# John Cheever – Reunión

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- Published: 2015-10-12T10:45:11-03:00
- Author: Administrador

La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar
con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que 
mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora
y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer
juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información
a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud.
Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo 
había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era 
mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera
mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones.
Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me 
dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano. 
 —Hola, Charlie —dijo—.
Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta,
y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.
Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una
rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún,
traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien
nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener
algún testimonio de que habíamos estado juntos. Salimos de la estación y nos dirigimos
hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba
vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una 
chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó 
con voz potente: —Kellner! —gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted! Todo aquel alboroto
parecía fuera de lugar en el restaurante vacío. —¿Será posible que no nos atienda
nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa. Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo 
la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.—¿
Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó. —Cálmese, cálmese, sommelier—dijo
mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá
de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater. —
No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero. —Debería haber 
traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros
viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con
Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater. —Creo que será mejor que se
vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura. —Ésa es una de las
sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí,
Charlie. Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto
alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio
sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía
con el cuchillo y empezó a gritar otra vez: —Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted!¿
Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo? —¿Cuántos años tiene el muchacho?—
preguntó el camarero. —Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre. —
Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho. —De acuerdo,
yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante.
Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en
la esquina. Vámonos, Charlie. Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante.
Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, 
y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre
empezó a gritar de nuevo: —¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros
este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más 
exactos, dos bibsons con Geefeater. —¿Dos bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero,
sonriendo. —Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero 
dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja
y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué
tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere. —Esto no es Inglaterra—
repuso el camarero. —No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide. —Creí
que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero. —Si hay algo que
no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie. El cuarto
establecimiento en el que entramos era italiano. —Buongiorno —dijo mi padre—. Per
favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.—
No entiendo el italiano —respondió el camarero. —No me venga con ésas —dijo mi padre—.
Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due
cocktail americani. Subito. El camarero se alejó y habló con el encargado, que se
acercó a nuestra mesa y dijo: —Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada. —
De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra. —Todas las mesas están reservadas —declaró
el encargado. —Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse
al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie. —Tengo que
coger el tren —dije. —Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo.—
Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos
tenido tiempo de ir a mi club… —No tiene importancia, papá —dije. —Voy a comprarte
un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren. Se acercó
a un quiosco y pidió: —Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con
uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió
de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso
pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme
uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista? —Tengo que irme,
papá —dije—. Es tarde. —Espera un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy
esperando a que este sujeto me dé una contestación. —Hasta la vista, papá —dije;
bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.
