# Woody Allen – Fiesta de disfraces

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- Published: 2015-10-03T05:54:07-03:00
- Author: Administrador

Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. 
Me fuí de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce.
 Así que lo aseguré
sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera
oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza;
sólo le había rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente. Justo cuando estaba
cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo
en el parachoques, y el alce hizo señal de girar. Y en el estado de New York hay
una ley que prohíbe llevar un alce vivo en el parachoques los martes, jueves y sábados.
Me entró un miedo tremendo… De pronto recordé que unos amigos celebraban una fiesta
de disfraces. Iré allí, me dije. Llevaré el alce y me desprenderé de él en la fiesta.
Ya no sería responsabilidad mía. Así que me dirigí a la casa de la fiesta y llamé
a la puerta. El alce estaba tranquilo a mi lado. Cuando el anfitrión abrió lo saludé:“
Hola, ya conoces a los Solomon”. Entramos. El alce se incorporó a la fiesta. Le 
fue muy bien. Ligó y todo. Otro tipo se pasó hora y media tratando de venderle un
seguro. Dieron las doce de la noche y empezaron a repartir los premios a los mejores
disfraces. El primer premio fue para los Berkowitz, un matrimonio disfrazado de 
alce. El alce quedó segundo. ¡Eso le sentó fatal! El alce y los Berkowitz cruzaron
sus astas en la sala de estar y quedaron todos inconscientes. Yo me dije: Ésta es
la mía. Me llevé al alce, lo até sobre el parachoques y salí rápidamente hacia el
bosque. Pero… me había llevado a los Berkowitz. Así que estaba conduciendo con una
pareja de judíos en el parachoques. Y en el estado de Nueva York hay una ley que
los martes, los jueves y muy especialmente los sábados… A la mañana siguiente, los
Berkowitz despertaron en medio del bosque disfrazados de alce. Al señor Berkowitz
lo cazaron, lo disecaron y lo colocaron como trofeo en el Jockey club de Nueva York.
Pero les salió el tiro por la culata, porque es un club en donde no se admiten judíos.
Regreso solo a casa. Son las dos de la madrugada y la oscuridad es total. En la 
mitad del vestíbulo de mi edificio me encuentro con un hombre de Neanderthal. Con
el arco superciliar y los nudillos velludos. Creo que aprendió a andar erguido aquella
misma mañana. Había acudido a mi domicilio en busca del secreto del fuego. Un morador
de los árboles a las dos de la mañana en mi vestíbulo. Me quité el reloj y lo hice
pendular ante sus ojos: los objetos brillantes los apaciguan. Se lo comió. Se me
acercó y comenzó un zapateado sobre mi tráquea. Rápidamente, recurrí a un viejo 
truco de los indios navajos que consiste en suplicar y chillar.
