# Dino Buzzati – El colombre

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- Published: 2016-04-13T20:00:00-03:00
- Author: Administrador

Cuando Stefano Roi cumplió los doce años, pidió como regalo a su padre, capitán 
de barco y patrón de un bonito velero, que lo llevase consigo a bordo.
 -Cuando 
sea mayor -dijo-, quiero navegar por los mares como tú. Y mandaré barcos todavía
más bonitos y grandes que el tuyo. -Dios te bendiga, hijo mío -respondió su padre.
Y como justamente aquel día su carguero debía partir, se llevó al chico consigo.
Era un espléndido día de sol; el mar estaba tranquilo. Stefano, que nunca había 
subido al barco, paseaba feliz por cubierta admirando las complicadas maniobras 
del aparejo. Y preguntaba esto y lo otro a los marineros, que, sonriendo, se lo 
explicaban todo. Cuando fue a parar a la toldilla, el chico, picado por la curiosidad,
se detuvo a observar una cosa que salía intermitentemente a la superficie a una 
distancia de unos doscientos o trescientos metros, allí donde estaba la estela de
la nave. Aunque el carguero volara ya, empujado por un magnífico viento de popa,
aquella cosa mantenía siempre la misma distancia. Y, aunque él no comprendía su 
naturaleza, tenía algo indefinible que lo atraía intensamente. Al dejar de ver a
Stefano por allí, su padre, después de haberlo llamado a grandes voces en vano, 
abandonó el puente y fue a buscarlo. -Stefano, ¿qué haces ahí plantado? -le preguntó
al verlo finalmente en la popa, de pie, absorto en las olas. -Ven a ver, papá. El
padre acudió y miró también en la dirección que le indicaba el muchacho, pero no
alcanzó a ver nada. -Es una cosa oscura que asoma cada tanto de la estela -dijo-,
y que nos sigue. -A pesar de mis cuarenta años -dijo su padre-, creo tener todavía
buena vista. Pero no veo nada en absoluto. Como su hijo insistiera, fue en busca
del catalejo y exploró la superficie del mar allí donde estaba la estela. Stefano
lo vio ponerse pálido. -¿Qué es? ¿Por qué pones esa cara? -Ojalá no te hubiera escuchado-
exclamó el capitán-. Ahora temo por ti. Eso que has visto asomar de las aguas y 
que nos sigue no es una cosa. Es un colombre. Es el pez que los marineros temen 
más que ningún otro en todos los mares del mundo. Es un escualo terrible y misterioso,
más astuto que el hombre. Por motivos que quizá nunca nadie sabrá, escoge a su víctima
y, una vez que lo ha hecho, la sigue años y años, la vida entera, hasta que consigue
devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie puede verlo si no es la propia víctima
y las personas de su misma sangre. -¿Y no es una leyenda? -No. Yo nunca lo había
visto. Pero como lo he oído describir tantas veces, en seguida lo he reconocido.
Ese hocico de bisonte, esa boca que se abre y se cierra sin cesar, esos dientes 
espantosos… Stefano, no hay duda, desgraciadamente el colombre te ha elegido y mientras
andes por el mar no te dará tregua. Escucha: vamos a volver ahora mismo a tierra,
tú desembarcarás y nunca más te separarás de la orilla por ningún motivo. Tienes
que prometérmelo. El trabajo del mar no es para ti, hijo mío. Tienes que resignarte.
Por otra parte, en tierra también podrás hacer fortuna. Dicho esto, hizo invertir
el rumbo inmediatamente, volvió a puerto y, con el pretexto de una inesperada indisposición,
desembarcó a su hijo. Luego volvió a partir sin él. Profundamente agitado, el muchacho
permaneció en la orilla hasta que la última punta de la arboladura se sumergió detrás
del horizonte. Más allá del muelle que cerraba el puerto, el mar quedó completamente
desierto. Pero, aguzando la vista, Stefano alcanzó a distinguir un puntito negro
que aparecía intermitentemente sobre las aguas: era «su» colombre, que iba lentamente
de aquí para allá, empeñado en esperarlo.

