# Gonzalo Drago – Mister Jara

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- Published: 2016-06-30T11:22:37-03:00
- Author: Administrador

Mr. Jara había nacido en Machalí. La mina lo había arrastrado inevitablemente hacia
su vientre, como un potente electro-imán atrae a la brizna de acero, cuando apenas
era un muchacho inexperto y canijo, recién egresado de la escuela rural. Fue peón,
alarife, capataz, alistador, escribiente y por último ayudante de ingeniero. Para
llegar hasta ese cargo se había valido de dos recursos que le dieron espléndidos
resultados: su rudimentario conocimiento del idioma inglés y el uso cotidiano de
su flexible espina dorsal cuando se veía en presencia de un jefe rubio, auténtica
mente yanqui, “made in USA”.
 Desde sus comienzos buscó con insistencia la compañía
de los norteamericanos del mineral. Lo empujaban dos propósitos: su admiración servil
hacia la rubia raza del norte y su interés de practicar inglés con ellos. Los yanquis,
aun los de más humilde condición, evitaban la proximidad de aquel “nativo” moreno
que persistía en su intento con admirable tenacidad. Ni los desprecios ni las burlas
lograron desanimarlo. Mr. Jara parecía ignorar la repugnancia que inspiraba a los
yanquis y se acercaba a ellos, sumiso como un perro castigado, mascullando un slang
aprendido pacientemente en el silencio de su cuarto. Cuando logró ocupar un puesto
de relativa responsabilidad en la Compañía, empezó a vengarse de sus compañeros 
con una crueldad netamente indígena. A todo aquel que había tenido una frase hiriente
o una sonrisa burlona para sus pretensiones y simplemente por espontánea antipatía,
le hacía recordar que él ocupaba un peldaño más alto en el gallinero colectivo. 
Para captar simpatías y afirmar su posición en las arenas movedizas, halagaba a 
los jefes, trabajaba como un buey cuando era observado y no escatimaba palabras 
mordaces contra sus compañeros de labores, logrando, con astucia y sagacidad criollas,
obtener la confianza de los jefes norteamericanos que vieron en Mr. Jara un instrumento
de fácil manejo que podía serles útil como espía, para conocer los pensamientos 
y aspiraciones del personal frente al movimiento sindical que tomaba fuerza de torrente.
Mr. Jara, de pie sobre unos durmientes de la vía ferroviaria, fumaba su pipa con
el gesto severo de un hombre importante, arrojando gruesas bocanadas de humo aromático
que se diluían en el aire puro y transparente de la mañana. El frío no lograba penetrar
a través de su gruesa zamarra negra y permanecía más allá de sus altas botas mineras.
Orgulloso, satisfecho de sí mismo, observaba con indiferencia a un grupo de obreros
sudorosos y sucios que cambiaban un trozo de línea férrea. Un capataz de ojos sagaces
dirigía y vigilaba aquella ruda sinfonía de esfuerzo y de trabajo, mientras los 
combos y las barretas se levantaban y caían con rítmico compás, con rabia sorda,
haciendo saltar las piedrecillas de la vía. De improviso, un obrero bajo y robusto
permaneció inmóvil un momento, escrutando con desconfianza la severa figura de Mr.
Jara. Después de ligera vacilación, empujado por un impulso espontáneo, arrojó su
herramienta de trabajo y se encaminó rectamente hacia el ayudante de ingeniero, 
alargándole su robusta mano fraternal: –¿Cómo te va, Negro? Mr. Jara, tomado de 
sorpresa, se desconcertó. En los aledaños, frente a una pequeña y potente locomotora
a petróleo, estaban Mr. Taylor y Mr. Mikmans, que podían captar aquella bochornosa
escena. ¿Qué pensarían de él si lo vieran estrechando la mano de aquel hombre? Su
amigo no era más que un humilde obrero de la mina, desastroso y sucio, y su obligación
era rechazarlo. Tomó una resolución violenta: –I don’t know you, man –contestó secamente.
El obrero lo quedó mirando sorprendido. Luego se echó a reír apretándose la barriga
cual si temiera que se le escaparan los intestinos por la boca. Mr. Jara realmente
veíase cómico con su seriedad simiesca y sus ojillos amenazadores bailándole detrás
de las grandes antiparras. –¿En qué circo es la función ahora, Negro? Estás desconocido
con esa ropa, esa pipa y esos anteojos. ¡Ja, ja, ja! Mr. Jara montó en cólera. Aquello
era demasiado. Sintió deseos de abofetear a su antiguo camarada, pero aquel hombre
tenía unos bíceps abultados y unas recias espaldas proletarias. Lo mejor era cortar
la escena. Giró sobre sus talones y volvió las espaldas a su amigo, que permaneció
extrañado mirándolo alejarse sumido en conjeturas. Por último levantó los hombros
con des precio y masculló terribles amenazas: –¡Negro de mierda! Cuando lo pille
solo le voy a rajar la guata, ¡por mi madre! Y cogiendo la barreta continuó su labor
interrumpida.

