# Gabriel García Márquez – La hija del coronel

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- Published: 2015-11-18T11:42:00-03:00
- Author: Administrador

Ella siguió de pie todo el tiempo, sin moverse, hasta cuando los pies se le adormecieron
y comenzaron a dolerle las rodillas. Después, cuando el sacerdote descendió del 
púlpito, el coronel se puso de pie y la niña no sintió más el adormecimiento ni 
los dolores, no porque se hubiera movido de su sitio, sino porque cuando el sacerdote
dejó de hablar y su padre se puso de pie, la niña creyó que la misa había concluido.
En las misas siguientes, Remedios ya sabía, sin haberlo preguntado, que durante 
el sermón debía sentarse en el escaño que le quedaba enfrente, pero sin llevar la
almohadilla.
 En esa época su conciencia empezó a llenarse de las cosas del pueblo,
a comprender por qué debía vivir en la misma casa donde varias veces había reaparecido
el miedo. En la escuela aprendió a coser. Aprendió a hacer adornos para la ropa 
y hasta es posible que entonces hubiera empezado a creer que todo eso era la vida,
cuando concluyó el año, antes de que su hermanita aprendiera a sostenerse en pie.
Al año siguiente no volvió a la escuela. Remedios no sabría por qué, pero cuatro
años más tarde recordaba que fue en las vacaciones cuando asistió a la iglesia en
compañía de las mujeres, sin haber hablado todavía, directamente, con su padre y
sin haberlo mirado a la cara durante alrededor de cuatro años. Con las mujeres se
sentó en los escaños de adelante, junto al sacerdote. Fue entonces cuando oyó cantar
en la iglesia por primera vez. Remedios no extraño el cambio de sitio en el templo.
Posiblemente, ni siquiera estaba en edad de preocuparse por lo que significaba un
cambio de compañía durante la misa. Pero cuando oyó cantar por primera vez, se asustó
a las voces iniciales; se desconcertó. Frente a ella, el Arcángel Gabriel, con una
mano alta y las alas plegadas, debió sentir también la voz de los cantores, porque
Remedios vio la túnica disuelta en los espacios totales de la música y vió los pliegues
sacudidos por una brisa tenue; por el airecillo redimido y absoluto de la nueva 
creación. Ella sabe que volvió la vista (porque la música sonaba a sus espaldas)
y no vio a los cantores, pero vio, al final de la nave central, a su propio padre
erguido, estirado, junto al sitio vacío donde estuvo su propia almohadilla durante
un año entero. Y vio a su padre solo, humano, conmovedor, con un aire de completo
abandono al final de la nave. Sólo entonces tuvo deseos de estar allí, junto a su
padre, sintiendo el adormecimiento de las rodillas. Tal vez Remedios no recuerda
que fue ésa la segunda vez que miró de frente a su padre y que el rostro no era 
ya parecido al de los pájaros, sino exactamente igual a como lo había querido ver
durante largos años, al extremo de la mesa. Repentinamente, el mundo de su padre
se volvió claro. Fue como si la voz de los cantores hubiera descorrido un velo que
durante toda la vida se había interpuesto entre su padre y ella. Entonces comprendió
por qué su padre no le había dirigido nunca la palabra y comprendió que un hombre
no tiene necesidad de hablar con su hija menor cuando la hija sabe hacer las cosas
a tiempo, correctamente, como el padre había querido que las hiciese si la hija 
las hubiera hecho de una manera distinta. Y comprendió por qué, cuando iba los domingos
a misa de ocho cogida de la mano de su padre, pudo pensar que un padre no era más
que eso. Un hombre que lleva de la mano a una niña con quien no debe cruzarse una
palabra durante todo el tiempo. Eso sucedió un domingo. El lunes, Remedios empezó
a crecer apresuradamente.

Nota:
 Este cuento es el embrión de “Cien años de soledad”.
