Teorema de Pitágoras (2º puesto – Categoría Avanzados – Concurso Cuentos de la Biblioteca 2015)

Suena el timbre y en solo unos segundos, los pasillos del Normal Superior número 5 se llenan de guardapolvos blancos que corren escapando de la prisión de las aulas. Jorge los mira desde una columna, con su uniforme verde caqui, descansando encorvado sobre el palo del lampazo. Su ombligo se asoma desprolijo por los últimos botones de la casaca. Jorge lleva la mitad de su vida entre las paredes de ese colegio por momentos amado, por momentos odiado. Ya ha visto pasar dos generaciones enteras por esos pasillos. Empezó a trabajar allí cuando era tan solo un joven de rulos morochos y sonrisa tímida y esperanzada. Hoy, veintiocho años después, su sonrisa no es tan esperanzada, de hecho ya casi no es sonrisa. De los rulos morochos solo quedan algunos pocos pelos grisáceos y lacios que él se peina para el costado intentando disimular la inocultable pelada de su frente arrugada. Jorge ya es parte del mobiliario de la escuela. Nadie imagina ese lugar sin su presencia. Los chicos lo saludan con choque de puños, lo invitan a jugar a la pelota en los recreos, le convidan sus meriendas, corren a contarle cuando aprueban un examen. Los padres de esos chicos lo saludan con abrazos entrañables cada vez que lo ven, mirándolo con nostalgia y repitiendo frases como “pensar que me viste transitar estos pasillos y ahora ves a mis hijos hacer lo mismo…”. Todos lo conocen como “Jorgito”. Pero nadie conoce su historia, su pasado, sus frustraciones. Aun apoyado sobre el lampazo, Jorgito mira la hora mientras siente un “cosquilleo” en el estómago. Han pasado tantos años y cada vez que la va a ver, siente los mismos nervios que el primer día. Susana, la profesora de matemáticas, sale casi al último como todos los días, con su cartera sobre el hombro derecho y su carpeta bajo el brazo izquierdo. Atraviesa como una modelo de pasarela el pasillo central que conecta el salón de actos con el ingreso de la escuela. Intenta hacer equilibrio sobre los tacos aunque no puede evitar tambalearse un poco. Lleva el pelo bien tirante, recogido con un rodete perfectamente circular. Las canas luchan constantemente por ganarle terreno al cabello teñido de rubio oxigenado que no se rinde ante el inevitable paso del tiempo. Sus labios escarlata resaltan sobre su piel de porcelana peleándose por el protagonismo con las convexas y prominentes pestañas. Todos los días, desde hace veintiocho años, Jorgito espera el horario de salida con ansias. Entonces se para al lado de la columna más cercana a la sala de profesores, haciendo de hipotenusa entre el lampazo y el piso, esperando que Susana pase y lo impregne de su perfume. Tienen prácticamente los mismos años de antigüedad en la escuela y desde que Jorgito la conoció, no ha podido pensar en ninguna otra mujer, aunque lo único que reciba de ella sea esa ráfaga de perfume diario. Con alguna excusa siempre entra al aula cuando ella está dando clases. Sus oídos se endulzan cuando la escucha explicar el teorema de Pitágoras. La ha observado todos estos años hasta el último detalle y aunque sabe que es inalcanzable como el cielo, se ha propuesto conquistarla. Pero la profesora ni lo registra. Para ella es “el maestranza”, y tiene la misma importancia que la columna desde la cual él la espera cada día. A quien sí registra Susana es al licenciado Olmedo, director del establecimiento. Un hombre de unos sesenta y cinco años, alto y con voz gruesa. Olmedo tiene el porte de un caballero inglés y de la misma manera que el vino, se pone más interesante con el paso de los años. Prolijo, correcto y elegante, jamás, ni un solo día desde que asumió la dirección de la escuela, se dejó de afeitar, peinar y perfumar. Ícono de la masculinidad, el licenciado Olmedo es el centro de charlas enteras de mujeres, entre cigarrillos y café en la sala de profesores. Más de una noche se mete en los sueños de todas sus conocidas, sobre todo en los de Susana, que desde que lo conoció hace más de quince años no ha podido pensar en ningún otro hombre. Todos los días antes de que suene el timbre de ingreso, ella se para al lado de la columna más cercana a la dirección, esperando que el director pase y la impregne de su perfume. El licenciado Olmedo es casado, y aunque la profesora sabe que es inalcanzable como el cielo y que tiene ojos sólo para su esposa, se ha propuesto conquistarlo. Pero el director ni la registra. Para él es una profesora más, y tiene la misma importancia que la columna desde la cual ella lo espera cada día. Así transcurren los días en los pasillos del Normal Superior número 5. Guardapolvos blancos correteando por los pasillos, chicles pegoteados en el piso y grafitis en las paredes de los baños. La antigua estructura edilicia sostenida por tres columnas centrales, vértices de un triangulo perfecto, que actúan como testigos mudos de la historia de la escuela. Desde una columna, Jorgito espera a la profesora de matemáticas, lejana e inalcanzable y ella sin registrarlo. Desde otra columna, Susana espera al director de la escuela, lejano e inalcanzable y él sin registrarla. Porque a quien sí registra el licenciado Olmedo, es a Jorgito.

4 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    Hermoso cuento que habla acerca de la repetición de amores idealizados con un final no esperado que remitiría también al mismo tipo de amor

  2. Graciela dice:

    Me gustó el cuento. Tristeza y esperanza, que dan un sentimiento de alegría y espera. Un relato tranquilo, sin signos de puntuaciones (interrogación y afirmación) creando una atmósfera de calma, como la vida de Jorgito.
    ¡Felicitaciones!

  3. Augusto dice:

    Inteligente propuesta. Un buen triángulo platónico y perfumado. “Haciendo de hipotenusa entre el lampazo y el piso”, me pareció genial.

  4. Un cuento de amores entrecruzados, muy real, muy creible. Muy bien descriptos los personajes. Un cuento tierno y triste. Me gustó muchísimo. Felicitaciones. Chaly

¡Dejanos un comentario!

preparando todo...

0