# Juan Rulfo – La cuesta de las comadres

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- Published: 2016-04-15T11:10:00-03:00
- Author: Administrador

Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no 
los quisieran; pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito
antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna
importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie 
de los que vi­víamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos
los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.
 Por otra parte, en la Cuesta de
las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo. Seguido había desavenencias.
Y si no es mucho decir, ellos eran allí los dueños de la tierra y de las casas que
estaban encima de la tierra, con todo y que, cuando el reparto, la mayor parte de
la Cuesta de las Comadres nos había tocado por igual a los sesenta que allí vivíamos,
y a ellos, a los Torricos, nada más un pedazo de monte, con una mezcalera nada más,
pero donde estaban desperdigadas casi todas las ca­sas. A pesar de eso, la Cuesta
de las Comadres era de los Torricos. El coamil que yo trabajaba era también de ellos:
de Odilón y Remigio Torrico, y la docena y media de lomas verdes que se veían allá
abajo eran juntamente de ellos. No había por qué averiguar nada. Todo mundo sabía
que así era. Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres
se había ido deshabitando. De tiempo en tiem­po, alguien se iba; atravesaba el guardaganado
donde está el palo alto, y desaparecía entre los encinos y no volvía aparecer ya
nunca. Se iban, eso era todo. Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme 
a ver qué había tan atrás del monte que no dejaba volver a nadie; pero me gustaba
el terrenito de la Cuesta, y además era buen amigo de los Torricos. El coamil donde
yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito 
de frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca
que le dicen Cabeza del Toro. El lugar no era feo; pero la tierra se hacía pegajosa
desde que comenzaba a llover, y luego había un desparramadero de piedras duras y
filosas como troncones que pa­recían crecer con el tiempo. Sin embargo, el maíz 
se pegaba bien y los elotes que allí se daban eran muy dulces. Los Torricos, que
para todo lo que se comía necesitaban la sal de tequesquite, para mis elotes no;
nunca buscaron ni ha­blaron de echarle tequesquite a mis elotes, que eran de los
que se daban en Cabeza del Toro. Y con todo y eso, y con todo y que las lomas verdes
de allá abajo eran mejores, la gente se fue acabando. No se iban para el lado de
Zapotlán, sino por este otro rumbo, por donde llega a cada rato ese viento lleno
de olor de los encinos y del ruido del monte. Se iban callados la boca, sin decir
nada ni pelearse con nadie. Es seguro que les sobra­ban ganas de pelearse con los
Torricos para desquitarse de todo el mal que les habían hecho; pero no tuvieron 
ánimos. Seguro eso pasó. La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos
nadie volvió más por aquí. Yo estuve esperando. Pero nadie regresó. Primero les 
cuidé sus casas; remendé los techos y les puse ramas a los agujeros de sus paredes;
pero viendo que tardaban en regresar, las dejé por la paz. Los únicos que no dejaron
nunca de venir fueron los agua­ceros de mediados de año, y esos ventarrones que 
soplan en febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuanto,
también, venían los cuervos volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran
estar en algún lugar deshabitado. Así siguieron las cosas todavía después de que
se mu­rieron los Torricos. Antes, desde aquí, sentado donde ahora estoy, se veía
claramente Zapotlán. En cualquier hora del día y de la no­che podía verse la manchita
blanca de Zapotlán allá lejos. Pero ahora las jarillas han crecido muy tupido y,
por más que el aire las mueve de un lado para otro, no dejan ver nada de nada. Me
acuerdo de antes, cuando los Torricos venían a sen­tarse aquí también y se estaban
acuclillando horas y horas hasta el oscurecer, mirando para allá sin cansarse, como
si el lugar este les sacudiera sus pensamientos o el mitote de ir a pasearse a Zapotlán.
Sólo después supe que no pen­saban en eso. Únicamente se ponían a ver el camino:
aquel ancho callejón arenoso que se podía seguir con la mirada desde el comienzo
hasta que se perdía entre los ocotes del cerro de la Media Luna. Yo nunca conocí
a nadie que tuviera un alcance de vis­ta como el de Remigio Torrico. Era tuerto.
Pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tan­to las cosas,
que casi las traía junto a sus manos. Y de allí a saber qué bultos se movían por
el camino no había nin­guna diferencia. Así, cuando su ojo se sentía a gusto tenien­do
en quién recargar la mirada, los dos se levantaban de su divisadero y desaparecían
de la Cuesta de las Comadres por algún tiempo. Eran los días en que todo se ponía
de otro modo aquí entre nosotros. La gente sacaba de las cuevas del monte sus animalitos
y los traía a amarrar en sus corrales. En­tonces se sabía que había borregos y guajolotes.
