación era el fuego mortecino, y en lo
profundo de la sombra los vi por fin. Debían de haber bajado sin hacer ruido mientras
nosotros recorríamos los pasillos, y ahora se creían perfectamente ocultos detrás
de un biombo antiguo de cuero dorado. Con arreglo a la ley de los niños, mi persecución
infructuosa valía como una presentación en regla, pero en vista de las molestias
que me había tomado resolví obligarlos a salir recurriendo al sencillo truco, que
los niños detestan, de fingir no hacerles caso. Estaban cerca, en un corrillo: nada
más que sombras excepto cuando una breve llamarada delataba uno de sus perfiles.

—Y ahora tomaremos un poco de té —dijo—. Me parece que debí ofrecérselo antes, pero
una nunca llega a saber lo que son los modales, en cierta medida, cuando vive sola
y es considerada… mmm… peculiar. —Y con sorna evidente añadió—: ¿Quiere una lámpara
para ver lo que come?

—El fuego de la chimenea es más agradable, me parece. —Descendimos a aquella penumbra
deliciosa y Madden sirvió el té.

Tomé asiento de espaldas al biombo a fin de poder pillar, o ser pillado, según se
desarrollara el juego, por sorpresa a los niños, y, con el permiso de mi anfitriona,
pues el fuego del hogar siempre es sagrado, me agaché para remover las brasas.

—¿De dónde saca estos leños cortos tan preciosos? —pregunté ociosamente—. ¡Pero 
si son tarjas!

—Pues claro —dijo—. Como no puedo leer ni escribir he tenido que volver a las antiguas
tarjas inglesas para mis cuentas. Déme una y le diré lo que pone.

Le alcancé una tarja de avellano que aún no había ido a parar al fuego, casi de 
treinta centímetros de largo, y ella deslizó el pulgar por las muescas.

—Ésta es la partida de leche para la granja correspondiente al mes de abril del 
año pasado, en galones —dijo—. No sé lo que habría sido de mí sin las tarjas. Uno
de mis antiguos guardabosques me enseñó el sistema. Ahora resulta anticuado para
todo el mundo; pero mis arrendatarios lo respetan. Acaba de llegar para verme uno
de ellos. Oh, no se preocupe. Él nada tiene que hacer aquí fuera de las horas de
despacho. Es un hombre codicioso e ignorante… muy codicioso, o de lo contrario… 
no vendría aquí después del anochecer.

—¿Posee usted muchas tierras, pues?

—Sólo unas ochenta hectáreas dependen personalmente de mí, a Dios gracias. Las otras
doscientas cuarenta están casi todas arrendadas a familias que conocieron a mi familia
antes que a mí, pero este Turpin es completamente nuevo…, y un salteador de caminos.

—Pero ¿está usted segura de que no seré…?

—Ciertamente no. Usted está en su derecho. Él no tiene niños.

—¡Ah, los niños! —dije, y deslicé hacia atrás mi silla baja hasta casi tocar el 
biombo que los ocultaba—. Me pregunto si saldrán a conocerme.

Hubo un murmullo de voces —la de Madden y otra más grave— en la baja y oscura puerta
lateral, y un gigantón pelirrojo con polainas de lona, ejemplar inequívoco de granjero
arrendatario, entró dando un traspié, o bien de un empujón.

—Acérquese al fuego, señor Turpin —dijo ella.

—Si… si no le importa, señorita, prefiero… prefiero quedarme junto a la puerta. —
Se aferró al picaporte mientras hablaba, como un niño aterrado. De improviso me 
di cuenta de que era presa de un pánico casi indominable.

—¿Y bien?

—El establo nuevo para las reses jóvenes: sólo quería hablarle de eso. Estas primeras
tormentas de otoño no cesan… pero ya volveré otro día, señorita. —Sus dientes no
castañeteaban mucho más que el picaporte.

—Me parece mejor que no —repuso ella llanamente—. El establo nuevo… mmm… ¿Qué le
escribió mi apoderado el día quince?

—Yo… pensé que tal vez si venía a verla.., de hom… de hombre a hombre, señorita…,
pero…

Sus ojos recorrían todos los rincones de la sala, desorbitados de espanto. Entreabrió
la puerta por donde había entrado, pero luego la vi cerrada otra vez: desde afuera
y con firmeza.

—Mi apoderado le escribió lo que yo le dije que escribiera —prosiguió—. Ya tiene
usted reses en exceso. Dunnett’s Farm nunca mantuvo más de cincuenta terneros, ni
siquiera en tiempos del señor Wright. Y él estercolaba. Usted tiene sesenta y siete
y no estercola. Ha incumplido el contrato a ese respecto. Le está chupando la sangre
a la granja.

—Yo… yo voy a traer fertilizantes.., superfosfatos… la semana próxima. Ya he pedido
que me manden un carro lleno. Mañana iré a la estación de carga para arreglar eso.
Puedo venir después a verla de hombre a hombre, señorita, a la luz del día… Este
caballero no se marcha, ¿verdad? —Casi lo gritó.

Yo me había limitado a deslizar la silla un poco más atrás, hasta tocar ligeramente
el cuero del biombo, pero él saltó como una rata.

