# SAKI (H.H. Munro) El jardín ocasional

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- Published: 2017-02-10T16:39:53-03:00
- Author: Administrador

—No me hable a mí acerca de los jardines de la ciudad —dijo Elinor Rapsley—, lo 
que significa, naturalmente, que quiero que me escuche por alrededor de una hora
mientras no hablo de otra cosa. “Qué bien proporcionado jardín tienen”, nos decía
la gente cuando acabábamos de mudarnos acá. Lo que supongo que querían decir era
qué lugar bien proporcionado para un jardín que teníamos. En realidad, el tamaño
es una contra: es demasiado grande como para ignorarlo totalmente y tratarlo como
un patio, y es demasiado pequeño para criar jirafas en él. ¿Comprende? Si pudiéramos
criar jirafas o renos o alguna otra especie de animales que pacieran allí, podríamos
explicar la ausencia general de vegetación refiriéndonos a la fauna del jardín: “
No se pueden tener wapitis[1] y tulipanes, sabes, de modo que no plantamos ningunos
bulbos el año pasado”. De hecho, no tenemos wapitis y los tulipanes no sobrevivieron
al hecho de que la mayor parte de los gatos de la vecindad convocan un parlamento
en el centro del cantero de tulipanes; esa franja de aspecto más bien abandonado
que planeábamos como una bordura de geranios alternando con alegrías ha sido utilizada
por el parlamento gatuno como lobby separatista. Esas divisiones se han hecho bastante
frecuentes últimamente, mucho más frecuente que lo que suelen ser las floraciones
de geranios. No tendría tantas ocasiones si se tratase de gatos comunes, pero me
quejo de que se reúna en mi jardín un congreso de gatos vegetarianos. Deben ser 
vegetarianos, mi querida, porque, por muchos estragos que cometan en los sembrados
de alverjillas, nunca parecen tocar a los gorriones; hay siempre tantos gorriones
adultos en el jardín los sábados como había los lunes, para mencionar el agregado
de nuevos plumíferos. Parece haber una irreconciliable diferencia de opinión entre
los gorriones y la Providencia, puesto desde el comienzo de los tiempos, en cuanto
a si un azafrán queda mejor en postura vertical con sus raíces en la tierra o recostado
con su tallo prolijamente cortado; los gorriones siempre tienen la última palabra
en el asunto, al menos en nuestro jardín. Me imagino que la Providencia debe haber
tenido originariamente la intención de votar una Ley de Enmienda, o como quiera 
que se llame, proveyendo o bien un gorrión menos destructivo o un azafrán más indestructible.
El único aspecto consolador de nuestro jardín es que no se lo ve desde la sala ni
desde el salón de fumar, de modo que a menos que la gente esté cenando o almorzando
con nosotros no pueden divisar la desnudez de la tierra. Es por eso que estoy tan
furiosa con Gwenda Pottingdon, que prácticamente me ha obligado a invitarla a almorzar
el próximo miércoles; me oyó que le ofrecía almorzar conmigo a la chica de Paulcote
si iba de compras ese día y, por supuesto, me preguntó si podía venir ella también.
Sólo viene para refocilarse con mis desaliñadas borduras de flores y a cantar loas
sobre su sobrecultivado jardín. Estoy harta de oír decir que es la envidia del vecindario;
es como todo lo demás que le pertenece, su coche, sus cenas, hasta sus dolores de
cabeza, todos son superlativos; nadie tuvo nunca nada como ellos. Cuando confirmaron
a su hijo mayor, fue un suceso tan sensacional, de acuerdo con su versión de él,
que casi se esperaba que se formularan preguntas sobre él en la Cámara de los Comunes,
y ahora viene a propósito para mirar fijamente mis pobres miserables pensamientos
y los huecos en mi bordura de alverjillas, y para hacerme una brillante y completa
descripción de los raros y suntuosos pimpollos de su rosedal.

—Mi querida Elinor —dijo la baronesa—, te ahorrarías todo esta amargura y una cantidad
de cuentas del jardinero, para no mencionar la ansiedad respecto de los gorriones,
pagando simplemente una suscripción anual a la a.p.o.o.

—Nunca oí hablar de eso —dijo Elinor—. ¿Qué es?

