# John Cheever – EL NADADOR

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- Published: 2016-10-14T02:04:46-03:00
- Author: Administrador

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche
bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de 
labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así
como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural
donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
 —Bebí
demasiado —decía Donald Westerhazy. —Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.—
Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí demasiado clarete. El escenario
de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, 
procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave
tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes,
tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se
aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba.
Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua,
y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía
conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia
quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la 
escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado 
un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría habérselo
comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos,
y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión
era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado
nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones
los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio
placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur,
en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado
de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le
ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí. No había
nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no
puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver,
con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea
que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento,
de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en
honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas,
pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de
manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente
maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar
su belleza. Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de 
cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que 
no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas
veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera
casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo
muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación
ha gravado ese deporte con ciertas costumbres, y en la par-te del mundo donde habitaba
Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde 
y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, 
y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido
a la naturaleza de su proyecto. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —
nunca usaba la escalerilla—, y comenzó a cruzar el césped. Cuando Lucinda le preguntó
que adonde iba, respondió que iría nadando hasta casa. Sólo podía utilizar mapas
imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente. Primero
estaban los Graham, y a continuación los Hammer, los Lear, los Howland, y los Crosscup.
Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco
pasaría por casa de los Levy y de los Welcher, para utilizar así también la piscina
pública de Lancaster. Luego venían los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley
Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era estupendo, y vivir en un mundo con 
tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la 
caridad del universo. Neddy se sentía en plena forma, y atravesó el césped corriendo.
Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino, 
explorador; lo hacía sentirse un hombre con un destino, y estaba seguro de encontrar
amigos a lo largo de todo el trayecto; no tenía la menor duda de que sus amigos 
ocuparían las orillas del río Lucinda. Atravesó el seto que separaba la propiedad
de los Westerhazy de la de los Graham, anduvo bajo algunos manzanos en flor, pasó
junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina
de los Graham. —¡Hola, Neddy! —dijo la señora Graham—, ¡qué agradable sorpresa! 
Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Déjame que 
te prepare algo de beber. Neddy comprendió entonces que, como cualquier explorador,
necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y
las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. No deseaba desconcertar
a los Graham ni mostrarse antipático, pero tampoco disponía de tiempo para quedarse
allí. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol; unos minutos más
tarde, la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut
le facilitó las cosas. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente, Neddy
pudo escabullirse. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham, pasó
por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los 
Hammer. La dueña de la casa, al levantar la vista de las rosas, vio a alguien que
pasaba nadando, pero no llegó a saber de quién se trataba. Los Lear lo oyeron cruzar
la piscina a nado a través de las ventanas abiertas de la sala de estar. Los Howland
y los Crosscup habían salido. Al dejar la casa de los Howland, Neddy cruzó Ditmar
Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker, desde donde, ya a aquella distancia,
le llegaba el alboroto de una fiesta. El agua devolvía el sonido de las voces y 
de las risas, y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. La piscina
de los Bunker estaba en alto, y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta
llegar a la terraza, donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían.
Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua, flotando sobre una balsa
de goma. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación
crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color
zafiro, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra 
fría. Sobre sus cabezas, una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases
de vuelo daba vueltas y más vueltas, y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo
de un niño subido en un columpio. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena,
una ternura que era casi como una sensación física, motivada por algo tangible. 
Oyó un trueno a lo lejos. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo. —¡Mirad quién
está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir,
creí que iba a morirme. Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección,
y cuando terminaron de besarse, Enid lo llevó hacia el bar; avanzaron lentamente
porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la
mano de otros tantos hombres. Un barman sonriente que había visto ya antes en un
centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica, y Ned se quedó allí un instante,
temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su 
viaje. Cuando parecía que iba a verse rodeado, se tiró a la piscina y nadó pegado
al borde para evitar la balsa de Rusty. Al salir por el otro lado se cruzó con los
Tomlinson; los obsequió con una cordial sonrisa, y echó a andar rápidamente por 
el sendero del jardín. La grava le hacía daño en los pies, pero ésa era la única
sensación desagradable. La fiesta sé celebraba únicamente en los alrededores de 
la piscina y, al llegar junto a la casa, Ned notó que se había debilitado el sonido
de las voces. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de 
béisbol. Domingo por la tarde. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados
y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava 
de los Bunker. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño, pero
no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero
de grava de los Levy, con un cartel de Propiedad Privada y un recipiente cilíndrico
de color verde para el New York Times. Todas las puertas y las ventanas de la amplia
casa estaban abiertas, pero no había signos de vida; ni siquiera un perro que ladrara.
Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse.