Y era fá­cil ver cuántos montones de maíz y de calabazas amarillas amanecían asoleándose
en los patios. El viento que atrave­saba los cerros era más frío que otras veces;
pero, no se sabía por qué, todos allí decían que hacía muy buen tiem­po. Y uno oía
en la madrugada que cantaban los gallos como en cualquier lugar tranquilo, y aquello
parecía como si siempre hubiera habido paz en la Cuesta de las Co­madres. Luego 
volvían los Torricos. Avisaban que venían desde antes que llegaran, porque sus perros
salían a la carrera y no paraban de ladrar hasta encontrarlos. Y nada más por los
ladridos todos calculaban la distancia y el rumbo por donde irían a llegar. Entonces
la gente se apuraba a escon­der otra vez sus cosas. Siempre fue así el miedo que
traían los difuntos Torri­cos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.
Pero yo nunca llegué a tenerles miedo. Era buen amigo de los dos y a veces hubiera
querido ser un poco menos viejo para meterme en los trabajos en que ellos andaban.
Sin embargo, ya no servía yo para mucho. Me di cuenta aquella noche en que les ayudé
a robar a un arriero. En­tonces me di cuenta de que me faltaba algo. Como que la
vida que yo tenía estaba ya muy desperdiciada y no aguan­taba más estirones. De 
eso me di cuenta. Fue como a mediados de las aguas cuando los Torricos me convidaron
para que les ayudara a traer unos tercios de azúcar. Yo iba un poco asustado. Primero,
porque esta­ba cayendo una tormenta de esas en que el agua parece escarbarle a uno
por debajo de los pies. Después, porque no sabía adonde iba. De cualquier modo, 
allí vi yo la señal de que no estaba hecho ya para andar en andanzas. Los Torricos
me dijeron que no estaba lejos el lugar donde íbamos. «En cosa de un cuarto de hora
estamos allá», me dijeron. Pero cuando alcanzamos el camino de la Media Luna comenzó
a oscurecer y cuando llegamos adon­de estaba el arriero era ya alta la noche. El
arriero no se paró a ver quién venía. Seguramente estaba esperando a los Torricos
y por eso no le llamó la atención vernos llegar. Eso pensé. Pero todo el rato que
trajinamos de aquí para allá con los tercios de azúcar, el arriero se estuvo quieto,
agazapado entre el zacatal. Enton­ces le dije eso a los Torricos. Les dije: —Ése
que está allí tirado parece estar muerto o algo por el estilo. —No, nada más ha 
de estar dormido —me dijeron ellos—. Lo dejamos aquí cuidando, pero se ha de haber
cansado de esperar y se durmió. Yo fui y le di una patada en las costillas para 
que des­pertara; pero el hombre siguió igual de tirante. —Está bien muerto —les 
volví a decir. —No, no te creas, nomás está tantito atarantado por­que Odilón le
dio con un leño en la cabeza, pero después se levantará. Ya verás que en cuanto 
salga el sol y sienta el calorcito, se levantará muy aprisa y se irá en seguida 
para su casa. ¡Agárrate ese tercio de allí y vámonos! —Fue todo lo que me dijeron.
Ya por último le di una última patada al muertito y sonó igual que si se la hubiera
dado a un tronco seco. Luego me eché la carga al hombro y me vine por delante. Los
Torricos me venían siguiendo. Los oí que cantaban durante largo rato, hasta que 
amaneció. Cuando amaneció dejé de oírlos. Ese aire que sopla tantito antes de la
ma­drugada se llevó los gritos de su canción y ya no pude sa­ber si me seguían, 
hasta que oí pasar por todos lados los ladridos encarrerados de sus perros. De ese
modo fue como supe qué cosas iban a espiar to­das las tardes los Torricos, sentados
junto a mi casa de la Cuesta de las Comadres. A Remigio Torrico yo lo maté. Ya para
entonces quedaba poca gente entre los ranchos. Primero se habían ido de uno en uno;
pero los últimos casi se fueron en manada. Ganaron y se fueron, aprovechando la 
llegada de las heladas. En años pasados llegaron las he­ladas y acabaron con las
siembras en una sola noche. Y este año también. Por eso se fueron. Creyeron segura­mente
que al año siguiente sería lo mismo y parece que ya no se sintieron con ganas de
seguir soportando las ca­lamidades del tiempo todos los años y la calamidad de los
Torricos todo el tiempo. Así que, cuando yo maté a Remigio Torrico, ya estaba bien
vacía de gente la Cuesta de las Comadres y las lomas de los alrededores. Esto sucedió
como en octubre. Me acuerdo que había una luna muy grande y muy llena de luz, porque
yo me senté afuerita de mi casa a remendar un costal todo aguje­rado, aprovechando
la buena luz de la luna, cuando llegó el Torrico. Ha de haber andado borracho. Se
me puso enfrente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y desta­pándome
la luz que yo necesitaba de la luna. —Ir ladereando no es bueno —me dijo después
de mu­cho rato—. A mí me gustan las cosas derechas, y si a ti no te gustan, ahi 
te lo haiga, porque yo he venido aquí a en­derezarlas. Yo seguí remendado mi costal.