—No. Por favor, présteme atención, señor Turpin. —Ella se volvió hacia él en su 
asiento y se enfrentó mientras él seguía con la espalda contra la puerta. Fue una
estratagema vieja y sórdida lo que ella lo obligó a confesar: la construcción de
un establo nuevo a expensas de la arrendadora, con lo cual él podría pagar de sobra
la renta del año siguiente con el importe del estiércol protegido, como ella dejó
claro, después de haber exprimido hasta la médula los pastizales fertilizados. No
pude sino admirar la intensidad de su codicia al verlo arrostrar en pro de sus beneficios
el pánico que corría goteando por su frente.

Dejé de tocar el cuero —de hecho estaba calculando el coste del establo— y entonces
noté las manos suaves de un niño que asían y daban con suavidad la vuelta a mi mano
relajada. Así que por fin había triunfado. Dentro de un instante me daría la vuelta
y conocería a aquellos vagabundos escurridizos. Un beso breve acarició el centro
de la palma de mi mano: como un regalo que esperase, por una vez, que los dedos 
se cerraran sobre él: como la señal, toda fe, mitad reproche, de un niño que espera
y que no está acostumbrado a la desatención incluso cuando los mayores están más
ocupados… un fragmento de un código tácito de tan antigua invención. Entonces supe.
Y fue como si hubiera sabido desde el primer día cuando desde la pradera miré a 
la ventana de la planta alta. Oí que se cerraba la puerta. La mujer se volvió hacia
mí en silencio y comprendí que ella sabía. Cuánto tiempo pasó después de esto, no
lo sabría decir. Me despabiló un leño que caía, y maquinalmente me levanté para 
volver a colocarlo en su sitio. Volví luego a mi asiento cerquísima del biombo.

—Ahora entiende —susurró ella desde las tupidas sombras.

—Sí, entiendo… ahora. Gracias.

—Yo… yo sólo los oigo. —Bajó la cabeza y la escondió entre las manos—. No tengo 
ningún derecho, ¿sabe?… ningún otro derecho. Ni los he concebido ni los he perdido…¡
ni concebido ni perdido!

—Alégrese mucho, pues —dije, pues se me había desgarrado el alma.

—¡Perdóneme!

Guardó silencio, y yo volví a mi pena y mi gozo.

—Fue porque yo los quería tanto —dijo por fin con voz entre-cortada—. Fue por eso,
incluso desde el momento en que empezó… antes incluso de que supiera que ellos… 
que ellos eran todo cuanto tendría alguna vez. ¡Y los quería tanto!

Extendió los brazos hacia la sombra y hacia las sombras dentro de la sombra.

—Vinieron porque los quería, porque los necesitaba. Yo… yo debo de haber sido quien
los hizo venir. ¿Hice mal, cree usted?

—No, no.

—Le… le aseguro que los juguetes y… y todo ese tipo de cosas eran una tontería, 
pero… pero yo misma odiaba tanto las habitaciones vacías cuando era niña. —Señaló
la galería—. Y los pasillos todos vacíos… Y ¿cómo habría podido tolerar que la puerta
del jardín permaneciera cerrada? Suponga que…

—¡No! ¡Por piedad, no! —grité. El crepúsculo había traído una lluvia fría con ráfagas
ventosas que tiraban de las ventanas emplomadas.

—Y lo mismo con lo de tener el fuego encendido toda la noche. A mí no me parece 
tan demencial, ¿y a usted

Contemplé la gran chimenea de ladrillo, vi, creo que a través de lágrimas, que no
había ningún guardafuego de hierro en la boca ni cerca de ella, y agaché la cabeza.

—Hice todo eso y otras muchas cosas… sólo por fingir. Entonces vinieron ellos. Los
oía, pero no supe que no eran míos por derecho hasta que la señora Madden me dijo…

—¿La esposa del mayordomo? ¿El qué?

—A una de ellos.., yo la oí… ella la vio.., y supimos. ¡Suya! No para mí. Yo lo 
ignoraba al principio. Tal vez estuviera envidiosa. Después empecé a comprender 
que sólo era porque los quería, no porque… Oh, hay que concebir o perder —dijo lastimera—.
No hay otra forma… y, sin embargo, ellos me quieren. ¡Deben quererme! ¿No?

No sonaba en la sala otro ruido que las voces chisporroteantes del fuego, pero los
dos oímos abstraídos, y al menos para ella fue consolador lo que oyó. Se rehízo 
y se incorporó a medias. Yo permanecí sentado inmóvil en la silla al lado del biombo.

—No me considere una desgraciada por lamentarme de mí misma de este modo, pero… 
pero yo vivo sólo en la oscuridad, ya lo sabe, y usted puede ver.

En verdad podía ver, y mi visión me fortaleció en mi resolución, aunque era una 
verdadera dicotomía de espíritu y carne. Sin embargo, quise quedarme un poco más
porque era la última vez.

—¿Cree usted que está mal, pues? —preguntó con intensidad, aunque yo no había dicho
nada.

—En su caso no. Mil veces no. En su caso está bien… No hay palabras para expresarle
mi gratitud. En mi caso estaría mal. Únicamente en mi caso…

—¿Por qué? —dijo, pero se pasó la mano por la cara igual que en nuestro segundo 
encuentro en el bosque—. Ah, ya veo —continuó sin más, como un niño—. En su caso
estaría mal. —Y con una risita contenida añadió—: Y ¿se acuerda?, yo lo llamé hombre
afortunado… una vez… al principio. ¡A usted, que no debe volver aquí jamás!

Permitió que siguiese sentado junto al biombo un rato más, y oí morir el sonido 
de sus pasos en la galería de la planta alta.