Desde entonces se emplearon todos los recursos posibles para alejar al muchacho 
del deseo del mar. Su padre lo mandó a estudiar a una ciudad del interior distante
centenares de kilómetros. Y durante algún tiempo, distraído por su nuevo ambiente,
Stefano dejó de pensar en el monstruo marino. Sin embargo, cuando en las vacaciones
de verano volvió a casa, lo primero que hizo en cuanto dispuso de un minuto libre
fue apresurarse a ir a la punta del muelle para hacer una especie de comprobación
aunque en el fondo lo considerase superfluo. Aun admitiendo que toda la historia
que le contara su padre fuera verdadera, después de tanto tiempo el colombre sin
duda habría renunciado a su asedio.
 Pero Stefano se quedó allí parado, con el corazón
desbocado. A unos doscientos o trescientos metros del muelle, en mar abierto, el
siniestro pez iba arriba y abajo con lentitud, sacando de cuando en cuando el hocico
del agua y volviéndolo hacia tierra, como si mirase ansiosamente si Stefano Roi 
aparecía por fin. De esta suerte, la idea de aquella criatura enemiga que lo esperaba
noche y día se convirtió para Stefano en una secreta obsesión. E incluso en la lejana
ciudad le ocurría despertarse en plena noche víctima de la inquietud. Estaba a salvo,
sí, centenares de kilómetros lo separaban del colombre. Sin embargo, sabía que más
allá de las montañas, más allá de los bosques, más allá de las llanuras, el escualo
lo aguardaba. Y que, aunque se trasladara al continente más remoto, el colombre 
se apostaría en el espejo del mar más cercano con la inexorable obstinación de los
instrumentos del destino. Stefano, que era un muchacho serio y diligente, continuó
sus estudios con provecho y apenas fue un hombre encontró un empleo digno y bien
remunerado en un almacén de la ciudad. Mientras tanto, su padre murió víctima de
una enfermedad. Su viuda vendió su magnífico velero y el hijo se halló en posesión
de una discreta fortuna. El trabajo, las amistades, las distracciones, los primeros
amores: ahora Stefano se había hecho ya su vida, pero, a pesar de todo, el pensamiento
del colombre lo perseguía como un espejismo a la vez funesto y fascinante; y, con
el paso de los días, en vez de desvanecerse, parecía hacerse más insistente. Grandes
son las satisfacciones de la vida laboriosa, holgada y tranquila, pero aún mayor
es la atracción del abismo. Apenas había cumplido Stefano veintidós años cuando,
tras despedirse de sus amigos y abandonar su empleo, volvió a su ciudad natal y 
comunicó a su madre su firme intención de seguir el oficio paterno. La mujer, a 
quien Stefano jamás había hecho mención del misterioso escualo, acogió con júbilo
su decisión. En el fondo de su corazón, que su hijo hubiera abandonado el mar por
la ciudad siempre le había parecido una puñalada a las tradiciones de la familia.
Y Stefano comenzó a navegar, dando prueba de dotes marineras, de resistencia a las
fatigas, de ánimo intrépido. Navegaba, navegaba y en la estela de su carguero, de
día y de noche, con bonanza y con tempestad, se afanaba el colombre. Él sabía que
aquella era su maldición y su condena, pero quizá por eso mismo no tenía fuerzas
para apartarse de ella. Y a bordo nadie veía el monstruo excepto él. -¿No ven nada
por allí? -preguntaba de cuando en cuando a sus compañeros señalando la estela. -
No, no vemos nada. ¿Por qué? -No sé. Me parecía… -¿No habrás visto por casualidad
un colombre? -decían ellos entre risas al tiempo que tocaban madera. -¿De qué se
ríen? ¿Por qué tocaban madera? -Porque el colombre no perdona. Y si se pusiera a
seguir a esta nave, eso querría decir que uno de nosotros estaba perdido. Pero Stefano
no cedía. La constante amenaza que iba en pos de él parecía más bien multiplicar
su voluntad, su pasión por el mar, su arrojo en los momentos de fatiga y peligro.
Una vez se sintió dueño del oficio, con el pequeño caudal que le había dejado su
padre adquirió junto con un socio un pequeño vapor de carga, luego se hizo su único
propietario y, gracias a una serie de travesías afortunadas, pudo a continuación
comprar un verdadero buque mercante y apuntar a metas cada vez más ambiciosas. Pero
los éxitos, los millones, no conseguían apartar de su ánimo aquel continuo tormento;
y nunca, por otra parte, se le pasó por la cabeza vender y retirarse a tierra para
emprender negocios distintos. Navegar, navegar, ese era su único afán. Apenas ponía
pie en cualquier puerto después de largas travesías, en seguida lo espoleaba la 
impaciencia por partir. Sabía que allá lo esperaba el colombre y que el colombre
era sinónimo de perdición. Era inútil. Un impulso indomable lo arrastraba de un 
océano a otro sin descanso.