Sobre una mesa al otro extremo de la piscina, cerca de un cenador adornado con linternas
japonesas, había una mesa con vasos, botellas y platos con cacahuetes, almendras
y avellanas. Después de atravesar la piscina a nado, Ned se sirvió ginebra en un
vaso. Era la cuarta o la quinta copa, y había nadado aproximadamente la mitad del
curso del río Lucinda. Se sentía cansado, limpio, y, en ese momento, satisfecho 
de encontrarse solo; satisfecho con el mundo en general. Iba a haber una tormenta.
La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido, y mientras descansaba
allí un momento, oyó otra vez el retumbar de un trueno. La avioneta roja seguía 
dando vueltas, y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando
en el aire de la tarde; pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en
movimiento. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. ¿Las cuatro,
las cinco? Se imaginó la estación local, donde, en ese momento, un camarero con 
el esmoquinoculto bajo un impermeable, un enano con un ramo de flores envuelto en
papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías.
Estaba oscureciendo de pronto; era el instante en que los pájaros más estúpidos 
parecían transformar su canto en un anuncio, preciso y bien informado, de la proximidad
de la tormenta. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la 
copa de un roble, como si alguien hubiera abierto una espita. Después, el ruido 
como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. ¿Por qué le 
gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con
violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las
escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le
parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento
de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva, de algún suceso
reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión, acompañada de un olor como
de pólvora, y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado
en Kyoto dos años antes, ¿o hacía sólo un año? Ned se quedó en el cenador de los
Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había enfriado el aire, y un escalofrío
le recorrió el cuerpo. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas
de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad
de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza
ante ese signo del otoño. Hizo unos movimientos gimnásticos, apuró la ginebra y 
se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Eso significaba cruzar el picadero de
los Lindley, y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos
desmantelados. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían
ausentado durante el verano, dejando sus animales al cuidado de otras personas. 
Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos,
pero no sabía exactamente qué. Siguió adelante, notando la hierba húmeda contra 
los pies descalzos, en dirección a la casa de los Welcher, donde se encontró con
que la piscina estaba vacía. Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario 
le produjo una absurda decepción, y se sintió como un explorador que busca las fuentes
de un torrente y encuentra un cauce seco. Ned notó que lo dominaba el desconcierto
y la decepción. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan
durante el verano, pero nadie vaciaba la piscina. Los Welcher se habían ido definitivamente.
Las sillas, las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas, amontonadas 
y cubiertas con lonas. Los vestuarios, cerrados, y lo mismo sucedía con todas las
ventanas de la casa, y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba
hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «Se Vende», clavado
en un árbol. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría
que decir, más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al 
recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido
más de una semana. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los
sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien
jugaba un partido de tenis. Aquello lo animó, disipando todas sus aprensiones, y
permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Aquél
era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. ¡Aquel día, precisamente!
De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje.

Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo
visto, casi desnudo, en la cuneta de la autopista 424, esperando una oportunidad
para cruzar al otro lado. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata,
o una persona a quien se le ha estropeado el coche, o, simplemente, un chiflado.
Junto al asfalto, con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías, trapos 
sucios y parches para neumáticos desechados—, expuesto al ridículo, resultaba penoso.
Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido, que figuraba
en sus mapas, pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban
bajo la luzdel verano, descubrió que no estaba preparado psicológicamente. Los ocupantes
de los automóviles se reían de él, lo tomaban a broma, y llegaron incluso a tirarle
una lata de cerveza, y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación.
Podría haberse vuelto atrás, regresar a casa de los Westerhazy, donde Lucinda estaría
aún sentada al sol. No había firmado nada, no había prometido nada, no se había 
apostado nada, ni siquiera consigo mismo. ¿Por qué, creyendo como creía que toda
humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común, se sabía incapaz
de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido, aun a costa de
poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella
payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver
atrás, ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los 
Westerhazy, ni el placer de aspirar los componentes de aquel día, ni las serenas
y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. En una hora aproximadamente,
Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso.
 Un anciano que
conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de
la autopista, donde había una tira de césped. Allí se vio expuesto a las bromas 
del tráfico que avanzaba en dirección contraria, pero al cabo de unos diez minutos
o un cuarto de hora consiguió cruzar. Desde allí sólo tenía que andar un poco para
llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster, que disponía de 
varios frontones y de una piscina pública. La peculiar resonancia de las voces cerca
del agua, la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente
en casa de los Bunker, pero aquí los sonidos resultaban más fuertes, más agrios 
y más penetrantes, y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente,
Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas
tienen que ducharse antes de usar la piscina. Todos los bañistas deben utilizar 
el pediluvio. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación.» Ned se
duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde
de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a unfregadero. Sendos monitores, desde
sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares,
insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. Ned recordó con
nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse —echar
a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga,
pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que aquello no pasaba de ser
un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. Se tiró al cloro con ceñuda expresión
de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar 
colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando
llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:—¡
A ver, ése, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua! Ned lo
hizo así, pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo, y, dejando atrás
el desagradable olor de las cremas bronceaduras y del cloro, saltó una valla de 
poca altura y atravesó los frontones. Le bastó cruzar la carretera para entrar en
la parte arbolada de la propiedad de los Halloran. Nadie se había preocupado de 
arrancar la maleza que crecía entre los árboles, y tuvo que avanzar con grandes 
precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la
piscina. Los Halloran eran amigos suyos; se trataba de unas personas de edad avanzada
y enormemente ricos, que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos
de filocomunismo. Eran reformadores llenos de celo, pero no comunistas; sin embargo,
cuando alguien los acusaba de subversivos, como sucedía a veces, parecían agradecerlo
y sentirse rejuvenecidos. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas,
y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy.
Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa
forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Los Halloran, por
razones que nunca le habían sido explicadas, no utilizaban trajes de baño. En realidad,
no hacía falta ninguna explicación. Su desnudez era un detalle de su celo reformista
libre de prejuicios, y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el
espacio limitado por el seto de hayas. La señora Halloran, una mujer corpulenta 
de cabello blanco y expresión serena, leía el Times. Su marido sacaba hojas de haya
de la piscina con una red. No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo.
Su piscina era quizá la más antigua del condado, un rectángulo construido con piedras
cogidas del campo, alimentado por un arroyo. Carecía de filtro o de bomba, y sus
aguas tenían la dorada opacidad de la corriente. —Estoy atravesando a nado el condado—
dijo Ned. —Vaya, no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran. —
Bueno, he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Debo de haber recorrido
unos seis kilómetros. Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina, 
fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. Mientras salía a pulso 
del agua, oyó decir a la señora Halloran: —Sentimos mucho que te hayan ido tan mal
las cosas, Neddy. —¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted 
hablando. —¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas… —No recuerdo
haber vendido la casa —dijo Ned—. En cuanto a las chicas, no les ha pasado nada,
que yo sepa. —Sí —suspiró la señora Halloran—. Claro… Su voz llenaba el aire con
una melancolía intemporal, y Ned la interrumpió precipitadamente: —Gracias por el
baño. —Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran. Al otro lado 
del seto, Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. Le estaba un poco grande,
y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. Tenía frío, 
estaba cansado, y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo 
habían deprimido. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas, pero ¿cómo podía
haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera
o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían.
Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era
el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. Caían
hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. ¿Quién podía estar quemando
hojarasca en aquella época del año? Necesitaba un trago. El whisky lo calentaría,
le levantaría el ánimo, lo sostendría hasta el final de su viaje, renovaría su convicción
de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. 
Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. Necesitaba un estimulante.
Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran, y siguió andando hasta
el pabellón que habían construido para Helen, su única hija, y para su marido, Erich
Sachs. Ned encontró a los Sachs en su piscina, que era bastante pequeña. —¡Neddy!—
exclamó Helen—. ¿Has almorzado en casa de mi madre? —No exactamente —dijo Ned—. 
He entrado un momento a saludar a tus padres. —No parecía que hiciese falta dar 
más explicaciones—. Siento mucho presentarme así de sorpresa, pero me ha dado un
escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa. —Me encantaría
hacerlo —dijo Helen—, pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric.
Y de eso hace ya tres años. ¿Estaba perdiendo la memoria, o era acaso que su capacidad
para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de
su casa, de las dificultades de sus hijas, y de la enfermedad de su amigo Eric? 
La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre, donde vio tres cicatrices
antiguas, más blancas que el resto de la piel, dos de ellas de treinta centímetros
de largo por lo menos. El ombligo había desaparecido, y Ned pensó en el desconcierto
de una mano inquisitiva que, al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos
masculinos, se encontrara con un vientre sin ombligo, sin unión con el pasado, sin
continuidad en la sucesión natural de los seres. —Estoy segura de que encontrarás
algo de beber en casa de los Biswanger—dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto.
