# István Örkeny – Sin perdón

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- Published: 2015-11-21T13:15:00-03:00
- Author: Administrador

Les di veinte forintos a los dos enfermeros que lo colocaron en la camilla y lo 
bajaron a la ambulancia. También en la clínica di veinte a cada una de las enfermeras,
a la diurna y a la de noche, y les pedí que lo cuidaran. Dijeron que no me preocupara,
que ellas cada media hora se iban a asomar a verlo, aunque por suerte el paciente
no estaba inconsciente. Al día siguiente era domingo, así que pude ir a visitarlo.
Seguía estando consciente, pero ya casi no hablaba. Por el paciente de la otra cama
mee enteré de que las enfermeras no aparecieron ni una sola vez, lo cual no era 
de extrañar, porque entre las dos tenían que atender a ciento sesenta enfermos. 
Los médicos tampoco lo habían examinado: dijeron que el lunes lo revisarían en detalle.
Eso siempre es así, dijo el vecino, cuando el enfermo ingresa el sábado al mediodía.

Salí al pasillo y busqué una enfermera, pero no encontré a ninguna de las del día
anterior. Después de mucho buscar, logré dar con la que estaba de guardia. También
le di veinte forintos, y le pedí que le echaran una mirada de vez en cuando a mi
padre. Hubiera querido encontrarme también con el médico. Todavía en casa había 
metido un billete de cien forintos en un sobre, pero la enfermera me dijo que al
médico lo habían llamado para una transfusión a la sala de las mujeres. Que podía
confiar en ella, hablaría con él. Regresé a la sala de los enfermos, donde el vecino
me tranquilizó diciendo que seguramente el médico de guardia no tendría tiempo de
examinar a los enfermos, así que era mejor que no le hubiese podido entregar el 
dinero. De todas maneras sólo al día siguiente vendrían los especialistas, ellos
ya tendrían tiempo de ocuparse de él. -¿Necesitas algo? -pregunté. -Gracias, no 
necesito nada. -Te traje algunas manzanas. -Gracias, no tengo hambre. Me quedé sentado
una hora más junto a su cama. Hubiera querido conversar con él, pero ya no sabía
de qué. Un rato después le pregunté si le dolía algo. Dijo que no. De manera que
tampoco le pude hacer más preguntas en cuanto a eso. Estuvimos callados todo el 
tiempo. La relación entre nosotros era púdica y reservada, hablábamos sólo de hechos.
Pero los hechos que ayer todavía hubiéramos podido mencionar, para hoy perdieron
importancia y se convirtieron en nada. De sentimientos nunca intercambiamos palabra.-
Entonces me voy -le dije después. -Anda, hijo -contestó. -Mañana vendré y hablaré
con el médico. -Gracias -dijo. -El especialista sólo viene por la mañana. -No es
tan urgente -dijo, y su mirada me acompañó hasta la puerta. A las siete de la mañana
me llamaron para decirme que había muerto durante la noche. Cuando entré en la 217,
en la cama ya había otro en su lugar. Su vecino me tranquilizó, diciendo que no 
sufrió nada, sólo suspiró levemente y ese fue el final. Sospeché que quizás el vecino
no decía la verdad, porque se me ocurrió que en su lugar yo también hubiera dicho
lo mismo, pero luego intenté convencerme de que no me había engañado y que de verdad
mi padre había muerto sin sufrir. Tuve que cumplir muchas formalidades. En la oficina
de admisión se me acercó una enfermera, pero no era ninguna de las del sábado, ni
tampoco la que estaba de guardia ayer, sino una que no había visto hasta entonces,
la cual me entregó el reloj de oro de mi padre, sus lentes, su billetera, su encendedor
y la bolsa con las manzanas. Le di veinte forintos y seguí dictando los datos. Luego
se me acercó un hombre con gorra de cuero y se ofreció para lavar, afeitar y vestir
el cuerpo. Fue él quien lo dijo así, “el cuerpo”, con lo cual seguramente quiso 
hacer sentir que, aunque la persona en cuestión ya no vivía, no sería totalmente
un cadáver hasta que no fuese lavado y vestido. Aún tenía conmigo los cien forintos
metidos en el sobre. Se los entregué. Rasgó el sobre, miró adentro y luego, con 
un gesto rápido, se quitó la gorra y ya no se la volvió a poner más en mi presencia.
Dijo que iba a arreglar todo muy bonito, que mandase un traje y ropa interior limpia,
que con toda seguridad yo iba a quedar conforme. Le respondí que por la tarde vendría
con la ropa interior y con un traje oscuro, pero que ahora quería ir a verlo. -¿
Quiere ver el cuerpo? -me preguntó, asombrado. -Quiero verlo -dije. -Sería mejor
después -me aconsejó. -Quiero verlo ahora -dije-. No pude estar a su lado cuando
murió. A regañadientes me condujo al depósito de cadáveres, que estaba en un edificio
aparte, en el centro del parque de la clínica. El sótano estaba iluminado con una
bombilla muy fuerte y había que bajar por unas escaleras de piedra. Ahí, sobre el
asfalto, al pie de las escaleras, estaba tendido boca arriba mi padre. Sus piernas
abiertas, los brazos también, tal como pintan en los cuadros a los héroes muertos.
Pero él no tenía ropa y de una de sus fosas nasales sobresalía un pedacito de algodón
y había otro pegado a su muslo izquierdo. Seguramente ahí había recibido la última
inyección. -Ahora todavía no puede verse nada -dijo el de la gorra de cuero, como
justificándose. Se mantuvo a mi lado, ahí en el helado sótano, con la cabeza descubierta-.
Pero tendrá que verlo cómo va a quedar cuando lo vista. No dije nada. -¿Pasó mucho
tiempo enfermo? -preguntó después. -Mucho -dije. -Estoy pensando -dijo- en que voy
a cortarle un poco el cabello. Eso contribuye bastante. -Como quiera -dije. -¿Se
peinaba con la raya al lado? -Sí -dije. Se calló. También yo me mantuve callado.
Ya no podía decir nada, ni podía hacer nada, ni podía dar dinero a nadie más. No
podía remediar nada, ni siquiera mandándome enterrar vivo a su lado.