Hasta que de pronto un día Stefano reparó en que se había hecho viejo, viejísimo;
y ninguno de los que lo rodeaban sabía explicarse por qué, siendo rico como era,
no dejaba por fin la azarosa vida del mar. Viejo, y amargamente infeliz, porque 
toda su existencia se había gastado en aquella especie de loca fuga a través de 
los mares para escapar de su enemigo. Pero para él siempre había sido más fuerte
que la dicha de una vida holgada y tranquila la tentación del abismo.
 Y una tarde,
mientras su magnífica nave se hallaba fondeada frente al puerto donde había nacido,
se sintió próximo a morir. Entonces llamó a su segundo oficial, en quien tenía mucha
confianza, y le instó a que no se opusiera a lo que pensaba hacer. El otro se lo
prometió por su honor. Una vez seguro de esto, Stefano reveló al segundo oficial,
que lo escuchaba turbado, la historia del colombre que durante casi cincuenta años
lo había seguido sin cesar inútilmente. -Me ha seguido de un confín a otro del mundo-
dijo- con una fidelidad que ni el amigo más noble habría podido mostrar. Ahora me
voy a morir. También él, ahora, estará terriblemente viejo y cansado. No puedo traicionarlo.
Dicho esto, se despidió, hizo arriar un bote y, después de hacer que le dieran un
arpón, partió. -Ahora voy a su encuentro -anunció-. Es justo que no lo defraude.
Pero lucharé con las fuerzas que me quedan. Con débiles golpes de remo se alejó 
del barco. Oficiales y marineros lo vieron desaparecer a lo lejos, sobre el plácido
mar, envuelto en las sombras de la noche. En el cielo, como una hoz, lucía la luna.
No tuvo que esforzarse mucho. Súbitamente, el horrible hocico del colombre emergió
al lado de la barca. -Aquí me tienes por fin -dijo Stefano-. ¡Ahora es cosa nuestra!
Y, reuniendo sus últimas energías, levantó el arpón para lanzarlo. -Ah -se quejó
con voz suplicante el colombre-, qué largo camino hasta encontrarte. También yo 
estoy destrozado por la fatiga. Cuánto me has hecho nadar. Y tú huías, huías. Y 
nunca has comprendido nada. -¿Por qué? -dijo Stefano picado en su orgullo. -Porque
no te he seguido por todo el mundo para devorarte, como tú pensabas. El único encargo
que me dio el rey del mar fue entregarte esto. Y el escualo sacó la lengua, tendiendo
al viejo capitán una esfera fosforescente. Stefano la cogió entre los dedos y miró.
Era una perla de tamaño desmesurado. Reconoció en ella la famosa Perla del Mar que
procura a quien la posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu. Pero ahora era 
ya demasiado tarde. -Ay de mí -dijo meneando tristemente la cabeza-. Qué horrible
malentendido. Lo único que he conseguido es desperdiciar mi existencia; y he arruinado
la tuya. -Adiós, hombre infeliz -respondió el colombre. Y se sumergió en las aguas
negras para siempre.

Dos meses más tarde, empujado por la resaca, un bote arribó a una áspera escollera.
Fue avistado por algunos pescadores que, movidos por la curiosidad, se acercaron.
En el bote, todavía sentado, había un blanco esqueleto; y, entre sus dedos descarnados,
sujetaba un pequeño guijarro redondo.
 El colombre es un pez de grandes dimensiones,
espantoso a la vista, sumamente raro. Dependiendo de los mares y de los pueblos 
que habitan las orillas, recibe también el nombre de kolomber, kahloubrha, kalonga,
kalu-balu, chalung-gra. Curiosamente, los naturalistas desconocen su existencia.
Hay quien sostiene que no existe.