* * *

Mr. Jara no era feliz. Lo mortificaba su aspecto físico. Le habría gustado ser rubio,
blanco y de ojos profundamente azules; pero la naturaleza (¡ah maldita naturaleza!)
lo había dotado de signos externos marcadamente indígenas. Moreno, de ojos separados,
nariz roma y labios gruesos, tenía la sólida apariencia de un mapuche. Lo que más
le exasperaba en verdad era la tenaz rebeldía de su pelo que le cubría el cráneo
como un grotesco erizo negro. La peineta y la escobilla nada podían contra esas 
cerdas duras y resistentes de pura cepa criolla.
 Su absurdo mimetismo lo llevaba
a adoptar usos y costumbres de un grupo étnico que se diferenciaba profundamente
del suyo. Llegó a despreciar las bebidas nacionales porque había observado que los
yanquis solo bebían whisky. Al entrar a un bar sentía una íntima y húmeda satisfacción
al ordenar al mesonero: –Barman, deme un whisky. Al comienzo aquel líquido fuerte
le repugnaba y le quemaba la garganta nacida para el vino tinto. Además, se embriagaba
demasiado pronto y entonces aparecía inevitablemente el indio que llevaba escondido
debajo del chaleco. Llegó a temerles a sus borracheras, pero persistió en beber 
solo whisky y brandy de las mejores marcas. “White Horse”, repetía deleitosamente
con el tono de un buen catador de licores exóticos. A veces se cansaba de aquella
cotidiana farsa en público y subrepticiamente, en la complicidad de su cuarto, bebía
el rojo vino criollo hasta perder el conocimiento. Cada ascenso que lograba hacía
crecer la distancia que lo separaba de sus antiguos compañeros. Entre los yanquis
no logró simpatías ni mucho menos pudo conseguir un amigo. Lo miraban con desprecio
mezclado de compasión. Para ellos, Mr. Jara era un self-made man con destellos de
inteligencia, pero absurdamente presumido. Y, además, era un indio. ¿Cómo compartir
con un nativo? Sería lo mismo que estrechar la mano a un negro. Su presencia humilde
y rastrera los molestaba. Algunos, los más impacientes, al tenerlo a su alcance,
apenas podían reprimir un violento deseo de propinarle un puntapié en la parte baja
de la espalda. Por su parte, Mr. Jara, cuando se encontraba con algún empleado u
obrero, miraba con obstinación la punta de sus botas o sentíase acometido súbitamente
de un poético deseo de admirar el cielo; y si le era inevitable eludir el saludo,
lo contestaba con un débil y gangoso “morning” mascullado entre dientes, como lo
había escuchado en los labios groseros de los yanquis. El nativo, por lo general,
no ama al extranjero, pero es duro y cruel con el criollo que se disfraza de gringo.
Llega a odiarlo. Lo considera un descastado, un traidor. Mr. Jara cosechó los frutos
de su siembra absurda. Llegó a sentirse solo, aislado. Todos huían de su presencia
como de un leproso. Desesperado, buscaba con frecuencia el contacto con los yanquis,
pero estos parecían no darse cuenta de su presencia. Para no aburrirse, para evadirse
del tedio que comenzaba a invadirlo como una marea poderosa, Mr. Jara decidió atraer
algunos amigos con el señuelo de un trago gratis. Pronto, naturalmente, se vio rodeado
de un pequeño grupo de gente inescrupulosa que lo adulaba con afectada cortesía.–
My friends –mascullaba cuando estaba borracho–, no me abandonen nunca, nunca… Le
respondía un coro de gritos y promesas beodas. Mr. Jara, emocionado, estallaba en
sollozos que le congestionaban el rostro moreno hasta tornárselo violáceo. Esto 
ocurría casi todas las noches en el “Bar Sewell”, donde se reunían mineros y noctámbulos
a charlar de sus vidas duras e ignoradas mientras bebían el vino barato y adulterado
por manos taberneras. Algunas mañanas, al despertarse, Mr. Jara se extrañaba de 
amanecer con los bolsillos vacíos. Todo su dinero desaparecía en el bar. Tuvo la
certeza de que abusaban de sus borracheras y se prometió no concurrir más a las 
veladas. “Además –concluyó–, no está bien que me roce con esa clase de gente. Son
unos rotos abominables”. Cumplió su promesa durante dos noches. A la tercera, sediento,
torturado por la soledad, se echó algunos billetes al bolsillo del pantalón y se
encaminó como un sonámbulo al “Bar Sewell”, donde lo recibieron alegres gritos de
bienvenida. –¡Welcome, Mr. Jara! –maulló un tunante con aspecto de gato en celo.
Y aquel saludo exótico lo hizo inflarse de orgullosa alegría y pidió trago para 
todos. Sentíase un hombre superior entre aquella gente sórdida y sedienta. Los amigos
improvisados lo explotaban sin escrúpulos. Para halagarlo y hacerle repetir las 
corridas de licor, le hablaban en un inglés absurdo, desastroso, aprendido en los
talleres, en libros primarios, en los muelles de Valparaíso. Mr. Jara, en esos casos,
sentíase feliz. Y entonces, con gesto de gran señor, vaciaba sobre el mesón su bolsillo
colmado de billetes.

