# Isabel Allende – Si me tocaras el corazón

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- Published: 2016-01-19T11:45:59-03:00
- Author: Administrador

…por un tiempo se extasiaron en una intimidad absoluta que confundieron con el amor.

Amadeo Peralta se crió en la pandilla de su padre y llegó a ser un matón, como todos
los hombres de su familia. Su padre opinaba que los estudios son para maricones,
no se requieren libros para triunfar en la vida, sino cojones y astucia, decía, 
por eso formó a sus hijos en la rudeza. Con el tiempo, sin embargo, comprendió que
el mundo estaba cambiando muy rápido y que sus negocios necesitaban consolidarse
sobre bases más estables. La época del pillaje desenfadado había sido reemplazada
por la corrupción y el despojo solapado, era hora de administrar la riqueza con 
criterio moderno y mejorar su imagen. Reunió a sus hijos y les impuso la tarea de
hacer amistad con personas influyentes y aprender asuntos legales, para que siguieran
prosperando sin peligro de que les fallara la impunidad. También les encomendó buscar
novias entre los apellidos más antiguos de la región, a ver si lograban lavar el
nombre de los Peralta de tanta salpicadura de barro y de sangre. Para entonces Amadeo
había cumplido treinta y dos años y tenía muy arraigado el hábito de seducir muchachas
para luego abandonarlas, de modo que la idea del matrimonio no le gustó nada, pero
no se atrevió a desobedecer a su padre. Comenzó a cortejar a la hija de un hacendado
cuya familia había vivido en el mismo lugar por seis generaciones. A pesar de la
turbia fama del pretendiente, ella lo aceptó, porque era muy poco agraciada y temía
quedarse soltera. Ambos iniciaron entonces uno de los aburridos noviazgos de provincia,
incómodo en su traje de lino blanco y sus botines lustrados, Amadeo la visitaba 
todos los días bajo la mirada atenta de la futura suegra o de alguna tía, y mientras
la señorita servía café y pasteles de guayaba, él atisbaba el reloj calculando el
momento oportuno de despedirse.