Tenía puestos todos mis ojos en coserle los agujeros, y la aguja de arría trabajaba
muy bien cuando la alumbraba la luz de la luna. Seguro por eso creyó que yo no me
preocupaba de lo que decía: —A ti te estoy hablando —me gritó, ahora sí ya cora­judo—.
Bien sabes a lo que he venido. Me espanté un poco cuando se me acercó y me gritó
aquello casi a boca de jarro. Sin embargo, traté de verle la cara para saber de 
qué tamaño era su coraje y me le quedé mirando, como preguntándole a qué había venido.
Eso sirvió. Ya más calmado se soltó diciendo que a la gente como yo había que agarrarla
desprevenida. —Se me seca la boca al estarte hablando después de lo que hiciste —
me dijo—; pero era tan amigo mío mi her­mano como tú y sólo por eso vine a verte,
a ver cómo sa­cas en claro lo de la muerte de Odilón. Yo lo oía ya muy bien. Dejé
a un lado el costal y me quedé oyéndolo sin hacer otra cosa. Supe cómo me echaba
a mí la culpa de haber matado a su hermano. Pero no había sido yo. Me acordaba quién
había sido, y yo se lo hubiera dicho, aunque parecía que él no me dejaría lugar 
para platicarle cómo estaban las cosas. —Odilón y yo llegamos a pelearnos muchas
veces —si­guió diciéndome—. Era algo duro de entendederas y le gus­taba encararse
con todos, pero no pasaba de allí. Con unos cuantos golpes se calmaba. Y eso es 
lo que quiero saber: si te dijo algo, o te quiso quitar algo, o qué fue lo que pasó.
Pudo ser que te haya querido golpear y tú le madrugaste. Algo de eso ha de haber
sucedido. Yo sacudí la cabeza para decirle que no, que yo no te­nía nada que ver…—
Oye —me atajó el Torrico—, Odilón llevaba ese día catorce pesos en la bolsa de la
camisa. Cuando lo levanté, lo esculqué y no encontré esos catorce pesos. Luego ayer
supe que te habías comprado una frazada. Y eso era cierto. Yo me había comprado 
una frazada. Vi que se venían muy aprisa los fríos y el gabán que yo tenía estaba
ya todito hecho garras, por eso fui a Zapotlán a conseguir una frazada. Pero para
eso había vendido el par de chivos que tenía, y no fue con los catorce pesos de 
Odilón con lo que la compré. Él podía ver que si el costal se había llenado de agujeros
se debió a que tuve que lle­varme al chivito chiquito allí metido, porque todavía
no podía caminar como yo quería. —Sábete de una vez por todas que pienso pagarme
lo que le hicieron a Odilón, sea quien sea el que lo mató. Y yo sé quién fue —oí
que me decía casi encima de mi cabeza. — ¿De modo que fui yo? —le pregunté. — ¿Y
quién más? Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no
llegamos a matar a na­die; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo
a ti. La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el co­rral y mandaba hasta
la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección 
de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego
vi que regresaba con el guango en la mano. Pero al quitarse él de enfrente, la luz
de la luna hizo bri­llar la aguja de arría, que yo había clavado en el costal. Y
no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja.
Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar
otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo.
Y allí la dejé. Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse
hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido
y con el susto asomándosele por el ojo. Por un momento pareció como que se iba a
enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no 
supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo. Entonces
vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. 
Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima.
Por eso aproveché para sacarle la aguja de arría del ombligo y metérsela más arribita,
allí donde pensé que ten­dría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio 
dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se que­dó quieto. Ya debía
haber estado muerto cuando le dije: —Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo
no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero
me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los
Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón esta­ba agonizando.
Y ¿sabes por qué? Comenzando porque Odi­lón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú
lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos
que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos
saber qué fue a hacer él a meterse con ellos. »Fue cosa de un de repente. Yo acababa
de comprar mi zarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escu­pió un trago de
mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. Él lo hizo por jugar. Se veía que lo había
hecho por diver­tirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban bo­rrachos.
Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos
y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. 
De eso murió. «Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal 
cuenta de que yo no me entrometí para nada. Eso le dije al difunto Remigio. Ya la
luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta 
de las Comadres con la ca­nasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le
di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo 
la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio 
a cada rato. Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas
de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban
quemando cohe­tes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una
gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes. De eso me acuerdo.