* * *

Con las frecuentes libaciones, Mr. Jara terminó por enfermarse. El whisky ingerido
durante largo tiempo había hecho su efecto destructor, minando su organismo paulatinamente,
y una mañana no pudo abandonar el lecho.
 Estuvo enfermo varios días. Se levantó
demacrado, débil y vacilante. Las energías comenzaban a ceder. Pero siguió bebiendo
whisky “White Horse” y otras marcas importadas, fumando pipa y echándose a la boca,
de vez en cuando, con aparente satisfacción, trocitos de tabaco de mascar. Al poco
tiempo enfermó de gravedad. La fiebre lo consumía. El doctor, llamado por un vecino,
pudo constatar que su mal no tenía remedio. Mr. Jara se sintió dolorosamente abandonado.
Nadie acudía a visitarlo. El doctor lo visitaba a menudo presintiendo un pronto 
desenlace. Como era caso perdido, autorizó a la enfermera que lo cuidaba para que
accediera a sus insistentes pedidos de licor. En vez de medicinas, el enfermo ingería
cucharadas de legítimo whisky escocés, suministradas por la blanca mano de Miss 
Joan, única enfermera que soportaba a su lado por ser de nacionalidad inglesa. Una
mañana, Miss Joan le anunció la visita de un amigo con su fría sonrisa cotidiana.“¿
Quién será? ¿Será Mr. Taylor o Mr. Monroe?”, se preguntó Mr. Jara, anhelando la 
visita de algún auténtico jefe norteamericano. Después de pensar un momento pidió
a la enfermera que introdujera al visitante. En el marco de la puerta apareció la
robusta silueta de Froilán Rojas, aquel que lo había avergonzado delante de sus 
jefes con su excesiva confianza. –¿Cómo te va, Negro? Supe que estabas enfermo –
murmuró el recién llegado con visible emoción, alargándole su ruda mano fraternal.
Mr. Jara pareció no comprender y guardó silencio. El pulso le latía débilmente y
un sudor frío le inundó la frente morena. Comprendió que se moría. La enfermera,
alarmada, telefoneó al doctor. –¿Cómo te sientes, Negro? –repitió Rojas, emocionado,
inclinando su auténtica y robusta estampa proletaria sobre el lecho del enfermo.–
I don’t know you (No lo conozco a usted) –mintió débilmente Mr. Jara, defraudado
en sus expectativas. Y cerrando los ojos, como un telón de boca, puso punto final
a la larga comedia de su vida.
