# Julio Cortázar – LA NOCHE BOCA ARRIBA

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- Published: 2016-11-23T19:36:21-03:00
- Author: Administrador

_Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;_

_le llamaban la guerra florida._
 A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía
ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde
el portero de al lado le permitía guardarla.

En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo
sobrado adonde iba.

El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y —porque para sí mismo,
para ir pensando, no tenía

nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas,
y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes
vitrinas de la calle central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto,
el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias
villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos
bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo sobre la derecha como correspondía, 
se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado.
Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio
que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes,
ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y la mano, desviándose
a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión.
Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando
de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando
lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces
que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas
y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su
derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea
que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba a una farmacia próxima,
supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. «Usté
la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado.» Opiniones,
recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo
dándole a beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de
barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda
donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los
efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo
casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una
o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, 
mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta
no parecía muy estropeada.

«Natural —dijo él—. Como que me la ligué encima…» Los dos se rieron, y el vigilante
le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía
poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del
fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido
o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando
una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían
cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo,
y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien,
casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda
puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien
de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos 
de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El
hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la
mano derecha. Le palmeó una mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero
un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los
tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una 
fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas.
Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre,
y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando
de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño
algo se rebelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado
del juego.

«Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en
su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil,
temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, 
tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente
del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor
rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama
quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó
despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese
incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la 
selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el
suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr,
pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el
rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado
hacia adelante.

—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga 
sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la
última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas
y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían
darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo 
iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez pero saboreaba el placer
de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos,
respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco
que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara
anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja con un tubo que subía hasta un frasco
de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le 
ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba
arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos
de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo
una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un
trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco.
El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba
a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron
a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco
incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes
sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante
embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque
arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada—
pensó—. Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro,
y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso
y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio,
se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del
día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin
saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el escorpión de los pantanos 
hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios 
musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta,
a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos
se le estaban hundiendo despacio en el barro, la espera en la oscuridad del chaparral
desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna
y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de 
la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizás los
guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habían
hecho, pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría 
hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su 
fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Olió los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara
en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca.

El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello
casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban 
las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces
una soga lo atrapó desde atrás.

—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé
del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa.
Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector.
Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y 
seguro, sin ese acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había
tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas 
que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de 
agua mineral en la mesa de noche.

Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta
camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca 
la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del
hotel, sacando la moto.

¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento
del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que
no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado
del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía
la sensación que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera
tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido
distancias inmensas.

El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo
negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con
el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla;
con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era
raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo 
el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta
afiebrada la frescura del agua mineral.

Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de
la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse,
pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la
garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones;
lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las 
muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado
y húmedo.

El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente
el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido,
ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las
piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli,
estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en 
un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo
su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. 
Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya
los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la
boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran
lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió
como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se
le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor
se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de 
las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la 
ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio.
Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas.
Cedieron las sogas y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce;
se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo 
llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando 
vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían
agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a 
un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de 
antorcha. Cuando en vez de techo nacieran las estrellas y se alzara frente a él 
la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa
nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire lleno de estrellas, pero 
todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente,
y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su
verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra
blanda que lo rodeaba.

Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de 
noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la 
sombra azulada de los ventanales. Jadeó, buscando el alivio de los pulmones, el 
olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez quecerraba 
los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando
a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto
iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes,
sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él.
Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua;
no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo
seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca
arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como
una boca de sombra y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante
le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban
y se abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector
de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por
la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las
hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante
de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban
para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó
los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, 
porque otra vez estaba inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero
olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador
que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez
los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto,
que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño
en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces 
verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que 
zumbaba bajo sus piernas. En la mentira de ese sueño también lo habían alzado del
suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido
boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.
