# Luis Mateo Díez – El tilo

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- Published: 2016-01-13T22:28:00-03:00
- Author: Administrador

Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y le dijo al primer niño que
encontró: avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita
hablar urgentemente con él.
 Corrió el niño a casa del Viejo Arcino que, como bien
sabía todo el mundo en Cimares, tenía más edad que nadie. Hay un forastero que le
quiere hablar con mucha urgencia, dijo el niño al Viejo. Las prisas del que las 
tiene suyas son, la edad que yo tengo me la gané viviendo con calma, si quiere esperar
que espere. El hombre daba vueltas alrededor de un tilo muy grande que había en 
la entrada del pueblo. Cuando volvió el niño y le dijo lo que le había comentado
el Viejo Arcino, estaba muy nervioso. Es poco el tiempo que queda, musitó contrariado,
una docena más de vueltas al árbol y termina el plazo. El niño le miraba aturdido,
el hombre le acarició la cabeza: lo que menos vale de la edad de un hombre es la
infancia, dijo, porque es lo que primero acaba. Luego viene la juventud, siguió 
diciendo mientras volvía a dar vueltas, y nada hay más vano que las ilusiones que
en ella se fraguan. El hombre maduro empieza a sospechar que al hacerse más sabio,
más se acerca a la muerte, entendiendo que la muerte sabe más que nadie y siempre
sale ganando. De la vejez nada puedo decir que no se sepa. El Viejo Arcino llegó
cuando el hombre estaba a punto de dar la docena de vueltas. ¿Se puede saber lo 
que usted desea, y cuál es la razón de tanta prisa?…, le requirió. Soy Mortal, dijo
el hombre, apoyándose exhausto en el tronco del tilo. Todos los somos, dijo el Viejo
Arcino. Mortal no es un nombre, Mortal es una condición. ¿Y aun así, aunque de una
condición se trate, sería usted capaz de abrazarme?…, inquirió el hombre. Prefiero
besar a ese niño que darle un abrazo a un forastero, pero si de esa manera queda
tranquilo, no me negaré. No es raro que llamándose de ese modo ande por el mundo
como alma en pena. Se abrazaron bajo el tilo. Mortal de muerte y mortandad, musitó
el hombre al oído del Viejo Arcino. El que no lo entiende de esta manera lleva las
de perder. La encomienda que traigo no es otra que la que mi nombre indica. No hay
más plazo, la edad está reñida con la eternidad. ¿Tanta prisa tenías…? inquirió 
el Viejo, sintiendo que la vida se le iba por los brazos y las manos, de modo que
el hombre apenas podía sujetarlo. No te quejes que son pocos los que viven tanto.
No me quejo de que hayas venido a por mí, me conduelo del engaño con que lo hiciste,
y de ver asustado a ese pobre niño…