Pocas semanas antes de la boda, Amadeo Peralta tuvo que hacer un viaje de negocios
por la provincia. Así llegó a Agua santa, uno de esos lugares donde nadie se queda
y cuyo nombre los viajeros rara vez recuerdan. Pasaba por una calle angosta, a la
hora de la siesta, maldiciendo el calor y ese olor dulzón de mermelada de mangos
que agobiaban el aire, cuando escuchó un sonido cristalino como de agua deslizándose
entre piedras, que provenía de una casa modesta, con la pintura descascarada por
el sol y la lluvia, como casi todas por allí. A través de la reja divisó un zaguán
de baldosas oscuras y paredes encaladas, al fondo un patio y más allá la visión 
sorprendente de una muchacha sentada en el suelo con las piernas cruzadas, sosteniendo
sobre las rodillas un salterio de madera rubia. Se quedó un rato observándola.
 –
Ven, niña –la llamó, por último. Ella levantó la cara y a pesar de la distancia 
él distinguió los ojos asombrados y la sonrisa incierta en un rostro todavía infantil–.
Ven conmigo –mandó, imploró Amadeo con la voz seca. Ella vaciló. Las últimas notas
quedaron suspendidas en el aire del patio como una pregunta. Peralta la llamó de
nuevo, ella se puso de pie y se acercó, él metió el brazo entre los barrotes de 
la reja, corrió el pestillo, abrió la puerta y la cogió de la mano, mientras le 
recitaba todo su repertorio de galán, jurándole que la había visto en sueños, que
la había buscado toda su vida, que no podía dejarla ir y que era la mujer destinada
para él, todo lo cual podía haber omitido, porque la muchacha era simple de espíritu
y no comprendió el sentido de sus palabras, aunque tal vez la sedujo el tono de 
la voz. Hortensia había cumplido recién quince años y su cuerpo estaba listo para
el primer abrazo, aunque ella no lo sabía ni podía darle un nombre a esas inquietudes
y temblores. Para él fue tan fácil llevarla hasta su coche y conducirla a un descampado,
que una hora después ya la había olvidado por completo. Tampoco pudo recordarla 
cuando una semana más tarde ella apareció de súbito en su casa, a ciento cuarenta
kilómetros de distancia, vestida con un delantal de algodón amarillo y alpargatas
de lona, con su salterio bajo el brazo encendida por la fiebre del amor. Cuarenta
y siete años más tarde, cuando Hortensia fue rescatada del foso donde había permanecido
sepultada y los periodistas viajaron de todas partes del país para fotografiarla,
ni ella misma sabía ya su nombre ni cómo llegó hasta allí. –¿Por qué la tuvo encerrada
como una bestia miserable? –acosaron los reporteros a Amadeo Peralta. –Porque se
me dio la gana –replicó él calmadamente. Para entonces ya tenía ochenta años y estaba
tan lúcido como siempre, pero no comprendía aquel alboroto tardío por algo ocurrido
tanto tiempo atrás. No estaba dispuesto a dar explicaciones. Era hombre de palabra
autoritaria, patriarca y bisabuelo, nadie se atrevía a mirarlo a los ojos y hasta
los curas lo saludaban con la cabeza inclinada. En su larga vida acrecentó la fortuna
heredada de su padre, se adueñó de todas las tierras desde las ruinas del fuerte
español hasta los límites del Estado y después se lanzó a una carrera política que
lo convirtió en el cacique más poderoso de la zona. Se casó con la hija fea del 
hacendado, con ella tuvo nueve descendientes legítimos y con otras mujeres engendró
un número impreciso de bastardos, sin guardar recuerdos de ninguna porque tenía 
el corazón definitivamente mutilado para el amor. A la única que no pudo descartar
del todo fue a Hortensia, porque se le quedó pegada en la conciencia como una persistente
pesadilla. Después del breve encuentro con ella entre las yerbas de un terreno baldío,
regresó a su casa, su trabajo y su desabrida novia de familia honorable. Fue Hortensia
quien lo buscó hasta encontrarlo, fue ella quien se le atravesó por delante y se
aferró a su camisa con una aterradora sumisión de esclava. Vaya lío, pensó él entonces,
yo a punto de casarme con pompa y fanfarria y esta niña desquiciada se me cruza 
en el camino. Quiso deshacerse de ella, pero al verla con su vestido amarillo y 
sus ojos suplicantes le pareció un desperdicio no aprovechar la oportunidad y decidió
esconderla mientras se le ocurría alguna solución. Y así, casi por descuido, Hortensia
fue a parar al sótano del antiguo ingenio de azúcar de los Peralta, donde permaneció
enterrada durante toda su vida. Era un recinto amplio, húmedo, oscuro asfixiante
en verano y frío en algunas noches de la temporada seca, amoblado con unos cuantos
trastos y un jergón. Amadeo Peralta no se dio tiempo para acomodarla mejor, a pesar
de que algunas veces acarició la fantasía de convertir a la muchacha en una concubina
de cuentos orientales, envuelta en tules leves y rodeada de plumas de pavo real,
cenefas de brocado, lámparas de vidrios pintados, muebles dorados de patas torcidas
y alfombras peludas donde él pudiera caminar descalzo. Tal vez lo habría hecho si
ella le hubiera recordado sus promesas, pero Hortensia era como un pájaro nocturno,
uno de esos guácharos ciegos que habitan al fondo de las cuevas, sólo necesitaba
un poco de alimento y agua. El vestido amarillo se le pudrió en el cuerpo y acabó
desnuda. –El me quiere, siempre me ha querido –declaró cuando la rescataron los 
vecinos. En tantos años de encierro había perdido el uso de las palabras y la voz
le salía a sacudones, como un ronquido de moribundo. Las primeras semanas Amadeo
pasó mucho tiempo en el sótano con ella, saciando su apetito que creyó inagotable.
Temiendo que la descubrieran y celoso hasta de sus propios ojos, no quiso exponerla
a la luz natural y sólo dejó entrar un rayo tenue a través de la claraboya de ventilación.
En la oscuridad retozaron en el mayor desorden de los sentidos, con la piel ardiente
y el corazón convertido en un cangrejo hambriento. Allí los olores y sabores adquirían
una cualidad extrema. Al tocarse en las tinieblas lograban penetrar en la esencia
del otro y sumergirse en las intenciones más secretas. En ese lugar sus voces resonaban
con un eco repetido, las paredes les devolvían ampliados los murmullos y los besos.
El sótano se convirtió en un frasco sellado donde se revolcaron como gemelos traviesos
navegando en aguas amnióticas, dos criaturas turgentes y aturdidas. Por un tiempo
se extraviaron en una intimidad absoluta que confundieron con el amor. Cuando Hortensia
se dormía, su amante salía a buscar algo de comer y antes de que ella despertara
regresaba con renovados bríos a abrazarla de nuevo. Así debieron amarse hasta morir
derrotados por el deseo, debieron devorarse el uno al otro o arder como una antorcha
doble pero nada de eso ocurrió. En cambio, sucedió lo más previsible y cotidiano,
lo menos grandioso. Antes de un mes, Amadeo Peralta se cansó de los juegos, que 
ya empezaban a repetirse, sintió la humedad royéndole las articulaciones y comenzó
a pensar en todo lo que había al otro lado del antro. Era hora de volver al mundo
de los vivos y recuperar las riendas de su destino. –Espérame aquí, niña. Voy afuera
a hacerme muy rico. Te traeré regalos, vestidos y joyas de reina –le dijo al despedirse.–
Quiero hijos –dijo Hortensia.