Se los oye desde aquí. ¡Escucha! Helen alzó la cabeza, y desde el otro lado de la
carretera, desde el otro lado de los jardines, de los bosques, de los campos, Ned
oyó de nuevo el ruido, lleno de resonancias, de las voces cerca del agua. —Bueno,
voy a darme un remojón —dijo, notando que carecía aún de libertad para decidir sobre
su manera de viajar. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento, casi
a punto de ahogarse, cruzó la piscina de un extremo a otro—. Lucinda y yo tenemos
muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas, con el cuerpo orientado ya hacia
la casa de los Biswanger—. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos,
y os llamaremos cualquier día de éstos. Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta
la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. Sería un honor
para los dueños ofrecerle una copa, se sentirían felices de darle de beber. Los 
Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis 
semanas de anticipación. Ellos nunca aceptaban, pero los Biswanger continuaban enviando
invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas
normas de la sociedad en la que vivían. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan
de precios durante los cócteles, que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles
durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las 
señoras. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy; ni siquiera figuraban en
la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. Se dirigió
hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad
y el deseo de mostrarse amable, y también con algún desasosiego porque parecía que
estaba oscureciendo y, sin embargo, aquéllos eran los días más largos del año. La
fiesta era ruidosa y había mucha gente. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona
que invitaba al óptico, al veterinario, al corredor de fincas y al dentista. No 
había nadie nadando en la piscina, y el crepúsculo, al reflejarse en el agua, despedía
un brillo invernal. Ned se dirigió hacia el bar. Cuando Grace Biswanger lo vio, 
avanzó hacia él, pero no con gesto afectuoso, como él había esperado, sino de la
forma más hostil imaginable. —Vaya, en esta fiesta hay de todo —comentó alzando 
mucho la voz—, incluso personas que se cuelan. Grace no estaba en condiciones de
hacerle un feo social, no tenía ni la más remota posibilidad, de manera que Ned 
no se echó atrás. —En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—, ¿tengo derecho
a tomar una copa? —Haga lo que guste —dijo ella—. No parece que las invitaciones
signifiquen mucho para usted. Le dio la espalda y se reunió con otros invitados.
Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman se lo sirvió, pero de forma descortés.
El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices
sociales, y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido
puntos en la escala social. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información.
En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda: —Se arruinaron de la noche a la mañana;
no les quedó más que su sueldo, y él apareció borracho un domingo y nos pidió que
le prestáramos cinco mil dólares… Siempre hablando de dinero. Aquello era peor que
llevarse el cuchillo a la boca. Ned se zambulló en la piscina, hizo un largo y se
marchó. La siguiente piscina de la lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua
amante, Shirley Adams. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger, 
aquél era el lugar ideal para curarla. El amor —los violentos juegos sexuales, para
ser más exactos— era el supremo elixir, el remedio contra todos los males, la píldora
mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. Habían tenido
una aventura la semana pasada, o el mes último, o el año anterior. No seacordaba.
Pero había sido él quien había decidido acabar, y eso lo colocaba en una situación
privilegiada, de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de
Shirley repleto de confianza en sí mismo. En cierta forma, era como si la piscina
fuese suya, porque la persona amada, especialmente si se trata de un amor ilícito,
goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo
del matrimonio. Shirley estaba allí, con sus cabellos color de bronce, pero su figura,
al borde del agua de color azul intenso, iluminada por la luz eléctrica, no despertó
en él ninguna emoción profunda. No había sido más que una aventurilla, pensó, aunque
Shirley lloraba cuando él decidió romper. Pareció turbada al verlo, y Ned se preguntó
si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba, Dios no lo quisiera, a echarse a llorar de
nuevo? —¿Qué quieres? —le preguntó ella. —Estoy nadando a través del condado. —¡
Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta? —¿Se puede saber
qué te pasa? —Si has venido buscando dinero —dijo ella—, no voy a darte ni un centavo.—
Puedes darme algo de beber. —Puedo, pero no quiero. No estoy sola. —Bueno, me marcho
en seguida. Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta
el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían
fuerza; llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del
hombro, vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped —
ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de 
caléndulas, decididamente otoñal, y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó
la vista y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión
de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de
pleno verano? Ned se echó a llorar. Era probablemente la primera vez que lloraba
en toda su vida de adulto, y desde luego la primera vez en su vida que se sentía
tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y tan desconcertado. No entendía los
malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él 
de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. Había nadado demasiado,
había pasado demasiado tiempo bajo el agua, y tenía irritadas la nariz y la garganta.
Necesitaba una copa, necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca, y aunque 
podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera, se fue a 
la piscina de los Gilmartin. Allí, por primera vez en su vida, no se tiró, sino 
que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas
de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. Camino de casa de los Clyde,
se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en la piscina, tuvo que detenerse una
y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó
por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había
cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por
la fatiga que su triunfo carecía de sentido. Encorvado, agarrándose a los pilares
de la entrada en busca de apoyo, Ned torció por el sendero de grava de su propia
casa. Todo estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se 
habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas
a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían 
puesto previamente de acuerdo, como solían hacer los domingos, para rechazar las
invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver
qué coches había dentro, pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon
las manos de orín. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta
había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. Ahora 
colgaba por encima de la entrada principal como una varilla de paraguas, pero no
costaría arreglarla por la mañana. La puerta de la casa también estaba cerrada con
llave, y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera 
ode la estúpida de la doncella, pero en seguida recordó que desde hacía ya algún
tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. Gritó, golpeó la puerta,
intentó forzarla golpeándola con el hombro; después, al mirar a través de las ventanas,
se dio cuenta de que la casa estaba vacía.
