# Jorge Luis Borges – LA CASA DE ASTERIÓN

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- Published: 2016-02-15T21:41:26-03:00
- Author: Administrador

_Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
 Apolodoro: Biblioteca, iii,
I. 
         

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales
acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que 
no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)[
1] están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre 
el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios
pero si la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la
faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en egipto hay una parecida). Hasta
mis detractores admiten que no hay _un solo mueble en la casa_. Otra especie ridícula
es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada,
añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle;
si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de
la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto
el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron
que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban
al estilóbato del Templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se
ocultó en el mar. no en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el
vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros
hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura.
Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado
para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia
generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las
noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al
carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo,
mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego
a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A
cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración
poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando
he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión.
Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias
le digo:_Ahora volvemos a la encrucijada anterior_ o _Ahora desembocaremos en otro
patio_ o _bien decía yo que te gustaría la canalta_ o _Ahora verás una cisterna 
que se llenó de arena_ o _Ya verás como el sótano se bifurca._ A veces me equivoco
y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. todas las partes
de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, 
un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos,
patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin 
embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra
gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo
entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son 
infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero 
dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado 
sol; abajo, asterión. quizá yo he creado las estrellas y el sol la enorme casa, 
pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal.
Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente
a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente
las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería
de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora
de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la
soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si
mi oído alcanza todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve
a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.¿
Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como
yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio
de sangre.

—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

 

_A Marta Mosquera Eastman_ _[1] El original dice __catorce__, pero sobran motivos
para creer inferir que, en boca de asterión, el número catorce vale por __infinitos._
