# Francis Scott Fitzgerald – La década perdida

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- Published: 2016-04-12T19:58:00-03:00
- Author: Administrador

Personas de todo tipo entraban en la redacción del semanario y Orrison Brown mantenía
toda clase de relaciones con ellas. Cuando acababa el horario de oficina era «uno
de los redactores-jefe», pero durante el trabajo sólo era un hombre de pelo rizado
que hacía un año había sido director del Jack-O-Lantern de Dartmouth y ahora se 
contentaba con asumir las tareas menos deseables de la redacción: desde corregir
originales ilegibles a desempeñar las funciones de un botones sin serlo.
 Había 
visto a aquel individuo entrar en el despacho del director: un individuo pálido 
y alto, de unos cuarenta años, con el pelo rubio impecablemente peinado, y ademanes
que no eran ni huraños ni tímidos, ni sobrenaturales como los de un monje, pero 
que tenían algo de las tres cosas. El nombre que aparecía en su tarjeta, Louis Trimble,
le traía vagos recuerdos, pero, al no encontrar un punto de referencia, Orrison 
se despreocupó, hasta que un timbre sonó en su escritorio y, por experiencias anteriores,
adivinó que el señor Trimble iba a ser el primer plato del almuerzo del día. —El
señor Trimble… El señor Brown —dijo la fuente del dinero de todos los almuerzos—.
Orrison, el señor Trimble ha estado ausente mucho tiempo. O por lo menos a él le
parece que ha sido mucho tiempo: casi doce años. Mucha gente se consideraría afortunada
si hubiera perdido la última década. —Así es —dijo Orrison. —Hoy no tengo tiempo
ni para comer —continuó el jefe—. Llévalo a Voisin, o al Veintiuno o a donde quiera.
El señor Trimble cree que se ha perdido muchas cosas. Trimble objetó educadamente:—
Bueno, me las puedo arreglar. —Lo sé, camarada. Nadie conocía esta ciudad como tú.
Y si Brown se empeña en explicarte los carros sin caballo, me lo mandas inmediatamente.
Y a las cuatro te vienes para acá, ¿de acuerdo? Orrison cogió el sombrero. —¿Ha 
estado fuera diez años? —preguntó mientras bajaban en el ascensor. —Estaban empezando
a construir el Empire State Building —dijo Trimble—. ¿En qué año fue? —En 1928, 
poco más o menos. Pero, como ha dicho el jefe, ha tenido la suerte inmensa de perderse
muchas cosas —y, como sondeándolo, añadió—: Seguramente usted tenía cosas más interesantes
que ver. —Creo que no. Llegaron a la calle y, por la manera en que Trimble contrajo
la cara ante el fragor del tráfico, Orrison hizo otra conjetura. —¿Ha vivido lejos
de la civilización? —En cierto sentido —las palabras fueron pronunciadas de una 
manera tan comedida, que Orrison llegó a la conclusión de que aquel hombre sólo 
hablaría si se lo pedían, y al mismo tiempo se preguntó si habría pasado los años
treinta en la cárcel o el manicomio. —Éste es el célebre Veintiuno —dijo—. ¿Prefiere
comer en otro sitio? Trimble guardó silencio unos segundos, mientras miraba con 
atención el edificio de piedra caliza roja. —Recuerdo cuando el nombre del Veintiuno
empezó a hacerse famoso —dijo—, más o menos el mismo año que el Moriarity —inmediatamente
continuó casi en tono de excusa—: Pensaba que pasearíamos un rato por la Quinta 
Avenida y comeríamos donde nos apeteciera: en algún sitio donde pudiéramos ver gente
joven. Orrison le echó una mirada rápida y volvió a pensar en rejas y muros grises
y más rejas; se preguntaba si entre sus deberes se incluiría presentarle al señor
Trimble chicas complacientes. Pero al señor Trimble no parecía habérsele ocurrido
semejante posibilidad: tenía una expresión de absoluta y profunda curiosidad, y 
Orrison trató de relacionar su nombre con la expedición perdida en el Polo Sur del
almirante Byrd o con los aviadores desaparecidos en la jungla brasileña. Era, o 
había sido, todo un personaje: era evidente. Pero la única pista definitiva para
averiguar su procedencia —y a Orrison aquella pista poco le decía— era que, como
hombre de ciudad, respetaba los semáforos y prefería ir por la acera y no por mitad
de la calle. De pronto se paró a mirar el escaparate de una camisería. —Corbatas
de crespón —dijo—. No veía corbatas así desde que dejé la universidad. —¿Dónde estudió?—
En el Instituto Tecnológico de Massachusetts. —Magnífico sitio. —La semana que viene
iré a hacerle una visita. Podemos comer algo en algún sitio de por aquí… —habían
pasado la calle 50—. Elija usted. Había un buen restaurante con una pequeña marquesina
a la vuelta de la esquina. —¿Qué prefiere ver? —preguntó Orrison cuando se sentaron.