—La Asociación de Provisión de Oasis Ocasionales —dijo la baronesa—. Existe para
solucionar casos exactamente como el tuyo, casos de patios interiores que no son
prácticos para fines de jardinería, pero se requiere que florezcan en pintorescos
fondos decorativos a intervalos determinados, cuando se proyecta un almuerzo o una
cena con invitados. Suponte, por ejemplo, que esperas gente a almorzar a la una 
y media; simplemente telefoneas a la Asociación a las diez y media de esa misma 
mañana y le dices “Jardín de almuerzo”. Ésa es toda la molestia que tienes que tomarte.
Para las doce y cuarenta y cinco minutos, tu patio estará alfombrado con una franja
de césped aterciopelado, con un borde de flores de espino color lila o rosa, o lo
que sea de acuerdo con la estación; como fondo, uno o dos cerezos en flor y macizos
de pesadamente florecidos rododendros llenando los rincones; al frente tienes un
incendio de claveles o amapolas Shirley, o lirios en flor. Tan pronto como termina
el almuerzo y tus invitados han partido, el jardín parte también, y todos los gatos
de la Cristiandad pueden realizar una reunión en tu patio sin causarte un momento
de ansiedad. Si viene a almorzar un obispo o un anticuario o alguien de ese tipo,
simplemente menciona ese hecho cuando pidas el jardín, y tendrás un parque a la 
antigua, con un cerco de tejo recortado y un reloj de sol y malvas, y quizás una
morera y borduras de minutisas y campanillas de Canterbury, y una o dos anticuadas
colmenas escondidas en un rincón. Ésas son las líneas comunes que provee la Asociación
Oasis, pero pagando unas guineas extra por año tienes derecho a su servicio de emergencia
edv.

—¿Qué diablos es un servicio edv?

—Es un signo convencional que indica casos especiales como la incursión de Gwenda
Pottingdon. Significa que viene a almorzar o cenar alguien de cuyo jardín se dice
que es “la envidia del vecindario”.

—Sí —exclamó Elinor con algo de entusiasmo—, ¿y qué sucede entonces?

—Algo que suena como un milagro salido de Las mil y una noches. Tu patio se llena
de voluptuosidad con granados y almendros, bosquecillos de limoneros y cercos de
cactus en flor, deslumbrantes filas de azaleas, fuentes con bases de mármol en los
que garzas blancas y de color almendra caminan delicadamente entre exóticos nenúfares,
mientras faisanes dorados se pavonean en terrazas de alabastro. El efecto general
sugiere la idea de que la Providencia y Norman Wilkinson hubiesen depuesto sus mutuos
celos y colaborado para producir un fondo de ballet ruso al aire libre; en realidad,
es simplemente el fondo para tu almuerzo. Si algo de energía le queda a Gwenda Pottingdon,
o quienquiera sea tu huésped de edv en ese momento, menciona distraídamente que 
tu putella trepadora es la única en Inglaterra, ya que la que estaba en Chatsworth
murió el último invierno. No existe cosa alguna como una putella trepadora, pero
Gwenda Pottingdon y las de su clase habitualmente no reconocen una flor de otra 
sin apuntador.

—Pronto —dijo Elinor—, la dirección de la Asociación.

Gwenda Pottingdon no gozó de su almuerzo. Era una comida simple pero elegante, excelentemente
cocinada y delicadamente servida, pero faltó notoriamente la salsa picante de su
conversación. Había preparado una larga sucesión de elogiosos comentarios sobre 
las maravillas de su jardín de ciudad, con sus efectos sin rival de magnificencia
hortícola, y he aquí que su tema quedó clausurado por todos lados por el lujurioso
cerco de bereberes siberianos que constituían un brillante fondo al sorprendente
fragmento del país de las hadas de Elinor. Los granados y los limoneros, la fuente
con terrazas, donde la carpa dorada se deslizaba y retorcía entre las raíces de 
los irises vistosamente coloreados, las amontonadas masas de pimpollos exóticos,
el cerco estilo pagoda, donde retozaban los tejones de arena, todo esto contribuyó
a quitarle el apetito a Gwenda y a moderar su deseo de hablar sobre jardinería.

—No puedo decir que admiro la putella trepadora —observó con voz cortante— y de 
todos modos no es la única de su especie en Inglaterra; sé que existe una en Hampshire.
Cómo está pasando de moda la jardinería. Supongo que hoy en día la gente no tiene
tiempo para ella.

De todos modos fue uno de los almuerzos más exitosos de Elinor.

Fue decididamente una imprevista catástrofe que Gwenda irrumpiera en la casa cuatro
días más tarde y entrara sin que se lo pidieran en el comedor.

—Pensé que debía decirte que a mi Elaine le han aceptado un esbozo de acuarela en
el Gremio de Artistas de Talento Latente; será expuesto en la exhibición de verano
de la Galería Hackney. Será la sensación del momento en el mundo del arte… ¿Qué 
demonios ha pasado con tu jardín? ¡No está allí!

—Las sufragistas —dijo prontamente Elinor—, ¿no oíste hablar de ello? Entraron y
lo deshicieron en alrededor de diez minutos. Me sentí tan apenada por los estragos
que hice vaciar todo el lugar; lo haré reconstruir de nuevo con líneas algo más 
elaboradas.

—Eso —le dijo más tarde a la baronesa— es lo que llamo tener un cerebro de emergencia.