Trimble se quedo pensativo un instante. —Bueno… La nuca de la gente —sugirió—. El
cuello… Cómo la cabeza se une al cuerpo. Me gustaría oír qué le están diciendo a
su padre aquellas dos chicas. No exactamente lo que están diciendo, sino sólo si
las palabras flotan o se hunden, y cómo se cierran sus labios cuando acaban de hablar.
Sólo es una cuestión de ritmo: Colé Porter volvió a Estados Unidos en 1928 porque
intuyó que había nuevos ritmos en el ambiente. Orrison creyó haber encontrado por
fin una pista segura, y, con amable delicadeza, no siguió por aquel camino ni un
milímetro, incluso reprimió un repentino deseo de decirle que había un buen concierto
en el Carnegie Hall aquella noche. —El peso de las cucharas —dijo Trimble—, tan 
liviano. Un cuenco pequeño pegado a un mango. El ligero estrabismo de ese camarero.
Lo conozco desde hace mucho tiempo, pero seguro que no se acuerda de mí. Pero, al
irse del restaurante, el camarero miró a Trimble como si dudara, como si estuviera
a punto de reconocerlo. Cuando salieron a la calle, Orrison se echó a reír: —Diez
años bastan para olvidar. —Estuve aquí en mayo —Trimble se interrumpió bruscamente.
Orrison llegó a la conclusión de que todo aquello era un poco descabellado, y de
repente decidió convertirse en una especie de guía. —Desde aquí puede ver el Rockefeller
Center —señaló animosamente— y el edificio Chrysler y el Armistead, el padre de 
todos los nuevos edificios. —El edificio Armistead —Trimble miró hacia aquella zona,
obediente—. Sí, lo proyecté yo. Orrison negó con la cabeza y sonrió. Estaba acostumbrado
a tratar con toda clase de gente. Pero la broma de que había comido en el restaurante
en mayo… Se detuvo ante la placa de bronce que había en la piedra angular del edificio:«
Construido en 1928». Trimble hizo un gesto de asentimiento. —Empecé a emborracharme
aquel año, a emborracharme de verdad. Así que es la primera vez que lo veo. —Ah —
Orrison titubeó—. ¿Quiere entrar? —He entrado muchas veces, muchas. Pero no lo he
visto. Y ahora no es lo que me gustaría ver. Ahora mismo sería incapaz. Sólo quiero
ver cómo camina la gente y cómo son los vestidos, los sombreros, los zapatos. Y 
los ojos y las manos. ¿Le importaría estrecharme la mano? —En absoluto, señor. —
Gracias, gracias. Es muy amable. Me figuro que parecerá extraño, pero la gente creerá
que nos estamos despidiendo. Voy a pasear un rato por la avenida, así que es verdad
que nos tenemos que despedir. Diga en el semanario que volveré a las cuatro. Orrison
lo siguió con la mirada cuando empezó a alejarse, casi esperando ver cómo se metía
en un bar. Pero no había nada en Trimble que sugiriera o hubiera sugerido alguna
vez que bebiera. «Jesús», dijo para sí, «diez años borracho.» Súbitamente palpó 
el tejido de su abrigo y luego alargó la mano y apretó el pulgar contra el granito
del edificio.
